Jesús ruega al Padre que nos guarde – Ps. Álex Figueroa

Jesús ruega al Padre que nos guarde – Ps. Álex Figueroa

Jesús ruega al Padre que nos guarde

Texto base: Juan 17:6-13.

En las predicaciones anteriores, nos adentramos en este capítulo 17, que registra la oración perfecta de Jesús al Padre como Mediador y Sumo Sacerdote de la Iglesia. Vimos que su primera petición fue encomendarse a sí mismo al Padre y rogar por su glorificación, y esa gloria de Cristo es el hilo dorado que atraviesa toda esta oración.

En el mensaje anterior, vimos que Cristo recibió autoridad sobre toda la humanidad, para dar vida eterna a un pueblo que el Padre le dio de entre los hombres. Y esa vida eterna consiste en conocer al Padre, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él envió. Concluimos que conocer al Señor debe ser la meta suprema de nuestra vida, y todo lo demás debe estar subordinado a ese fin, lo que implica desechar como basura todo aquello que sea un obstáculo que nos impida conocerle.

En cuanto al pasaje que veremos hoy, nos entregaremos a responder lo siguiente: ¿A qué se refiere Cristo cuando habla de quienes le fueron dados por el Padre? ¿Cuál fue la obra de Cristo por aquellos que el Padre le entregó? ¿Cómo son aquellos por los que Cristo está rogando? ¿Qué es lo que pide Cristo por ellos? Podremos apreciar que estas preguntas tienen que ver con nosotros hoy y ahora, ya que la oración que hace Cristo termina beneficiando a su Iglesia en todo tiempo y lugar.

     I.        El pueblo que el Padre regaló al Hijo (vv. 6,9,11-12)

El cap. 17 de este Evangelio, es de los más claros en la Escritura en cuanto a que el Padre dio un pueblo a Cristo para que los salvara. En el v. 2 ya había dicho que el Padre le dio potestad sobre toda la humanidad “para que dé vida eterna a todos los que le diste”, y aquí retoma la idea una y otra vez: “los hombres que del mundo me diste, tuyos eran y me los diste” (v. 6); “no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (v. 9); “a los que me has dado, guárdalos en tu nombre” (v. 11); “a los que me diste, yo los guardé” (v. 12).

Esto expresa la gloriosa doctrina de la elección, que está presente de forma clara en este Evangelio, y se expone con gran profundidad en las epístolas. Dice la Escritura: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Ef. 1:3-4).

Uniendo esto último con lo expuesto en este capítulo, vemos que los creyentes somos un regalo del Padre a Cristo: todo aquel que va a Cristo, pertenecía al Padre desde la eternidad por su santa elección, y el Padre los entrega a Cristo con una voluntad clara: que les dé vida y los preserve hasta el día final, sin perder a ninguno de ellos. Esto lo vemos claramente en el siguiente texto:

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 38 Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39 Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (vv. 37-39).

Nadie podrá decir alguna vez que vino a Cristo y no fue recibido, o que fue rechazado. Todo aquel que ha venido verdaderamente a Cristo, es recibido con el mismo amor que llevó al Salvador a morir en una cruz por nuestros pecados.

Cristo es quien se asegura de guardarnos desde el primer momento de la vida cristiana, hasta el día final en que todos los muertos resucitarán. Todo esto debe llenarnos de una confianza dulce y esperanzadora. ¿Podrá Cristo fallar en su tarea? La única respuesta posible un rotundo NO. Nadie puede arrebatarnos de su mano, ni impedir que se cumpla la voluntad del Señor. Cuando te sientas angustiado, inseguro en tu caminar en Cristo, recuerda que Él se encuentra actualmente al cuidado de ti, y no fallará en su trabajo: “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).

Es maravilloso darse cuenta de que nuestra salvación depende de ese amor infinito y perfecto que existe entre el Padre y el Hijo. El Padre, por amor regala a la Iglesia a su Hijo. Y el Hijo, por amor perfecto al Padre, lo obedece en todo y cumple su voluntad completamente, así que dará vida a los que recibió, y los guardará hasta el fin. El Padre nunca dejará de amar al Hijo, ni el Hijo dejará de amar al Padre, así que nuestra salvación está firme por la eternidad. Y el Espíritu Santo es el que derrama ese amor eterno en nuestros corazones: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5).

