Cristo, la imagen del Padre

Cristo, la imagen del Padre

Texto base: Juan 14:7-14.

En los mensajes anteriores, hemos visto la enseñanza íntima de Jesús a sus discípulos en las últimas horas de su ministerio terrenal, en el contexto de la cena de la Pascua, momento en el que anunció la traición de Judas, la negación de Pedro y su partida de este mundo al Padre.

En medio de estas noticias que parecen desastrosas, el Señor Jesús les hace ver que todo esto es en realidad para bien, y no sólo de ellos, sino del mundo entero. El corazón de ellos debía estar confiado en las promesas y palabras de Jesús, quien merece la misma confianza que el Padre Celestial. El mismo Jesús personalmente iría a preparar un hogar para ellos en la eternidad y volverá a buscar a los suyos para llevarlos a su gloria perpetua.

Esta es la esperanza del cristiano, que Cristo ya ha cumplido la primera parte de su promesa: Él ya se ha ido a preparar lugar para nosotros. Y tan cierto como es que él murió en la cruz del Calvario por nosotros, es que Él volverá a buscar a su pueblo para llevarnos donde Él está.

Como consecuencia de lo anterior, vimos que Cristo se presenta como el único camino para llegar al Padre, y esto porque es la verdad y la vida, no hay otra forma de llegar al Padre ni de entrar a las moradas celestiales, que no sea a través de Él.

Hoy veremos una vez más que Cristo es la revelación del Padre ante el mundo, es el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia. Quien conozca a Cristo, conoce al Padre. Lamentablemente, nuestra tendencia natural es menospreciarlo, pero quienes creen en Él disfrutan de grandes bendiciones.

     I.        Cristo, Uno con el Padre

Conocer a Cristo es conocer al Padre. Los discípulos deberían ya tener clara esta verdad, pues el Señor ya la había enseñado y declarado antes abiertamente:

Yo y el Padre uno somos” Jn. 10:30.

No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” Jn. 5:30.

Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” Jn. 6:38.

Si hay algo que Jesús había destacado durante su ministerio terrenal, es que Él venía a hablar las palabras del Padre, y a hacer sus obras. Que el Padre y Él son uno, que Él viene a hacer su voluntad y que Él además conoce a su Padre como nadie más.

Aún más, Cristo recién había declarado que Él es el camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Padre si no es por Él. Esto equivale a afirmar con claridad que Él es Señor, en primer lugar, por la mención que hace del título “Yo soy”, que como vimos en el mensaje anterior, sólo corresponde al Señor y es la sexta vez en este Evangelio en que Cristo se atribuye este nombre.

En segundo lugar, porque decir que Él es el camino, la verdad y la vida en persona, es una declaración que sólo puede hacer Dios: sólo Dios mismo podía restaurar el camino hacia la comunión con Él que el hombre había cortado con su pecado; sólo Dios puede decir que es la verdad misma en persona, y sólo Dios puede decir que es la vida, ya que únicamente Él tiene vida en sí mismo.

Entonces, con esa declaración tan potente, sumada a sus muchas enseñanzas anteriores sobre su unión y unidad con el Padre, los discípulos a estas alturas ya debían tener claro que Cristo es la revelación del Padre ante el mundo, deberían saber que conocer a Cristo es conocer al Padre, ya que el Padre se da a conocer al mundo sólo a través de su Hijo, quien es el camino, la verdad y la vida. Por tanto, ellos habían conocido al Padre, y lo habían visto, en la persona de su Hijo.

Luego hace aún más clara su afirmación: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (v. 9). Esto porque, como dice el libro de Hebreos, Cristo es “el resplandor de [la] gloria [del Padre], y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (1:3). O como dice la carta a los Colosenses: “15 El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (1:15-17).

Dios no se manifiesta a la humanidad por otro camino que no sea a través de Cristo. Quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, y también podemos decir que quien no ha visto al Hijo, no ha visto ni podrá ver al Padre, porque nadie viene al Padre si no es por medio del Hijo.

