La Obra del Espíritu Santo

La Obra del Espíritu Santo

Texto base: Juan 15:26-27; 16:5-15.

En las predicaciones anteriores hemos revisado la enseñanza de Jesús a sus discípulos en el contexto de su última cena pascual con ellos, en la que les anuncia su partida de este mundo al Padre, revelando hermosas verdades que deben afirmar sus corazones en fe y paz, sabiendo que esa partida no es un cambio de planes, sino todo lo contrario, el cumplimiento de la perfecta voluntad del Padre que desde el principio les había sido enseñada.

En el último mensaje, vimos cómo Cristo nos ha escogido de entre el mundo para llevar fruto, pero el mundo nos aborrece porque no conoce al Padre y ha rechazado el testimonio de Cristo. Estamos unidos a Cristo en su vida y en su muerte: aquellos que reciban a Cristo, nos recibirán a nosotros, pero quienes lo rechacen, también nos aborrecerán, porque el siervo no es mayor que su Señor.

Hoy veremos que, en medio de la tristeza de sus discípulos, el Señor vuelve a anunciar la venida de su Espíritu, y esta vez se concentra en su obra redentora en medio de una humanidad bajo la maldad, convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio, y guiando a sus discípulos a toda verdad, con lo que llevará gloria a Cristo en todo.

     I.        La partida de Cristo y la venida del Espíritu (16:5-7)

Luego de enseñar profundas verdades a sus discípulos, nuestro Señor vuelve a mencionar que dejará este mundo; pero a juzgar por sus palabras, los discípulos parecen estar tan abrumados y confundidos por la tristeza, estaban tan concentrados en lo que esto significaría para ellos, que no han sido capaces de concentrarse en lo más importante; que es dónde irá Cristo, y el cumplimiento del perfecto plan de Dios. Su egoísmo no los dejaba dimensionar que esto sólo traería bien para ellos, y persistían en su angustia a pesar de todas las razones que el Señor les había dado para estar gozosos y en paz, confiados en Él.

Debían preguntarse dónde irá Cristo, y asimismo tendrían que haberse maravillado con la promesa del Espíritu ya anunciada unos instantes antes, en el cap. 14. Pero como parecen no haberse fijado en esa hermosa profecía, Cristo vuelve a mencionar que vendrá el Ayudador, el que consuela, fortalece y conforta de parte de Dios, porque es el mismo Dios presente en los suyos.

Esto es muy significativo en el contexto en que está hablando Cristo, ya que el temor y la tristeza de los discípulos es porque creen que quedarán solos, pero Él les está asegurando que no será así, que no serán dejados huérfanos ni desamparados, sino que rogará al Padre para que les dé a otro Ayudador, que esté con ellos no sólo por un tiempo, sino para siempre.

En esto debemos tener cuidado, ya que muchas veces el Señor nos habla a través de la lectura de la Biblia, a través del sermón en la Iglesia, o a través del consejo bíblico de un hermano, y estamos tan concentrados en algún dolor que estamos sufriendo, o en alguna situación angustiante, que no logramos ver la maravillosa Palabra que estamos recibiendo de parte de Dios. Asegurémonos de siempre tomar muy en serio su Palabra, y de prestarle la mayor atención que nuestras fuerzas y nuestras facultades permitan.

A pesar de la torpeza de sus discípulos, el Señor, con paciencia y amor, vuelve sobre las verdades que ya ha estado enseñando, para reforzarlas a sus discípulos que son tardos para entender, lo que también ocurre con nosotros. Generalmente fallamos en lo más básico, nuestra fe se cae en lo que es más obvio y elemental, pero el Señor vuelve a enseñarnos con compasión, como un Padre amoroso.

El Señor insiste en que les conviene que Él pase de este mundo al Padre, porque sólo así puede venir este Espíritu. Sólo con su partida podrán derramarse sobre ellos las preciosas bendiciones que les ha anunciado: sólo así podrá ir a preparar moradas para sus discípulos en el Cielo, sólo así podrán pedir todas las cosas al Padre en nombre de Cristo y les será hecho, sólo así podrán dar fruto permaneciendo en su amor, sólo así podrán recibir a ese otro Ayudador que estará con ellos para siempre, que manifestará la presencia de Dios en sus corazones, les recordará todas las cosas y los guiará a toda verdad.

