Lutero y la autoridad de las Escrituras

Lutero y la autoridad de las Escrituras

Por Álex Figueroa F.

* Mensaje entregado en Conferencia “Recordando la Reforma de 1517”, organizada por la Iglesia Bautista Reformada en Coronel.

Has dado a los que te temen bandera
Que alcen por causa de la verdad
” Sal. 60:4.

Introducción y aspectos preliminares

En esta fecha recordamos la obra de Dios por medio de hombres pecadores, en un período de la historia conocido como La Reforma Protestante. Y aquí debemos dejar algo claro desde un comienzo: no pretendo presentar a Martín Lutero como un héroe, o como un hombre con características cercanas a las de un ángel. Martín Lutero fue un hombre pecador, sometido a pasiones como nosotros, que cometió errores y pecados, que en muchas ocasiones fue débil, y en varias otras demostró defectos de carácter muy pronunciados.

En cuanto a su personalidad, era un hombre dado a la ira y a la imprudencia. En ocasiones demostró un ímpetu desmedido, y era muy hábil insultando a sus oponentes, hechos de los que se retractó en algunas oportunidades.

Respecto a su forma de pensar, era un hijo de su tiempo como lo somos nosotros. Su estructura de pensamiento en muchos sentidos era medieval, correspondiente a la de su época y su contexto. Por ejemplo, creía en supersticiones y tenía miedos propios de su tiempo, como el miedo a las brujas y su obra oculta para perjudicar a la humanidad.

En lo tocante a sus convicciones doctrinales, sostuvo ciertos puntos que hoy la mayoría de los cristianos evangélicos rechaza. Por ejemplo, siguió creyendo en la regeneración bautismal, lo que se refleja en las confesiones de fe luteranas. Sobre la santa cena, tuvo una posición muy particular llamada “consustanciación”, que es bastante confusa. Se mantuvo en ella con porfía, y causó grandes divisiones con los reformadores tempranos como Zwinglio y Calvino, acercándose más a la posición católica que a una auténticamente bíblica.

En este sentido, fue más conservador en cuanto a ciertas doctrinas que los otros reformadores. Siguió guardando veneración a la Virgen María, y mantuvo aspectos del culto católico. Fue más partidario de una iglesia unida con el Estado, donde se entrega a este último la disciplina de sus miembros.

También centró todo desde la perspectiva de su doctrina favorita, que es la de la justificación por fe, y dijo que esta doctrina “es el artículo sobre la cual la iglesia se mantiene o cae”. Pero, aunque la doctrina de la justificación por fe es fundamental, decir tal cosa es asignarle demasiada importancia, ya que podríamos decir lo mismo sobre doctrinas como la Trinidad o la Deidad de Cristo.

Este foco exagerado en la doctrina de la justificación por fe, lo llevó a cuestionar libros como la carta de Santiago, ya que a su juicio le pareció que era irreconciliable con las cartas del Apóstol Pablo. También cuestionó el libro de Judas, la carta a los Hebreos y el libro de Apocalipsis. Aunque todo esto lo hizo consciente de que se trataba de una visión personal, y no fue seguida por los luteranos. Además, se entiende que se haya permitido cuestionar ciertas cosas, ya que se trataba de una época en que se revisaron intensamente doctrinas de la Iglesia Romana que antes fueron ampliamente aceptadas.

Pero más allá de estos aspectos cuestionables, es innegable que el Señor obró de manera poderosa a través de Martín Lutero. La historia de la humanidad es ante todo la historia de Dios. Esto no lo dirán en las definiciones de escuelas y universidades, pero sabemos por la Escritura que la historia es el escenario de espacio y tiempo, en que el Señor desarrolla su voluntad y cumple sus propósitos.

Entonces, es imposible ver lo que ocurrió en la Reforma Protestante sin ver la Providencia de Dios. Fue Él quien dispuso todas las circunstancias, no sólo las que ocurrieron en ese mismo tiempo y en los años inmediatamente anteriores, sino en procesos de siglos y siglos de duración.