(vv. 10-11) Jesús afirma claramente que Él es uno con el Padre. Obran como uno solo, son uno en conocimiento, en corazón, en voluntad; el Padre y el Hijo son dos Personas, pero un solo Ser, Uno y Trino. La comunión entre ellos es íntima, estrecha y directa. Es una comunión perfecta, ellos tienen sólo un propósito, tanto así que dice dos veces: “yo soy en el Padre, y el Padre en mí”. Nadie conoce mejor a Dios que Él mismo, lo que Cristo dice y hace es aquello que ve hacer al Padre, así como nadie lo ha visto nunca.

Todo lo que Cristo enseña y sus obras, entonces, se explican porque Jesús es uno con el Padre, Jesús habla las mismas palabras y hace las mismas obras del Padre, tienen el mismo poder, la misma autoridad, son uno en propósito y en voluntad, Jesús es Dios hecho hombre, es su Palabra hecha ser humano. Lo que Jesús dice en este pasaje, no son palabras que podría decir un hombre. Son Palabras llenas de autoridad y poder, son Palabras divinas, son Palabras de Dios.

El Señor había hablado antes a su pueblo de muchas maneras y por distintos medios, antes había enviado profetas, jueces que gobernaron a su pueblo y los liberaron de la opresión de sus enemigos, sacerdotes que pastorearon al pueblo de Dios con fidelidad, e incluso habló a través de sueños y visiones revelando cuál era su voluntad.

Pero ahora hablaba por medio de su Hijo. Él no era sólo un profeta, sino que era EL profeta que había de venir. No era simplemente alguien que gobernaría sobre su pueblo, sino que es el Hijo de David que reinará en su Trono para siempre. No era simplemente un guía espiritual o un pastor amoroso, sino que es el Príncipe de los Pastores. No era meramente alguien que anunciaba la Palabra, sino que era la Palabra en persona, la mente y la Palabra de Dios hecha hombre.

Jesucristo es el enviado del Padre al mundo. Escucharlo a Él era escuchar a Dios Padre. Verlo a Él, conocerlo a Él, creer en Él, seguirlo a Él, era realmente hacer todo esto hacia el Padre. Cristo tenía un mensaje claro y determinado de antemano, Él venía a entregar fielmente, respetando cada punto y cada coma, aquello que el Padre le dio para que comunicara.

Este mensaje es poderoso para salvar al mundo entero, es el mensaje de vida y salvación en la persona de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la luz del mundo. Pero para quienes lo rechazan amando más las tinieblas que la luz, esto que es una buena noticia se transforma en una sentencia de muerte.

Recordemos una vez más el propósito de este libro, el Evangelio de Juan: revelar la gloria de Cristo como Señor y Dios: “éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn. 20:31).  Y tanta es la misericordia de Dios, que quiso revelar su gloria y su poder en Cristo.

Y Cristo cuenta con un testigo que respalda su autoridad, y su carácter de enviado del Padre, y ese testigo son sus obras. Nadie hizo nunca obras tan prodigiosas, y esto es así porque la autoridad de Cristo es única, es Dios hecho hombre habitando entre nosotros, es el Hijo del Hombre. Y vemos que las señales y milagros tienen una función clara: No se trata simplemente de una demostración de poder sensacionalista o para hacer espectáculo. Ni siquiera se trata en primer lugar de hacer bien a la humanidad. Las señales y milagros tienen un propósito claro, y es dar testimonio de su autoridad, por eso Cristo dice aquí: “creedme por las mismas obras”.

Estas obras son un sello de aprobación del Padre, una especie de certificado que el Padre da, que públicamente demuestran que Cristo es su Hijo amado en quien tiene complacencia, que Él ama a su Hijo y ha entregado todo en su mano, que tiene plena autoridad y potestad, que está lleno de gloria, que Él tiene el poder para restaurar todas las cosas y deshacer la obra del pecado y del maligno.

Fijémonos que Nicodemo supo reconocer esto, y según lo que dijo a Jesús, otros fariseos también pensaban lo mismo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (Jn. 3:2).

Pero debemos ser claros, las señales milagrosas no se comparan a las Palabras de Cristo. Las Palabras de Cristo son eternas, cielo y tierra pasarán, pero ellas no pasarán. Las obras sirven para fortalecer la fe, pero sólo las Palabras de Cristo pueden dar vida.