Con su actitud, ellos estaban demostrando tener poco o nada de fe en las promesas de Jesús, y estaban menospreciando al Espíritu. Muchas veces pensamos cuán hermoso sería que Jesús esté físicamente entre nosotros, cuánto seríamos fortalecidos y enseñados por Él, cuán sublime sería escuchar sus enseñanzas y ser animados personalmente por Él. Sin duda todo eso sería hermoso, pero lo que el mismo Señor Jesús nos ha enseñado en estos pasajes, es que hoy no tenemos una manifestación menor del Señor que la que disfrutaron sus discípulos en ese entonces.

Él no dejó huérfanos a los suyos: Él sigue con nosotros en su Espíritu Santo. Este “otro Ayudador” no es un Jesús de calidad inferior. No es una simple idea que nos da esperanza y consuelo. No es un simple poder que nos fortalece; sino que es el mismo Dios que viene a nosotros. Tal como Cristo vino al mundo a cumplir su ministerio, el Espíritu también vino enviado por el Padre al mundo a estar con quienes aman a Cristo, y no sólo por un tiempo, sino que para siempre.

¿Y por qué dice que el Espíritu no podía venir si Cristo no partía de este mundo al Padre? Porque el Señor determinó que el Espíritu aplicara la obra de salvación personalmente a nosotros, y para eso era necesario que esa salvación primero fuera comprada por Cristo en su muerte de cruz, y que sellara su victoria con su resurrección de entre los muertos. Una vez que esa obra fue consumada, fue también el tiempo de que el Espíritu viniera a aplicarla a nuestras vidas. Entonces, no podríamos disfrutar de la salvación y la obra de Dios en nosotros si no fuera porque el Espíritu mismo la aplica a nuestras vidas personalmente. El Espíritu es el que permite que Dios sea real en nuestros corazones, que su presencia sea verdadera en nuestro día a día, que Dios esté con nosotros y en nosotros. Por eso nos convenía que Jesús se fuera, para que el Espíritu viniera.

    II.        La obra del Espíritu en el mundo (15:26-27; 16:8-11)

¿En qué sentido se dice que el Espíritu “vino”? Un comentario de J.C. Ryle nos ayuda mucho a entender:

Por un lado, debemos recordar que el Espíritu Santo estaba en todos los creyentes que vivieron en los días del Antiguo Testamento, desde el principio. Ningún ser humano ha sido salvo del poder del pecado alguna vez ni ha sido hecho santo, salvo por la renovación del Espíritu Santo… Por el otro lado, nunca debemos olvidar que, luego de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo fue derramado en los hombres como individuos con mucho más poder, y con una influencia mucho más amplia en las naciones del mundo, y esto como nunca antes. Es este mayor poder e influencia el que tiene en mente nuestro Señor en este pasaje. Se refiere a que luego de su propia ascensión, el Espíritu Santo ‘vendrá’ al mundo con tanta mayor fuerza, que parecerá como si hubiese ‘venido’ por primera vez, y como si no hubiese estado en el mundo antes”.

Y el Espíritu viene al mundo para hacer una obra (15:26-27): Él da testimonio acerca de Jesús en medio de un mundo bajo el pecado, un mundo que aborrece a Dios y a su pueblo. Y el Señor ha querido que ese testimonio sea dado a través de sus discípulos: “vosotros daréis testimonio también”. En un sentido especial eso se refería a los Apóstoles, quienes presenciaron el ministerio y la resurrección de Jesús y nos dejaron el testimonio infalible inspirado por el Espíritu Santo, pero también se refiere a todos quienes hemos sido llamados por Cristo, como dice la Escritura: “Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 P. 2:9 NBLH).

Eso nos dice algo muy claro sobre nuestra misión en este mundo: estamos llamados a dar testimonio de Cristo, y si predicamos su Evangelio con fidelidad, es el mismo Espíritu Santo el que da testimonio a través de nosotros. Por eso, no existe un cristiano que permanentemente viva sin dar testimonio de Cristo. Es algo que no podrá evitar, porque el Espíritu Santo que ha venido al mundo le impulsará a hacerlo, tal como vimos en este mismo Evangelio: cuando Andrés conoció a Jesús no pudo evitar contárselo a Simón Pedro, Felipe no pudo evitar compartirlo con Natanael, la mujer samaritana fue y evangelizó a todo su pueblo, el ciego de nacimiento que recibió la vista, se mantuvo valiente ante el acoso de toda una sinagoga; en fin, el que ha sido encontrado por el Salvador y alcanzado por su amor, no puede dejar de dar testimonio de su Señor, y de la vida que ha recibido. Todo cristiano podrá decir junto con Pedro y con Juan: “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20).