Reforma antes de La Reforma

Y esa es la otra razón por la que no puedo presentar La Reforma Protestante como la simple obra de una persona excepcional. Es porque el Señor preparó el camino para que se desatara este evento, desde mucho antes de que Lutero siquiera naciera.

John Wycliffe, ya en los años 1300 había liderado un movimiento conocido como los lolardos, en Inglaterra, y había realizado un acto absolutamente revolucionario para su época, que fue traducir la Biblia del latín a su propio idioma, en este caso el inglés de esos años, en 1382; considerando la Sagrada Escritura como autoridad máxima, y predicando la salvación por gracia, recuperando esta doctrina enseñada en la Biblia y defendida luego por Agustín. Además, se opuso a la doctrina católica de la transubstanciación, al igual que lo hicieron los reformadores dos siglos después.

Por todo esto el Concilio de Constanza declaró a Juan Wycliffe culpable de herejía en 1414, pero como ya había muerto, se ordenó la quema de sus libros, así como la exhumación de su cuerpo y la quema de sus huesos.

Más tarde, en Bohemia, lugar que hoy corresponde a República Checa, se levantó Jan Hus, quien fue influenciado por las ideas de Wycliffe, liderando un movimiento conocido como los husitas. Hus fue nombrado en 1409 rector de la Universidad de Praga. A la luz de las doctrinas de Wycliffe, quería que la Iglesia católica fuera pobre, que todo lo que hiciera estuviera claramente basado en el Evangelio; además, criticaba la venta de indulgencias. Le decía a todo el pueblo que debía desobedecer a la Iglesia porque era evidente que los sacerdotes vivían en el pecado. Deseaba volver a la pureza de los primeros años del cristianismo, y sostenía que la cabeza de la Iglesia es Cristo y no el Papa.

Todo esto le valió ser excomulgado y declarado hereje por el mismo Concilio de Constanza que condenó a Wycliffe, por lo que fue sentenciado a morir quemado en la hoguera. Sin embargo, su movimiento no murió, y pasó a llamarse la hermandad de Moravia, que subsiste hasta hoy.

También nos encontramos con movimientos como la Devotio Moderna, que clamaba por una reforma en las prácticas y piedad de la iglesia, volviendo a las formas sencillas de la iglesia de los primeros siglos. Nos encontramos con un clamor reformador en toda Europa, desde mucho antes de La Reforma. Movimientos clandestinos en todo lugar, que se apartaban de la jerarquía eclesiástica romana para vivir su fe en sencillez y con una relación más directa con la Escritura.

La pólvora, entonces, estaba regada por todos lados, lo único que se necesitaba era una chispa que hiciera explotar lo que después se conoció como Reforma Protestante.

Contexto católico previo a la Reforma

Pero esta no es una exposición sobre la Reforma en general, sino sobre Lutero y las Escrituras. Para entender la posición defendida por Lutero, debemos primero saber cuál era la creencia y práctica de la Iglesia Católica Romana, en la cual Lutero se crio y desarrolló. Para nosotros, el contar con Biblias impresas no es nada del otro mundo. Podemos conseguir una copia fácilmente. Incluso podemos bajar una aplicación para nuestro celular, y llevar la Biblia dondequiera que vayamos. Pero el que hoy contemos con esa posibilidad, costó sangre.

La iglesia de Roma, a pesar de que reconocía la autoridad e inspiración divina de las Escrituras, prefería controlar a la gente a través de lo que llamaban la ecclesia doncens, que eran los sacerdotes que enseñaban la Escritura y eran los únicos que tenían acceso a ella.