Por último, Cristo simplemente afirma una propiedad absoluta sobre quienes componen su pueblo (vv. 9-10). No nos pertenecemos a nosotros mismos, pero esto en ningún caso implica algo denigrante, sino todo lo contrario: ser sus siervos y ovejas de su propiedad es el sitial más noble y alto que podríamos ocupar, es el mayor de los privilegios. Podemos afirmar junto con el Apóstol Pablo: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:8).

Queda claro una vez más que el foco de la obra de Cristo en su muerte y resurrección, no es primeramente nuestra salvación (aunque claramente esa obra fue eficaz en salvarnos y sólo ella puede hacerlo), sino la gloria del Padre en el Hijo.

    II.        ¿Cuál fue la obra de Cristo por aquellos que el Padre le entregó? (vv. 6,8,10,12)

  1. Les manifestó el nombre del Padre (v. 6a): aunque en el Antiguo Testamento el Señor ya se había revelado como Padre de su pueblo, lo cierto es que con Cristo esto se revela de una manera mucho más clara, ya que desde un comienzo se presenta como el Hijo eterno de ese Padre, y como su enviado al mundo. Se refiere a Él como “mi Padre” (Mt. 7:21; 10:33; 11:27; etc.); y nos enseña a orar diciéndole “Padre nuestro” (Mt. 6:9), con lo que manifiesta claramente al Padre ante la humanidad y especialmente ante su Iglesia.

Pero esto además tiene un sentido mucho más profundo. Como ya hemos visto, conocemos al Padre en la faz de Jesucristo, y no podríamos conocerlo de otra forma, ya que el Padre determinó darse a conocer a la humanidad únicamente a través de su Hijo:

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” Jn. 14:6-7, 9b.

Entonces, sólo a través de Cristo llegamos al Padre y somos reconciliados con Él, y esto es algo que el mundo no conoce, pero que a Dios le agradó manifestar a los suyos. Si hoy puedes decir que conoces al Padre Celestial, debes darle gloria a Él primeramente porque envió a su Hijo para darse a conocer en Él, y en segundo lugar porque tuvo misericordia de ti en particular, no habiendo nada especial en ti, por el contrario, cuando estabas lleno de pecado y eras igualmente merecedor de la ira eterna que el resto de la humanidad. No menosprecies la inmensa y sublime gracia que has recibido.

  1. Les comunicó las Palabras del Padre (v. 8a): esto es algo que también hemos visto ya en este Evangelio: “la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn. 14:24). Cristo es la Palabra de Dios que estaba en el seno del Padre, y se hizo hombre para revelar plenamente la gracia y la verdad, por tanto, todo lo que Él dijo e hizo, es la expresión exacta de la Palabra del Padre, porque insisto, Jesucristo mismo es esa Palabra personalmente.

Por eso debemos dar gracias a nuestro Dios y glorificar su nombre, ya que no nos dejó en nuestras tinieblas, sino que nos alumbró con la luz eterna de la verdad, para que fuéramos salvos y verdaderamente libres por ella.

Por tanto, no menosprecies esto tampoco. Si la Palabra misma de Dios dejó su gloria temporalmente para venir a humillarse hasta la muerte, y así darnos a conocer las Palabras del Padre, ¿Cómo podríamos tener en poco estas enormes riquezas de su gracia? Cuando nos permitimos vivir sin alimentarnos de su Palabra diariamente, sin conocerla ni profundizar en lo que ella dice, y cuando no tomamos medidas serias para obedecerla, estamos actuando como bestias sin entendimiento e insultando la bondad de nuestro Dios, al menospreciar la Santa y Eterna Palabra de Dios que el Hijo nos ha comunicado.

Nunca podremos decir que hemos exhortado demasiado sobre la importancia de la Palabra de Dios. Te encargo delante de Dios y de sus santos ángeles, a que la tengas en la mayor estima y le rindas la mayor reverencia que puedas entregarle, cada día de tu existencia, porque en ella está la vida.

  1. Los guardó mientras estuvo en el mundo (v. 12): Cristo no sólo declaró ser el Buen Pastor, sino que lo demostró con creces, cuidando y guardando a las ovejas que el Padre le entregó (especialmente a los once) a través de sus enseñanzas diarias, su guía y sus grandiosos milagros. Ese cuidado y esa protección que Cristo ejerció sobre ellos, fue de la mano con el Padre, sabiendo que le pertenecen a Él desde la eternidad, por eso dice que los guardó en nombre del Padre.