¿Y qué testimonio da el Espíritu al mundo a través de los discípulos de Jesús? Vino a convencer, a poner en evidencia, a acusar, a exponer la culpa del mundo en cuanto al pecado, la justicia y el juicio.

Pondrá en evidencia el pecado, por cuanto no creen en Él: el Espíritu, a través de nosotros, acusa al mundo de su pecado, de su desobediencia y rebelión hacia el Señor, proclamando que “No hay justo, ni aun uno; 11 No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. 12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-12), y que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23).

Si el Espíritu no hiciera esta obra a través de la Iglesia, el mundo permanecería para siempre en las tinieblas de su ignorancia, no habría quién pusiera en evidencia la terrible y miserable condición de la humanidad. Por eso el Señor dice a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt. 5:13), ya que la sal en ese tiempo se usaba para conservar los alimentos y evitar que se pudrieran, y así la Iglesia con su testimonio y su denuncia de pecado, refrena la maldad en el mundo. También somos llamados “la luz del mundo” (Mt. 5:14), ya que proclamamos aquella Palabra que es luz (Sal. 119:105) a un mundo en tinieblas, testificando que sus obras son malas y llamando a los no creyentes a venir a Cristo, quien es la luz.

Por tanto, no es lo mismo una sociedad en la que no hay Iglesia, que aquella en la que la Iglesia está presente y testificando. De esto pueden dar testimonio misioneros como William Carey, que desarrollaron su labor en lugares que han estado siglos o milenios bajo la oscuridad del paganismo, donde no hubo Iglesia que fuera sal y luz. El resultado es una sociedad llena de corrupción y podredumbre espiritual, dominada por las tinieblas y el pecado.

Allí donde está la Iglesia, el estandarte de la verdad es sostenido, e incluso los incrédulos son influenciados y beneficiados. Por este testimonio del Espíritu acusando al mundo de pecado, muchos son despertados al arrepentimiento genuino, y vienen a los pies de Cristo para salvación. Ante la predicación de la Iglesia, no les quedará otra posibilidad que decir: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37) verán que la esencia de su pecado fue no haber creído en Cristo, y que los no creyentes están cometiendo un grave crimen y están en gran necesidad al no creer en Cristo.

Manifestará la culpa del mundo por la justicia, porque va al Padre y no lo verán más: el mundo, en su falsa justicia, estaba por juzgar a Cristo con un proceso injusto y viciado, para terminar dándole muerte. Este fue el crimen más horrendo jamás cometido, cuando los hombres bajo el pecado mataron al Autor de la vida (Hch. 3:15), pero este delito atroz fue cometido en nombre de una supuesta justicia: “Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Jn. 19:7). Lo que aparentemente se hizo en obediencia a la ley, en realidad se hizo en la rebelión más espantosa que alguna vez ha tenido lugar.

Pero el mismo a quien el mundo juzgó con esta injusticia terrible, fue recibido por el Padre, y a pesar de ser ejecutado como un criminal, el Señor lo reivindicó al resucitarlo de entre los muertos, y lo exaltó sobre todas las cosas:

 “fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” Ro. 1:4.

Él ha fijado un día en que juzgará al mundo con justicia, por medio del hombre que ha designado. De ello ha dado pruebas a todos al levantarlo de entre los muertos” Hch. 17:31 NVI.

Aquél que fue muerto como un delincuente por la falsa justicia humana, el Señor luego le llama por boca del Apóstol Pedro “el Santo y el Justo” (Hch. 3:14), y luego dice la Escritura: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21), y “… Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18).

Entonces, el Espíritu Santo acusará al mundo a través de la Iglesia, de que su justicia es torcida y que por ella mataron al autor de la vida, ya que en ese juicio viciado participaron tanto judíos como gentiles, unidos para dar muerte al Señor de todo. Alguien podría decir “si yo hubiese estado ahí, habría defendido al Señor y me habría opuesto a su muerte”; pero la verdad es que toda persona que no haya recibido la obra del Espíritu transformando su ser, de estar en ese momento y lugar también habría gritado “crucifícale” junto con toda la multitud, y si hubiera podido habría perforado las manos y pies de Cristo con clavos, y habría puesto la corona de espinas sobre su santa cabeza.

Pondrá en evidencia el juicio del mundo, por cuanto el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado: Satanás estuvo detrás de la conspiración para matar a Cristo, siendo él quien entró en Judas y obró junto con él cuando entregó a Jesús a los líderes religiosos a cambio de 30 piezas de plata (Jn. 13:27).