En consecuencia, quien diga tener a Dios, debe haber recibido a Cristo tal como Él se presenta y se muestra. Tal como Él dice que es. Quien rechaza a Cristo como Él mismo se presenta, rechaza a Dios y deja al Padre como mentiroso, ya que el Padre ha hablado y ha dado testimonio a través del Hijo (Jn. 3:33).

    II.        El menosprecio a Cristo

(vv. 8-9) En medio de toda esta enseñanza profunda y celestial, Felipe hace un comentario que nuevamente revela la torpeza y la lentitud para entender de sus discípulos. Como si fuera algo menor, algo mínimo, Felipe le pide a Jesús: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta” (v. 8), como diciendo “Señor, entendemos lo que dices sobre ti, pero nosotros nos quedamos contentos si nos muestras al Padre, con eso nos quedaremos tranquilos”.

¿Qué revelaba esta petición de Felipe? Que no había entendido absolutamente nada, no sólo de lo que Jesús había enseñado durante la cena de la Pascua, sino durante todo el tiempo en que había estado bajo la enseñanza de Jesús como discípulo. Como dijimos, Jesús ya había enseñado varias veces antes sobre su unión con el Padre, de forma clara y habitual.

Felipe estaba reflejando que él no creía que Jesús fuera el camino, la verdad y la vida. No creía que Jesús fuera uno con el Padre, que Él estaba en el Padre y el Padre en Él. No creía que Jesús fuera la Palabra de Dios hecha hombre, habitando entre nosotros, ni creía que Jesús fuera la revelación y la imagen del Padre. Felipe tenía ante sí al resplandor de la gloria del Padre, pero Él quería algo más, no le bastaba el enviado de Dios al mundo, no le bastaba el testimonio que el Padre había dado para respaldar la autoridad del Hijo a través de su propia voz al abrirse los cielos en el bautismo de Jesús y en su transfiguración, ni el testimonio de Juan el Bautista, ni el de las Escrituras anunciando al Mesías, ni el testimonio de las obras milagrosas que el mismo Cristo realizó.

Después de 3 años de enseñanza diaria y continua, Felipe hacía una pregunta que podría haber hecho alguien que ignoraba completamente quién era Cristo, o peor aún, algo que podría haber dicho quien derechamente no creía en lo que Cristo había dicho de sí mismo.

Y es que, como hombres corrompidos por el pecado, tenemos una tendencia natural a menospreciar a Cristo. Los líderes religiosos judíos habían demostrado este menosprecio varias veces y de muchas maneras, llegando incluso a querer matar a Jesús, el autor de la vida, quien es antes de que Abraham fuese, es uno con el Padre y Señor de todas las cosas.

Este pasaje nos muestra que incluso en nosotros, sus discípulos, puede encontrarse este menosprecio, la diferencia es que en nosotros no será algo permanente o característico, pero sí un peligro que debemos evitar y un pecado del cual nos debemos arrepentir cuando tomemos consciencia de que hemos caído en él.

Y es que la tentación siempre será añadir algo a Cristo, pensar que algo le falta y que debe ser completado, que hay algo más que Cristo, hay algo más profundo que debemos conocer, una meta más allá a la que debemos llegar. Esto es absolutamente equivocado, Cristo es el camino, la verdad y la vida, es todo, y la única forma de llegar al Padre es por Él.

Conocer a Cristo debe ser la meta suprema de esta vida, no hay algo más alto que conocerlo a Él, no hay una meta más elevada o más profunda para el alma humana, y esto lo vemos en las Palabras del Apóstol Pablo: “Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él” (Fil. 3:8-9a).

Tenemos, entonces, la tentación del “Cristo más algo”. Y así es como nacen los conceptos del Cristo pacifista al estilo Gandhi, o el Cristo guerrillero de la justicia social, o el Cristo maestro esotérico, o el Cristo maestro de ética, el Cristo filósofo, el Cristo ícono pop, el Cristo multicultural y un sinfín de otros desvaríos. También puede darse el Cristo más mis buenas obras, Cristo más un rito determinado (como el bautismo o el matrimonio), Cristo más el legalismo (una vestimenta, una lista de “debes” y “no debes”), Cristo más los placeres de este mundo; en fin, hay muchas formas de agregar algo a Cristo, menospreciándolo como lo que Él es: el camino, la verdad y la vida, la imagen del Padre ante la humanidad, el camino suficiente, eficaz y exclusivo para llegar a Él en reconciliación.