 

El único que se perdió, fue aquél que debía perderse, y así estaba anunciado con mucha anticipación en la misma Escritura que ocurriría. Judas, aunque andaba junto con los discípulos de Cristo y se contaba entre ellos, nunca fue realmente de las ovejas que el Padre entregó a Cristo para que las guardara, y por lo mismo Cristo se preocupa de aclarar esto aquí, cuando Judas aún no consumaba su traición, para que cuando eso ocurriera, los verdaderos discípulos no perdieran su fe, sino todo lo contrario, se fortalecieran en ella al ver que las Palabras de Cristo se cumplían al pie de la letra.

  1.   Es glorificado en ellos (v. 10b): Cristo se refiere implícitamente a la salvación de los elegidos, y habla de ella como si ya hubiese ocurrido. Es algo que ya ha hecho antes en este Evangelio. Habla de un evento futuro dándolo por hecho, algo tan cierto que es como si ya hubiese pasado. Así de seguro estaba de su victoria en el Calvario, y ciertamente la consumó. 

Pero además nos dice algo hermoso: Él se glorifica en salvarnos. Encuentra gloria en darnos vida, en rescatarnos de la muerte y liberarnos de las cadenas del pecado, que sólo Él podía romper. La gloria de Cristo resplandece cuando un pecador es arrebatado de las fauces del infierno, y pasa a formar parte de su redil. ¡Qué gran Salvador tenemos! Siendo Señor de todo y lleno de riquezas, ha querido encontrar gloria en nuestra salvación.

Toda esta obra que Cristo describe, la ejerció de manera especial en favor de los once discípulos que lo escuchaban en ese momento, pero benefició a la totalidad de sus discípulos, en todo tiempo y lugar. Y esa también fue su intención, ya que estas peticiones las extiende expresamente a todos sus discípulos, universalmente, cuando dice “no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (v. 20).

   III.        ¿Cómo son aquellos por los que Cristo está rogando?  (vv. 6-9, 11-12, 25)

Si alguien es escogido, va a exhibir ciertas características en su vida, que tienen que ver con una vida santa y en obediencia al Dios que los salvó. ¿Cómo son, entonces, aquellos que el Padre dio a Cristo?

  1. Reciben y guardan su Palabra (v. 6,8): Esto implica creer que Él es la Palabra de Dios hecha hombre que habitó entre nosotros. Recordemos que esto es verdaderamente amar a Cristo: “El que me ama, mi palabra guardará” (Jn. 14:23).

No hay punto medio: los discípulos de Cristo se reconocen porque reaccionan ante la Palabra de Dios recibiéndola y guardándola. Quienes la rechazan, ya sea demostrando una oposición activa o simplemente siendo indiferentes a ella, demuestran ser reprobados delante de Dios y están caminando hacia la eterna destrucción.

El cristiano será un hombre de la Palabra: sus pensamientos están empapados de ella, su forma de hablar reflejará que cree en esa Palabra, la conoce y la honra, y también sus acciones darán cuenta de que vive según esa Palabra. Aunque el pecado todavía mora en su corazón, ha recibido vida por el Espíritu de Dios, y se ha entregado a Dios de corazón para andar en obediencia en todos sus caminos. Con esto no estoy describiendo a un cristiano “superespiritual”, sino simplemente a un cristiano como la Palabra lo describe.

“… habiendo sido recibidos por Cristo, somos reunidos en el rebaño por medio de la fe. La Palabra de Dios brota hacia los reprobados, pero echa raíz en los elegidos, de ahí que se dice que ellos la guardan” (Juan Calvino).

  1. Conocen a Cristo como Hijo amado del Padre, a quien Él envió (vv. 7-8): esta es la parte central de la fe, contemplar la gloria de Cristo, entender que el Padre está en Él y Él en el Padre, y que aun cuando estaba vestido de humillación, todo lo que Él era y todas sus excelencias no eran terrenales, sino divinas.

Esta es la única forma correcta de entender a Cristo. No es sólo un profeta, o sólo un maestro de moral, ni un simple ejemplo de vida, ni tampoco es meramente ‘un’ camino para llegar a Dios. La única forma de conocer a Cristo que realmente nos salva, es aquella que nos lleva a confesar con Marta, hermana de Lázaro: “yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Jn. 11:27).