La Escritura dice que “… el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19); y explica que satanás es el “príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2). Es decir, opera en quienes todavía no han sido alumbrados por la luz del Evangelio ni han recibido la obra del Espíritu, quienes reciben la influencia y la obra del maligno en sus corazones, tanto así que dice que “El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:4 NVI).

Los incrédulos seguirán rebeldes al Señor, y en la consumación de todas las cosas irán tras la bestia y el falso profeta (los dos brazos humanos con los que satanás obra en este mundo). Y como siguieron el mal y la mentira antes que el bien y la verdad, ya han sido juzgados, junto con su príncipe satanás.

Así, todo esto se cumplirá cuando Cristo venga a establecer su reino y a destruir a sus enemigos: “Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta… Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. 21 Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos… Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 19:20-21; 20:10).

Por tanto, debemos anunciar al mundo este juicio en el poder del Espíritu, y llamándolos a huir de la ira que vendrá sobre quienes se mantienen sin creer en Cristo ni rendir sus vidas a Él.

A la luz de esto, es triste pensar que muchas falsas iglesias se resisten a hablar del pecado, la justicia y el juicio, diciendo que Dios no los mandó a eso sino a hablar del amor; cuando precisamente Cristo está diciendo que el Espíritu viene a poner en evidencia la culpa del mundo en cuanto a estas tres cosas, y es una obra que hace a través de la iglesia. Si nos negamos a testificar sobre esto, estamos desobedeciendo a nuestro Señor y negando la fe.

Y el Señor nos ha dejado un ejemplo de lo que ocurre cuando se predica fielmente su Palabra ante el mundo, en el poder del Espíritu. Esta profecía se cumplió punto por punto en la predicación del Apóstol Pedro a los judíos en el día de Pentecostés. ”Hch. 2: a. pecado, el pecado de rechazar a Cristo (“vosotros… prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole…a este Jesús a quien vosotros crucificasteis”); b. justicia, la justicia de Cristo (“Jesús nazareno, varón aprobado por Dios”); c. y juicio, el juicio de los hostiles a Cristo (“Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies… sed salvos de esta perversa generación”). El resultado fue: “al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron: Varones hermanos, ¿qué haremos?… y se añadieron aquel día como tres mil personas”.  William Hendriksen

La falsa iglesia de hoy rechaza hablar de estos temas porque causan rechazo a la gente, pero aquí vemos cómo el Apóstol Pedro no resistió hablar de ninguno de estos puntos, y se produjo quizá la conversión más masiva de que se tenga registro: 3 mil personas con un sermón. Lo que nos toca a nosotros es ser obedientes a su Palabra y anunciar todo el consejo de Dios con fidelidad, y será el Espíritu quien dé los resultados y quien haga la obra, porque Él es quien testifica con y en nosotros.

   III.        El Espíritu Santo y la gloria de Cristo (vv. 12-15)

Jesús afirma: “Aún tengo muchas cosas que deciros…”. Esto implica que será Él mismo quien les seguirá enseñando, pero a través del Espíritu. Algunos, de manera muy equivocada, al leer o escuchar algo escrito por los Apóstoles dicen “bueno, eso dijo el Apóstol Pablo, pero me interesa saber qué dijo Jesús”, como si la enseñanza de los Apóstoles tuviera una autoridad distinta o pudiera oponerse a lo que dijo Jesús. Eso es completamente falso, ya que es el mismo Jesús quien les enseñó a los Apóstoles personalmente y a través de su Espíritu, y todo lo que tenemos hoy es el testimonio que ellos dieron.

Aun cuando Cristo se estaba despidiendo de sus discípulos y les estaba enseñando cosas importantísimas que ellos debían recordar, había muchas cosas que no podía decirles ahora, porque no las entenderían. Todavía debían ocurrir dos acontecimientos trascendentales: la crucifixión, la muerte y la resurrección de Cristo, y además luego debía venir el Espíritu Santo. Ahí recién podrían comprender lo que debían comprender, y el Espíritu les enseñaría personalmente y los guiaría a toda verdad (14:26). Así es como serían capacitados para establecer el fundamento de la Iglesia sobre la piedra angular que es Jesús (Ef. 2:20), registrando los hechos y enseñanzas de Cristo en los Evangelios y estableciendo también el fundamento doctrinal y práctico en las epístolas.

Pero, esta promesa también se cumple en nosotros, los demás discípulos. La Escritura también dice: “En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido” (1 Co. 2:11-12 NVI).