Si pretendemos tener a Cristo “más algo” para salvación, terminaremos sin nada. Pero si tenemos solo a Cristo, lo tenemos todo, ya que la única forma de llegar al Padre es por Él.

Incluso podrías tener una incredulidad a los pies de la cruz. Cuando miras a Cristo y piensas ¿Podrá realmente salvarme? ¿Podrá realmente limpiarme su sacrificio? ¿Verdaderamente me amará como dice que me ama? ¿Bastará con este sacrificio? ¿No tendré que limpiarme yo mismo también? Tengamos cuidado, porque una cosa es sabernos pecadores y pensar con humildad de nosotros mismos, y otra es menospreciar la obra salvadora de Cristo en nuestro favor.

¡Ah, pecador!, cuando desdeñas el Evangelio, desdeñas a Cristo, a ese Cristo delante de quien los gloriosos querubines se inclinan, a ese Cristo a cuyos pies el excelso arcángel considera una felicidad arrojar su corona; desdeñas a Aquel con cuya alabanza resuena la bóveda del cielo; desdeñas a Aquel a quien Dios tiene en muy alta consideración, pues le ha llamado: “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” Charles Spurgeon.

Cuidémonos, entonces, no sea que menospreciemos a Cristo. Velemos sobre nuestro corazón día a día, para que lo tengamos en la más alta estima, y podamos amarlo con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas, creyendo cada Palabra que Él dijo sobre sí mismo, sobre su Supremo Ser, su autoridad, su obra perfecta, sus promesas y también sus advertencias.

   III.        Las bendiciones de creer en Cristo

(vv. 12-14) Finalmente, vemos el contraste con los que sí creen en Cristo. Los que sí confían en sus Palabras, y saben que Él es el único camino al Padre, la única forma de llegar a Él, y además el único que habla en su nombre siendo uno mismo con Él.

Cristo hace una sorprendente promesa. Quienes tienen esta fe en Cristo, harán también sus obras, y aún mayores. ¿Por qué? Porque Él va al Padre. Les está dando una razón para estar seguros y confiados, de que su partida de este mundo para ir al Padre, es en realidad en beneficio de su pueblo.

Aquí no se refiere a que haremos más milagros, u obras más espectaculares, o en mayor cantidad. No se refiere a eso, sino que, ante todo, debemos entender que el contraste no es realmente entre las obras de los discípulos y las obras de Jesús, sino entre las obras de Jesús estando presente físicamente en la tierra, y las obras que Jesús hará desde el Cielo a través de sus discípulos. En cualquier caso, son las obras de Cristo realmente.

Y dice que serán mayores porque estarán en el marco de la victoria de Cristo sobre la muerte, serán luego de su resurrección, exaltación y glorificación. Esas obras se harán en un nuevo orden de cosas, son parte del principio de la creación, de la restauración de este mundo que está bajo el pecado y la muerte.

Las obras de Cristo en su ministerio terrenal todavía estaban como bajo un velo, no las entendía el pueblo en general y ni siquiera sus discípulos lograban comprender su real significado, porque todavía estaba velado, y Jesús debía explicarlo en privado a sus discípulos cercanos. Tampoco había descendido el Espíritu como lo hizo en Pentecostés, dando poder y entendimiento a la Iglesia para realizar la obra de Dios en el mundo.

Entonces, una vez que Cristo murió en la cruz, resucitó y ascendió a los cielos, ya su obra fue consumada, la victoria fue conquistada, y su pueblo podía recibir ahora el Espíritu Santo, y con esto su testimonio llegaría hasta lo último de la tierra.

Vemos, entonces, porqué Jesús dice que ellos harían obras aún mayores, y porqué eso se debe a que Cristo fue al Padre. Y podemos apreciar también que no se refiere principalmente a los milagros, ya que no vimos a los discípulos caminando sobre el mar, convirtiendo el agua en vino, callando la tempestad o multiplicando panes y peces. Pero sí los vimos predicando poderosamente, de tal forma que 3.000 personas se convirtieron en un día, y sí los vimos extender el Evangelio por todo el Imperio Romano y aún más allá, cosa que no ocurrió durante el ministerio terrenal de Jesús.