Los verdaderos discípulos de Cristo, han creído de corazón lo que Él dijo de sí mismo. No intentan hacerse un “cristo” a su conveniencia, como ellos se imaginan que debe ser, ni tratan de moldear sus palabras según lo que les plazca. No, los discípulos de Cristo se caracterizan por aceptar su testimonio tal como Él lo dio, y eso implica reconocer que es uno con el Padre, que es su imagen viva que vino al mundo, y que fue enviado para darnos vida, y vida en abundancia a través de su muerte y resurrección.

  1. Aunque están en el mundo, son distintos al mundo (v. 8, 25): Vemos que Cristo hace una distinción clara entre aquellos que el Padre le dio, y el resto de los seres humanos, a los que llama “el mundo”, es decir, la humanidad que no cree en su nombre y que vive en rebelión a su señorío. Pero esa diferencia no es sólo que Dios haya escogido tratarlos distinto; sino que es algo apreciable en las vidas de quienes han sido salvos.

 

Aquellos que son propiedad de Dios, mostrarán en sus vidas un reflejo del carácter del Señor.  Ese conocimiento personal que tienen de Dios, esa comunión viva con Él, los hará responder al mandato que Dios hace: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:16). No vivirán buscando excusas para adentrarse lo más que puedan en el pecado, ni para ser lo menos piadosos que pueden ser y aun así ser llamados cristianos. No buscan simplemente aparentar ante otros cristianos, ni cumplir con un mínimo de asistencia en la iglesia para no ser cuestionados, sino que se entregan al Señor de corazón como sacrificios vivos, y se fijan como meta suprema de su vida el conocer a Cristo, desechando como basura todo lo que les estorbe en ese esfuerzo.

Los verdaderos discípulos dicen junto con el Apóstol Pablo: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14). Quien habla aquí es un hombre que se declara muerto para el mundo, y declara que el mundo murió para él. No ve la vida como ellos la ven, no vive como ellos viven, no se fija las prioridades y metas que ellos se fijan, porque no vive para sí mismo, sino para el Dios vivo y verdadero.

Mira tu vida, no seas como Balaam, quien dijo deseaba morir como los justos (Nm. 23:10); mientras en su corazón abrazaba la impiedad. La distinción entre ser discípulo de Cristo y ser del mundo es la distinción entre la vida y la muerte, y no hay lugar neutral. O eres una cosa o la otra. Los que reciben el beneficio de esta oración de Cristo son sólo aquellos que, aunque viven en este mundo, no son del mundo.

  1. Perseveran en la fe (v. 12): La soberanía de Dios no es opuesta a la responsabilidad del hombre. En el cap. 6 decía “todo lo que el Padre me da vendrá a mí…” (v. 37). El Padre regala los creyentes a Cristo, pero ellos “van” a Él, ahí vemos soberanía divina y responsabilidad humana. En este v. 12, cuando dice “yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió”. La evidencia de que has sido guardado por Cristo, es que perseverarás hasta el fin. El que comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día final (Fil. 1:6); y eso se traduce en un cristiano que se entregó como sacrificio vivo al Señor hasta el último día.

Si estás coqueteando con el mundo, si estás entreteniendo en tu mente la idea de volver atrás, y pretendes descansar en que Dios es misericordioso y te perdonará, debes saber que estás bajo el más perverso de los engaños, y te deslizas peligrosamente hacia la ruina. Recuerda que dice “ninguno de ellos se perdió”; y también dice: “Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. 39 Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (He. 10:38-39).

  IV.         ¿Qué es lo que pide Cristo por ellos? (vv. 11,13,26)

Que sean guardados: Esta es la petición principal que hace Cristo por los suyos. Es consecuente con lo que les enseñó en los instantes previos: Él estaba a punto de pasar de este mundo al Padre, y ya no estaría con ellos de forma visible. Les enseñó hermosas verdades para que sus almas fueran consoladas, pero ahora ruega al Padre para que los guarde una vez que Él deje este mundo al pasar por la cruz.

Es realmente increíble que nuestro Señor, cuando estaba a punto de soportar los terribles tormentos del Calvario, no estaba centrado en sí mismo, sino en el bien de sus discípulos. Cuando estaba cruzando el umbral hacia la cruz, ya saliendo de este mundo, su preocupación es que sus discípulos no se pierdan. “… él ahora ruega por su salvación con el mismo amor cálido que lo llevaría a sufrir inmediatamente la muerte por ellos” (Juan Calvino).