El Papa Inocencio III era de la opinión que la Escritura era demasiado profunda para la gente común. Varios sínodos en las Galias, durante el siglo XIII, prohibieron la lectura de la traducción al románico, y ordenaron que sus copias fueran quemadas. En 1486, el Arzobispo Berthold de Mainz amenazó con excomulgar a todos los que osaran traducir y difundir traducciones de la Biblia, sin su permiso.

El Concilio de Constanza, mismo que condenó a Wycliffe y Hus, también condenó la traducción de la Biblia al inglés y quemó sus copias. El Papa Pío IV, en 1564, prohibió a los laicos leer la Biblia excepto que cuente con un permiso especial de un obispo o un inquisidor. Tal era la restricción, que casi 250 años después de la Reforma, Benedicto XIV, un Papa considerado liberal, se abrió a extender el permiso, dejando que se hicieran traducciones de la Biblia a la lengua de cada pueblo, pero debía estar expresamente aprobada en Roma, y debía contener notas explicativas de eruditos católicos.

La creencia de la Iglesia Romana en tiempos de Lutero se plasmó luego en el Concilio de Trento, convocado para pronunciarse en contra de la Reforma:

«[La] verdad y disciplina [para salvación] están contenidas en los libros escritos, y en las tradiciones no escritas, que recibidas de boca del mismo Cristo por los Apóstoles, o enseñadas por los mismos Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo, han llegado como de mano en mano hasta nosotros; siguiendo los ejemplos de los Padres católicos, recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia, todos los libros del viejo y nuevo Testamento, pues Dios es el único autor de ambos, así como las mencionadas tradiciones pertenecientes a la fe y a las costumbres, como que fueron dictadas verbalmente por Jesucristo, o por el Espíritu Santo, y conservadas perpetuamente sin interrupción en la Iglesia católica (negritas añadidas)».

«La Tradición, La Escritura, y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y obligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas». (DV 10,3) N° 95.

Entonces, para la doctrina papista, la Escritura no era la única autoridad, sino que junto con ella estaba la tradición y el magisterio de la Iglesia Romana. En los hechos, esto significaba que la Escritura llegaba a la gente a través de intermediarios. Las personas no podían tener acceso directo a la Palabra de Dios, sino que eran los sacerdotes, los miembros del clero, los que tenían la autoridad exclusiva de leerla y enseñarla según las doctrinas de la jerarquía romana.

Esto es como si en vez de comer nuestra comida directamente, fuéramos como algunos animales, donde la madre come la comida, la digiere en su estómago y luego la regurgita para darla a sus crías. Así la Iglesia Romana toma la Escritura, la digiere, quitando todas aquellas cosas que no le convengan y agregando todas aquellas inmundicias de su estómago corrupto, y luego regurgita esa Palabra (de la que ya queda poco y nada) para dársela a la gente.

Los reformadores respondieron a estas doctrinas sosteniendo ¡Sola Scriptura!, lo que muy resumidamente significa decir que la Biblia es nuestra única regla de fe y práctica, lugar que nunca podría ocupar la tradición ni las encíclicas y bulas del Papa.

Lutero nunca escribió una teología sistemática, su doctrina se fue forjando mientras peleaba en las trincheras, a medida que iba participando de debates y discusiones en que se le pedía exponer sus convicciones. Lo único que sabía, es que a un Papa que clamaba falsamente ser infalible, Él debía oponer una Escritura verdaderamente infalible.

Si algo podemos destacar de Lutero, es su fe inquebrantable, que lo llevó primero a ser un monje agustino, de la orden más rigurosa, a sobrevivir a años de una crisis moral personal, a seguir creyendo en el Señor luego de una gran desilusión al visitar Roma (la llamada “Ciudad Santa”) y ver su gran corrupción, y luego le llevó a permanecer firmemente arraigado a las doctrinas que vio de forma clara en la Escritura.