Y esto ocurrió porque Cristo fue al Padre, ya que con su sacrificio derribó la pared intermedia que había entre judíos y gentiles (Ef. 2:14-16), permitiendo así que los que no somos judíos, pudiéramos entrar también al pueblo de Dios abiertamente.

Lo anterior se relaciona con la segunda promesa que Cristo hace para los que creen: Si pedimos algo en su nombre, Él lo hará. Esto es un poderoso estímulo para la oración constante y ferviente. Cristo nos ha entregado su nombre, para que en su autoridad presentemos nuestras peticiones y ellas sean concedidas. Es como si nos hubiese dado un documento firmado por Él, con su nombre y su sello real, para que en Él solicitemos aquello que necesitamos. ¡Qué gran privilegio!

Y, sin embargo, qué poco acudimos en oración al Señor para disfrutar de esta gran bendición. Desde luego, aquí no está incluida cualquier cosa que se nos ocurra. El marco en el que debemos pedir está dado por Él mismo: es lo que pidamos “en su nombre”.

Esto no significa, como muchas veces se hace, usar la frase “en el nombre de Jesús” como si fuera un conjuro mágico, que agregamos al final de una oración para que sea respondida. Antes bien, pedir “en el nombre de Jesús” significa orar en armonía con su voluntad, con su Palabra, con sus enseñanzas, sus obras y su carácter. Implica pedir en oración no aquello que tenga que ver con nuestros deseos egoístas, sino con el establecimiento de su Reino y su voluntad que es buena, agradable y perfecta.

Pedir en el nombre de Jesús, significa entonces pedir bien. La Escritura también nos habla de lo que es una mala oración: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg. 4:3). Una oración que nace desde los deseos egoístas y para el propio bien, no será respondida. Pero una oración que se hace en el nombre de Jesús, en armonía con su Persona, su Palabra y su carácter, será respondida por el mismo Cristo. Él ha prometido, es su Palabra, que se hará cargo de concedernos lo que pidamos, aquello que realmente necesitamos y aquello que deseamos en línea con su voluntad.

Sí, porque Él ha prometido: “yo lo haré”. Él podría haber pedido a los ángeles que se hicieran cargo de cumplir lo que pedimos, pero en su gran misericordia, ha querido Él mismo responder a nuestras súplicas, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

¿No es esto un gran estímulo para nuestro servicio al Señor aquí? Él ya ha prometido que sus discípulos haremos aún mayores obras que Él, y la garantía de esto es porque Él mismo hará esas obras a través de nosotros, cuando se lo pedimos en oración.

¿Cómo es que muchos verdaderos cristianos tienen tan poco? ¿Cómo es que van camino al cielo deteniéndose y lamentándose, disfrutan de tan poca paz, y muestran tan poca fuerza en el servicio a Cristo? La respuesta es muy sencilla: «No tienen porque no piden». Tienen poco porque piden poco. No son mejores de lo que son, porque no piden a su Señor que los haga mejores. Nuestros deseos lánguidos son la razón de nuestro desempeño lánguido… Quien hace mucho por Cristo y deja su marca en el mundo, siempre demostrará ser uno que ora mucho” .     J.C. Ryle

En consecuencia, el Señor nos anima poderosamente a orar y trabajar. Cuando encomendamos nuestra obra a Él, Él hará en nosotros, por medio de nosotros obras gloriosas y grandiosas con frutos que incluso van más allá de lo que Él hizo en su ministerio terrenal. Y es porque Cristo sigue obrando poderosamente en el mundo, pero ha querido hacerlo a través de su Iglesia.

La Escritura dice que “Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos” (He. 7:25). Esto significa que Cristo está siempre orando por nosotros, por su pueblo, para que seamos sostenidos, para que nuestra fe no falte, para que perseveremos hasta el fin, y para que nuestro trabajo tenga fruto.

No tenemos excusa. Creamos entonces en Aquél que es Uno con el Padre, Aquél que es el camino, la verdad y la vida, que nos ha dado hermosas promesas para que nos entreguemos a orar y trabajar con esperanza; vayamos a Él en fe, maravillados por su gran misericordia, y corramos esta carrera que tenemos por delante poniendo nuestros ojos en Él, quien es fiel y justo para cumplir lo que ha prometido.

 

 

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