Esto nos enseña también algo valioso sobre la oración: Cristo sabía muy bien quiénes eran los elegidos que el Padre le entregó desde la eternidad para que los salvara, pero eso no desmotivó su oración por ellos, lo que podría haber ocurrido, ya que de todas maneras eran elegidos y debían salvarse. Más bien esto lo incentivó a orar por ellos, considerando que la voluntad eterna de Dios se cumple también a través de nuestra oración, ya que por la obra de su Espíritu Santo en nosotros, nuestras súplicas se vuelven un eco de su voluntad eterna.

En este sentido, debemos considerar que esta petición para que sus discípulos sean guardados, va de la mano con lo que Cristo dijo a sus discípulos en el cap. 14: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (vv. 16-17).

Es decir, la forma en que el Padre respondería esta oración de su Hijo, es enviando al Espíritu, para que tome la vida eterna que Cristo consiguió para los suyos y se las aplique personalmente, y para que con su presencia los transforme y les dé poder cada día para perseverar en la fe. En este sentido, Calvino acierta cuando dice: “Cristo guarda a los creyentes el día de hoy no menos que lo que los guardaba antes, sólo que lo hace en una forma distinta…”, esto es, a través del Espíritu.

Y es hermoso ver también que es por el Espíritu que se cumple lo que dice Cristo en el v. 26, ya que como hemos visto, el Espíritu es el que derramó el amor de Dios en nuestros corazones (Ro. 5:5), y es el que manifiesta la presencia viva de Cristo en nuestro ser. Es decir, la oración de Cristo fue hecha incluso en favor de nosotros, quienes creemos hoy, y hoy mismo el Padre sigue respondiendo esta oración, a través de la obra del Espíritu que da vida a quienes estaban ordenados para vida eterna.

¿Y cómo sabes hoy si estás siendo guardado por Dios para salvación? Porque crees en Cristo como el Hijo de Dios, enviado al mundo para que seamos salvos por Él: “sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:5). Esto es realmente glorioso, si tienes una fe viva en Cristo es porque el poder de Dios está obrando en ti, y te está guardando para que perseveres en ella y alcances salvación cuando Cristo sea manifestado.

Como ya hemos dicho, esta oración del cap. 17 nos da un vistazo a la gloria, al ministerio que Cristo realiza como nuestro Gran Sumo Sacerdote. Por eso dice la Escritura: “[Jesús,] por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; 25 por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:24-25). En esto podemos estar agradecidos y confiados en nuestro Dios: “Esta intercesión especial del Señor Jesús es el gran secreto de la seguridad del creyente. Aquél cuyo ojo nunca se cansa ni duerme, lo observa diariamente piensa en él y le provee con amor infalible” J.C. Ryle.

¿Qué podría angustiarnos, qué calamidad sería suficiente para derribarnos si sabemos que Cristo oró en la Tierra y sigue orando en el Cielo para que Dios nos guarde hasta el fin? ¿Qué podría preocuparnos, si el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, está empeñado personalmente en guardarnos? Es allí cuando la angustia puede transformarse en pecado: cuando refleja incredulidad, cuando implica hacer a un lado estas hermosas promesas que Cristo nos entregó.

Por eso vemos que el deseo de Cristo al hablar estas cosas, es que seamos llenos de gozo (v. 13). Cristo, consciente de que se va de este mundo al Padre, quiere dejar su gozo como un legado, tal como hizo con su paz. Pero es un legado atípico, ya que el legado se da al morir, pero Cristo lo dio en la hora en que sería glorificado. Y dice que nos ha hablado estas cosas para que nuestro gozo sea cumplido, es decir, perfecto, pleno, completo, para que seamos llenos de gozo, para que desbordemos de alegría. Ese es su deseo para nosotros. ¿Lo valoramos? ¿Somos conscientes de la gran misericordia de Dios hacia nosotros? ¿Tomamos este maravilloso regalo de Dios o más bien lo despreciamos?

Muchos quisieran encontrar el secreto de la felicidad, el misterio del gozo, pero Cristo aquí lo ha presentado claramente. Si tu Biblia está polvorienta y abandonada, no me digas que tienes un corazón gozoso. Si no vas en oración a Dios, no me digas que disfrutas de la verdadera felicidad. Persevera para hallar la verdadera alegría, esa que se encuentra como un tesoro únicamente en la Palabra de Dios, y que viene de confiar en que el Señor es quien nos guarda, porque así lo ha prometido.

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