Tuvo su primer acercamiento a una copia de la Biblia en latín, cerca de sus 20 años, y le sorprendió que hubiera tantas verdades preciosas en ella que no eran enseñadas a la gente. Un estudio profundo y meditado de la Escritura le permitió ver que la salvación es por fe y no por obras, lo que le dio descanso luego de años de tortuosa lucha contra su pecado sin poder vencerlo, y sin tener paz con Dios. Ante sus ojos, la verdad de las Escrituras que decía “el justo por la fe vivirá” resplandeció con fuerza, y le hizo ver que debía confiar plenamente en los méritos de Cristo para su salvación.

Las mismas Escrituras fueron las que le hicieron ver con claridad que la venta de indulgencias por parte de la Iglesia Romana era una aberración inaceptable. Se enseñaba en esos años que aquellos que morían creyendo en Dios, pero no perfectamente, iban a un lugar llamado purgatorio, donde sufrían tormentos en el fuego hasta ser purificados de sus culpas. A todas luces, es una doctrina satánica que quita despoja al sacrificio de Cristo de su eficacia.

El problema es que nadie estaba seguro de no ir a parar allá, así que todos debían tomar medidas para evitar llegar ahí, y también para sacar a sus seres queridos de ese lugar. Por eso el Papa comenzó a vender indulgencias, que era un perdón basado en su supuesta autoridad papal, que permitía que las almas salieran del purgatorio. Este perdón a cambio de dinero se difundió en todos lados, para financiar la construcción de la Capilla Sixtina en el Vaticano.

Esto a todas luces era aberrante e inaceptable para cualquiera que conozca un poco las Escrituras. Y esto fue lo que motivó a Lutero a escribir las 95 Tesis. El tema central de ella es el de las indulgencias, y en ella se ve que Lutero para ese entonces creía muchos de los engaños del catolicismo, y no pretendía negar aún la autoridad del Papa ni salirse de la corrupta Iglesia Romana.

Pero en estas 95 Tesis se deja ver de a poco el aprecio de Lutero por la Escritura: por ejemplo, en las tesis N° 53 y 54, condena a quienes dejan de predicar la Palabra en sus iglesias para promover en su lugar la venta de indulgencias, o incluso a quienes comparten el tiempo de la predicación con el tiempo de promoción de indulgencias. Y en la tesis N° 62, declara con fuerza que “El verdadero tesoro de la Iglesia es el santo evangelio de la gloria y la gracia de Dios”.

Estas 95 Tesis que fueron clavadas en la puerta de la iglesia de Wittenberg el 31 de octubre de 1517, como es sabido, desataron una controversia en toda Europa, e iniciaron una serie de debates y sínodos en los que Lutero debió exponer su posición.

Quizá la más célebre de estas instancias fue la Dieta de Worms, una asamblea de los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico llevada a cabo en la ciudad de Worms (Alemania) del 28 de enero al 25 de mayo de 1521. Fue presidida por el mismísimo emperador Carlos V, quien dominaba Europa en ese entonces.

Allí Lutero fue conminado a arrepentirse y retractarse de sus doctrinas. Podemos decir que allí Lutero se encontraba humanamente solo contra el mundo. Estaba cuestionando a la Iglesia Romana, autoridad suprema en Europa, aquella que era la fuente de unidad de toda Europa occidental, y que había tomado de alguna manera el lugar del Imperio Romano como fuente de identidad y cohesión religiosa, cultural y social. Por lo mismo se encontraba allí Carlos V el Emperador, uno de los más poderosos de la historia. Tan terrible era la situación, que uno de sus amigos reconoció que decía la verdad, pero le aconsejó que se retractara, se encerrara en su celda de monje y pidiera a Dios misericordia; porque no lograría nada con su oposición al papado.

Fue al final de esta Dieta de Worms, luego de que fuera exhortado a retractarse, cuando exclamó: “Si no se me convence mediante testimonios de la Escritura y claros argumentos de la razón – porque no le creo ni al papa ni a los concilios ya que está demostrado que a menudo han errado, contradiciéndose a si mismos – por los textos de la Sagrada Escritura que he citado, estoy sometido a mi conciencia y ligado a la palabra de Dios. Por eso no puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable. ¡Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, Dios me ayude, amén!”.