Esto es realmente poderoso. El Espíritu que escudriña las profundidades de Dios y conoce sus pensamientos, es el que el Padre nos ha dado para que entendamos lo que Él nos ha concedido por su gracia. El mismo Espíritu que inspiró a los autores bíblicos para escribir la Palabra de Dios, es el que el Señor nos ha dado para entender su Palabra y discernirla espiritualmente. Por eso Cristo también le llama “el Espíritu de verdad”, ya que “es su oficio especial el aplicar la verdad a los corazones de los cristianos, guiarlos a toda verdad, y santificarlos por la verdad” (J.C. Ryle).

La única forma que podamos entender realmente su Palabra, es a través de la obra del mismo Espíritu que la inspiró. Por eso dice que los que no tienen el Espíritu ni siquiera pueden aceptar lo que procede de Él, porque le parece una locura, están totalmente incapacitados para entender lo que es espiritual. Pero el que tiene el Espíritu, puede entender y juzgar todas las cosas, porque ha sido instruido por el mismo Dios; y (¡Gloria a Dios!) tiene la mente de Cristo (1 Co. 2:14-16).

Por lo mismo Cristo decía que nos convenía que Él pasara de este mundo al Padre; porque así el Espíritu podía venir y hacer que la presencia de Cristo pase a estar no ya ‘junto a’ nosotros, sino ‘en’ nosotros; este Espíritu nos revela y nos enseña personalmente de parte de Dios, dándonos ojos para ver, oídos para oír, dándonos un nuevo corazón y haciendo de nosotros un nuevo hombre creado a la imagen de Cristo, y que tiene la mente de Cristo.

Entonces, nunca olvidemos orar por la enseñanza del Espíritu Santo al leer la Biblia. No debemos extrañarnos en caso de encontrar que la Biblia es un libro oscuro y difícil, si regularmente no buscamos la luz de aquel que lo inspiró. En esto, como en muchas otras cosas, ‘no tenemos porque no pedimos’” (J.C. Ryle).

Por la obra del Espíritu ahora puedes pensar de acuerdo a los pensamientos de Cristo, hablar conforme a sus Palabras, sentir conforme a sus afectos, vivir de acuerdo a sus obras, caminar en sus pisadas y andar como Él anduvo; de tal manera que puedes decir junto con el Apóstol Pablo: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gá. 2:20 NVI).

Y este Espíritu tiene una finalidad clara: glorificar a Cristo, tomando de lo suyo, que es también lo del Padre, y dándolo a conocer a los hijos de Dios, a quienes les da un nuevo corazón que busca esa gloria de Cristo. Dice la Escritura que “… nadie que esté hablando por el Espíritu de Dios puede maldecir a Jesús; ni nadie puede decir: «Jesús es el Señor» sino por el Espíritu Santo” (1 Co.12:3 NVI).

Aunque confieses con tu boca que quieres hacer todo para gloria de Cristo, si tu vida demuestra lo contrario y te caracterizas por vivir según tu propio criterio, si haces tu propia voluntad, si piensas que la vida se trata de cumplir tus sueños y metas; y quieres ser tú el protagonista de tu vida, no puedes decir que el Espíritu de Dios mora en ti, porque el Espíritu busca siempre glorificar a Cristo.

¿Conoces a este Espíritu de Dios?, ¿Has sido transformado por su obra, de tal manera que puedes decir como el hombre de Juan cap. 9, “Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo” (Jn. 9:25)? ¿Has recibido ese Espíritu que te cambia de tal forma que ahora amas lo que Dios ama, y aborreces lo que Dios aborrece? ¿Qué domina en ti, la luz o las tinieblas, la vida o la muerte, la verdad o la mentira?

Aunque aquí tengamos al más piadoso y elocuente de los predicadores, si no tienes el Espíritu en ti, sus palabras se perderán en tu interior y serán estériles. Esa Palabra no dará fruto ni tendrá vida en ti. Necesitas ser lleno del Espíritu hasta para dar el paso más mínimo en la vida cristiana.

Si no has recibido este Espíritu, hoy es el día. La Escritura dice “Les digo que éste es el momento propicio de Dios; ¡hoy es el día de salvación!” (2 Co. 6:2 NVI). Hoy es el momento de ir a Cristo y entregar tu ser a sus pies. Cualquier decisión que no sea un “sí” inmediato e incondicional a Cristo, es un “no”; y quienes rechazan a Cristo sólo pueden esperar ruina y destrucción; pero quienes lo reciban, recibirán también el amor, la vida y la verdad que sólo el Espíritu puede entregar; y tendrán la presencia misma de Dios en sus corazones.

No descansemos nunca hasta que sintamos y sepamos que [el Espíritu] habita en nosotros” J.C. Ryle.

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