El cristiano y la vergüenza

El cristiano y la vergüenza

Por Álex Figueroa F.

Ciertamente el libro “El progreso del peregrino“, de John Bunyan, ha resultado ser de gran bendición a los cristianos que han tenido la bendición de leerlo. Es un libro que, como pocos, logra retratar lo que ocurre en lo profundo del corazón del hombre en relación al Señor y su Palabra, y en lo tocante a su transitar en el angosto camino que lleva a la vida.

En esta obra, Bunyan aborda diversos aspectos de la vida espiritual del cristiano, y lo hace a través de imágenes y metáforas de impresionante precisión.

A continuación, veremos una conversación entre Cristiano, el protagonista del libro; y quien lo acompañó por un tiempo en su viaje, su amigo llamado Fiel. En este punto del libro, Cristiano acababa de encontrarse con Fiel en el camino, y estaba preguntándole sobre los acontecimientos y las personas que este último había encontrado en su peregrinar.

Fiel enumera distintos sucesos y personajes a los que debió enfrentar. En esta entrada, nos concentraremos específicamente en un hombre llamado Vergüenza, que apareció para tentar a Fiel en su camino. Este encuentro nos deja una invaluable lección para nuestras vidas, manifestando verdades que son verdaderas gemas que debemos atesorar, y recordar en todo momento mientras nos dirigimos a la Ciudad Celestial.

Los dejo, entonces, este diálogo:

CRIST. —¿No encontraste a nadie más?

FIEL —Sí: me encontré con un tal Vergüenza; pero entre cuantos he encontrado en mi peregrinación, éste me pareció al que menos le cuadra su nombre. Otros aceptan un no, después de alguna argumentación; pero este descarado nunca se decide a dejarnos.

CRIST. —Pues, ¿qué te dijo?

FIEL. —¿Qué me dijo? Ponía objeciones a la misma Religión; decía que era una cosa vergonzosa, baja y mezquina en un hombre ocuparse de Religión; que una conciencia sensible era una cosa afeminada, y que rebajarse el hombre hasta el punto de velar sobre sus palabras, y desprenderse de esta libertad altiva que se permiten los espíritus fuertes de estos tiempos le haría la irrisión de todos.          
Objetó también que sólo un corto número de los poderosos, ricos o sabios, habían sido jamás de mi opinión, y que ninguno de ellos lo fue hasta que se decidió a ser necio, y arriesgar voluntariamente la pérdida de todo por un algo que nadie sabe lo que es. “Mirad, si no —añadió—, el estado y condición bajos y serviles de los peregrinos de cada época, y veréis su ignorancia y falta de civilización y conocimiento de las ciencias”. Sobre esto argumentó largo rato y sobre otros muchos puntos por el estilo que podría contar, como, por ejemplo, que era vergonzoso estar gimiendo y llorando al oír un sermón, volver a su casa con la cara compungida, pedir al prójimo perdón por faltas leves y restituir lo hurtado; añadió también que la Religión hace al hombre renunciar a los grandes y poderosos por algunos pequeños vicios que en ellos haya (cuyos vicios calificó con nombres mucho más suaves) y le hace reconocer y respetar a los miserables como hermanos en religión. “¿No es esto —exclamó—una vergüenza?”

CRIST. —Y ¿qué le contestaste?

FIEL. —¿Qué? Al principio no sabía qué decir, pues tanto me apuró que se agolpó la sangre a mi rostro. La misma Vergüenza vino a mi cara y casi me venció. Pero por fin empecé a considerar que lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. Que este Vergüenza me dice lo que son los hombres; pero nada de lo que es Dios ni su Palabra y pensamientos; que en el día el juicio no se nos ha de sentenciar a muerte o vida según los espíritus orgullosos del mundo, sino según la sabiduría y la ley del Altísimo. Por tanto—añadí—, es seguramente lo mejor lo que Dios dice ser mejor, aunque a ello se opongan todos los hombres del mundo. Visto, pues, que Dios prefiere su propia religión; visto que prefiere una conciencia delicada; visto que son los más cuerdos los que se hacen necios por el reino de los cielos, y un pobre que ama a Cristo es más rico que el más poderoso del mundo, si éste no le ama, fuera, pues, de mí, ¡Vergüenza! Eres un enemigo de mi salvación; ¿te he de atender a ti con menoscabo de mi Señor y Soberano? Si eso hago, ¿cómo podré mirarle cara a cara el día de su venida?. Si ahora me avergonzare de sus caminos y de sus siervos, ¿cómo podré esperar la bendición?
En verdad que este Vergüenza era un villano atrevido. Con mucha dificultad lo pude echar de mi compañía, y aun después me estuvo molestando con sus visitas e insinuándome al oído ya una, ya otra de las flaquezas de los que siguen la Religión; pero por fin le hice comprender que perdía miserablemente el tiempo en este negocio, porque las cosas que él desdeñaba, precisamente en ellas veía yo más gloria; sólo así pude verme libre de sus importunidades, y entonces, desahogando mi corazón, en alta voz, comencé a cantar:

Los que obedecen a la voz del cielo

Muchas pruebas tendrán

Gratas para la carne, seductoras,

Que no sólo una vez les tentarán.

En ellas puede el débil peregrino

Ser tomado, vencido y perecer.

¡Alerta, viador! Pórtate en ellas

Como quien eres y podrás vencer.

CRIST. —Me alegro, hermano, que con tanta valentía hicieras frente a ese bribón, porque él, entre todos, como dices, es a quien cuadra menos el nombre que lleva. Es un osado que nos sigue hasta en las calles, procura avergonzarnos delante de todos; es decir: que nos avergoncemos de lo bueno. Si no fuera tanto su atrevimiento, ¿cómo había de hacer lo que hace? Pero resistámosle, porque a pesar de todas sus bravatas sólo consigue su objeto con los necios, y con nadie más. Dijo Salomón: “Los sabios heredarán honra, pero los necios sostendrán ignominia”.

FIEL. —Me parece que nos es muy necesario pedir a Aquél que quiere que seamos valientes para la verdad en la tierra, que nos dispense su ayuda contra Vergüenza.

 

Hasta aquí el diálogo. Que el Señor nos permita hablar con denuedo y valentía, sabiendo que nuestro Señor está en los Cielos, y que es digno de toda alabanza y adoración, y por cierto de nuestra vida y nuestra muerte.

 

Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles” Lc. 9:25-26.

 

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