Aquí quedó clara su convicción de lo que después se conocería como Sola Scriptura, y que se manifestó también en la traducción que realizó de la Biblia al alemán, lo que permitió que esa Palabra viva llegara a la gente común e hiciera impresionantes transformaciones sociales y culturales.

Pero ¿Qué verdades hay detrás del lema ‘Sola Scriptura’?

Con la desobediencia en nuestro padre Adán, nuestro pecado nos mató, corrompió todas las áreas de nuestro ser, nos incapacitó para tener comunión con Dios, para disfrutar de su presencia gloriosa. No podemos conocerlo por nuestros sentidos por más agudos que estos sean, ni descubrirlo usando nuestra inteligencia o razón, por más brillantes que seamos.

El Apóstol Pablo nos habla de esta trágica incapacidad cuando dice «… el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (I Co. 2:14).

El hombre que no tiene el Espíritu, es decir, todo ser humano en la tierra que no haya nacido de nuevo del Espíritu; no puede entender, es incapaz de comprender las cosas de Dios, tal como es incapaz de ir a la luna caminando. Es una incapacidad total que le impide llegar a Dios por su cuenta.

Esto queda plenamente retratado en el episodio de los que iban camino a Emaús:

  1. El Señor debió abrirles el entendimiento para que lo reconocieran: «Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista» (v. 31).
  2. El Señor debió abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras: «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras».

Esto nos enseña que no podemos contemplar genuinamente al Cristo resucitado, ni podemos oír verdaderamente sus Palabras y comprenderlas espiritualmente, a menos que Él mismo (i) se nos revele y (ii) nos abra el entendimiento.

Esta obra directa de Dios en el individuo, es algo característico de la teología de los reformadores, y que nos permite entender la mención constante de Lutero a su consciencia. Él creía haber recibido luz en su consciencia, tenía la convicción de que la Palabra de Dios la había alumbrado y convencido de la verdad. Por eso alude a la Palabra de Dios, y al testimonio que el Espíritu da de ella a la consciencia.

Una verdad transversal a todas las Escrituras es que ¡La salvación es de Jehová! Él es quien comienza la buena obra en nosotros, y Él es quien la perfeccionará. Y esa obra comienza por revelarse a nosotros, cuando Él nos manifiesta quién es y cuál es su voluntad. Si Él no se revela, nos quedamos en ignorancia perpetua, si Él no habla sólo habría para nosotros silencio eterno, si Él no nos ilumina el entendimiento, andaríamos en tinieblas y oscuridad para siempre, si Él no nos da vida por su Palabra, permaneceríamos en nuestra muerte en delitos y pecados.

Pero ¿Se nos ha revelado Dios? ¿De qué manera nos ha hablado?

Dios se nos manifiesta de forma general en su grandiosa creación, y en nuestro propio ser, implantando un sentido de religiosidad natural al ser humano, y una consciencia sobre el bien y el mal (Romanos caps. 1 y 2). Pero esta revelación general no alcanza para que una persona sea salva, sino que solamente la deja sin excusa, ya que ellas hacen evidente el hecho de que existe un Dios.

Así, una montaña imponente o una galaxia deslumbrante, aun con todo su esplendor, no nos dicen nada sobre la salvación en Cristo, ni acerca del plan del Señor de reunir todas las cosas en Él en el cumplimiento de los tiempos. Es necesario que Dios específicamente nos manifieste estas cosas, y Él fue muy misericordioso, ya que lo hizo aun cuando no tenía ningún deber de hacerlo. Lo hizo por pura gracia.

¿Cómo? La misma Escritura responde: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (He. 1:1-3).

Como dijo Juan Calvino, «Dios vino a buscarnos, y puesto que nosotros no podíamos levantarnos para llegar hasta Él, Él descendió hasta nosotros». No nos dejó en tinieblas. Nos envió a sus mensajeros los profetas, quienes hablaron Palabra de parte de Yahveh, y luego, cuando se cumplió el tiempo envió a su propio Hijo, quien es la Palabra encarnada, la revelación de Dios hecha hombre, Dios mismo hecho hombre, para que habitara entre nosotros y nos dijera lo que había oído de su Padre, como Él mismo lo afirmó: «lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho» (Jn. 12:50).

Así, sabemos que sólo en esta Palabra de Dios hecha hombre, en este Salvador Todopoderoso tenemos vida. Como el mismo Jesús dijo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3).

De esta forma, en las Escrituras el Señor se ha manifestado al hombre para redención, lo que incluye transformar conforme a esa luz todos los aspectos de nuestra vida como cristianos y como Iglesia. El mismo Jesús se presentó a sí mismo a través de las Escrituras, dejándonos un patrón a seguir: Debemos predicar a Cristo, creer a Cristo, vivir a Cristo tal como Él es presentado en las Escrituras y sólo en ellas: «25 Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! 26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? 27 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lc. 24:25-27).

Entonces, al decir ‘Sola Scriptura’, por una parte reconocemos que Dios se ha revelado al hombre en las Escrituras, y por otra que sólo reconocemos esa revelación como autoridad, como regla de fe, como el patrón que debe regir cada aspecto de nuestra vida como cristianos y como Iglesia.

¿Entonces la tradición no tiene importancia y debe ser desechada?

Primero debemos aclarar que es imposible no tener tradición. Allí donde haya un grupo de creyentes que tiene un entendimiento de la Escritura y que vive esa fe en comunidad a lo largo del tiempo, tenemos allí una tradición.

Y ciertamente la tradición tiene un lugar y puede ser considerada, siempre que se trate del ‘amén’ de la Iglesia ante la Palabra de Dios, en la medida que sea la vida de la Iglesia a la luz de las Escrituras, en otras palabras, podemos tomar en cuenta a la tradición con la condición de que esté sujeta a las Escrituras. De hecho, cuando cumple con esta condición es una referencia de crucial importancia para la Iglesia, sirve para refutar el error y para explicar con claridad la verdad.

La pregunta aquí es cuál es la fuente última de autoridad, dónde entendemos que Dios ha hablado, y la única respuesta es la Escritura. La tradición es la respuesta de la Iglesia ante lo que Dios ha hablado, es el eco de la Palabra en el pueblo de Dios. Por lo mismo, el eco nunca puede ser puesto al mismo nivel que la Palabra. Es ella la que tiene la autoridad suprema e indiscutible.

¿Cuándo, entonces debe ser desechada la tradición?

En palabras de Jesús, cuando se invalida la Palabra de Dios por la tradición (Mt. 15), cuando ella se enseña como si fuera mandamiento de Dios, siendo que se trata de una elaboración humana. Allí la tradición se ha salido de su marco, ha violentado su fundamento, que es la Escritura. Cuando esto ocurre, el hombre se pone al nivel de Dios, mira a su Trono de Legislador Universal y dice «yo también puedo sentarme allí», se eleva a la categoría de absoluto e insulta la Santidad y la Perfección de Dios, al igualar a una simple criatura pecadora y finita con el Eterno Creador, quien no solo dice verdad, sino que es ‘la’ Verdad.

¿Qué hace que la Escritura sea única?

La Palabra de Dios es incomparable, porque emana de un Dios incomparable, infinitamente distinto y superior a sus criaturas. Ninguna cosa en la creación puede ponerse a su lado y ser encontrada similar a Él en su esencia, en su Ser. El Señor creó todas las cosas y las sostiene por su Palabra (He. 1:3; 11:3), por esa misma Palabra y sólo por ella nos salva (Ro. 10:17), sólo de ella se dice que es inspirada por Dios, es decir, que es exhalada de la boca de Dios (2 Ti. 3:16), únicamente ella es llamada lámpara y lumbrera (Sal. 119:105), sólo ella es viva y eficaz y más cortante que espada de dos filos, penetrando hasta partir el alma, discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón (He. 4:12), únicamente ella es perfecta, convierte el alma, es fiel, hace sabio al sencillo, es recta, es pura, alumbra los ojos, es verdad y completamente justa, más deseable que el oro y más dulce que la miel (Sal. 19:7-10), solo la Palabra hace bienaventurado a quien encuentra en ella su delicia y medita en ella de día y de noche, la Palabra es espíritu y es vida (Jn. 6:63), la Palabra nos santifica (Jn. 17:17), la Palabra nos limpia (Jn. 15:3), y solo la Palabra es la leche espiritual no adulterada que nos puede hacer crecer para salvación (1 P. 2:2). Así, Jesús dijo: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4).

Con esto es suficiente para darnos cuenta que no podemos honrar al Señor si no damos a su Palabra el más alto valor, el sitial supremo como regla de nuestra vida, de nuestra fe y de todo nuestro acontecer como Iglesia. Honrar las Escrituras es honrar al Señor. La Escritura es la única verdad, es suficiente, es perfecta, es completa, y es útil para salvarnos y hacernos crecer en la salvación.

Reflexión Final

Atentar contra la suficiencia de las Escrituras está en nuestra naturaleza, es el mismo pecado que se cometió en Edén. Nuestra caída comenzó a tomar forma cuando la serpiente redefinió la Palabra de Dios, cuando dijo: «¿Conque Dios os ha dicho… ?» (Gn. 3:1). Adán y Eva se apropiaron de esta redefinición que hizo la serpiente, y pecaron convencidos de ser sus propios legisladores, de ser ellos la autoridad, los que determinan lo que es verdad y lo que es mentira. En otras palabras, quisieron ser dioses.

Desde ese momento, siempre está presente en nosotros esta constante tentación de redefinir las Palabras de Dios: de agregar, de quitar, de modificar o de suprimir sus dichos. Una voz interior nos susurra «¿Conque Dios os ha dicho…?». Un pequeño Papa en nuestro ser clama por ser el intérprete supremo de las Palabras de Dios, aquél que diga lo que Dios ha dicho y lo que no ha dicho. Por eso Pablo nos dice que las disensiones y herejías son obras de la carne: torcer y redefinir la Palabra de Dios es natural en nosotros.

Se necesita un corazón regenerado, es necesario nacer de nuevo para reconocer que la Palabra de Dios es la verdad y someterse a ella. Por eso la comunidad de los redimidos, la Iglesia de Dios es «columna y baluarte de la verdad» (1 Ti. 3:15). La Iglesia genuina sostiene, predica, explica, aclara las Escrituras ante el mundo. La institución o congregación que ha dejado de ser columna y baluarte de la verdad, en el mismo instante ha perdido el derecho de llamarse “iglesia”. La Iglesia verdadera está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Ef. 2:20), que es lo mismo que decir que está edificada sobre las Escrituras, y no acepta otro fundamento.

Por eso hoy, ante los que claman que su tradición está al mismo nivel que la Palabra de Dios, ante los que dicen ser los intérpretes oficiales de la Biblia, ante los que dicen recibir sueños y visiones de parte de Dios, ante los que se hacen llamar apóstoles y profetas, ante los que quieren obedecer algunas partes de la Biblia y desechar otras, ante los que derogan porciones de la Escritura alegando que son sólo producto de la cultura de su tiempo; en fin, ante todo aquel que agregue, quite, modifique o suprima de cualquier manera la Palabra de Dios, tenemos la obligación de seguir sosteniendo con fuerza, ¡SOLA ESCRITURA!

 

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