No os dejaré Huérfanos

No os dejaré Huérfanos

Texto base: Juan 14.18-20, 27-31 [Leer desde el v. 18 al 31].

En los mensajes anteriores, hemos estado revisando la enseñanza íntima de Jesús a sus discípulos en el marco de la cena pascual, donde les ha anunciado su partida de este mundo y ha comenzado su discurso de despedida, con el que los anima y los consuela haciéndoles ver que su partida es para bien de los que creen en su nombre, y que no los abandonará.

Ya hemos visto que Cristo enseñó a sus discípulos que amarlo verdaderamente, es guardar y obedecer su Palabra. Quien ame a Cristo, disfrutará de la bendición inmerecida de ser amado por el Padre y por el Hijo, quienes se manifestarán personalmente a sus discípulos y habitarán con ellos.

También hablamos de la forma en que esa promesa se cumple, que es con la venida del Espíritu Santo, que el Padre enviará en nombre de Cristo para que esté con nosotros para siempre, para que habite en nosotros y nos enseñe todas las cosas.

Hoy nos enfocaremos en que Cristo ha prometido no dejarnos huérfanos, sino que se manifestará a nosotros, ya que estamos unidos a Él y Él está en nosotros, y nos ha dejado su paz que sobrepasa todo entendimiento, para que nuestros corazones estén confiados en Él aunque no podamos verle físicamente en la era presente.

     I.        No nos abandonará

Hay una idea que Cristo repite constantemente en este capítulo, y es que no dejará solos a sus discípulos. Recalca de distintas maneras que Él se irá físicamente, pero que ellos no quedarán desamparados ni abandonados a su suerte, sino que su presencia seguirá con ellos, de una manera nueva y más profunda, a través de la venida del Espíritu Santo, el “otro Ayudador” que el Padre enviará en nombre de Cristo a sus discípulos para que esté con ellos para siempre, y aunque hasta ese entonces había estado ‘con’ ellos, pasaría a estar ‘en’ ellos desde Pentecostés, manifestando la presencia de Dios en sus corazones de manera directa y personal.

Pero además de esta gloriosa manifestación de Dios, el Señor Jesús promete a sus discípulos que volverá personalmente a ellos luego de los eventos que están por suceder en unas horas, es decir, después de ser juzgado injustamente y muerto a manos de los líderes religiosos y los romanos. Durante el resto del día viernes y el día sábado, los discípulos deberán enfrentarse al hecho de que su Maestro murió. En ese lapso de soledad y oscuridad, debían recordar lo que habían aprendido estando ante la presencia de quien era la Luz del mundo, y específicamente esta presente enseñanza de Jesús.

Aunque los discípulos finalmente fueron incapaces de entender como debían las enseñanzas que Jesús les había entregado, y demostraron una abierta falta de fe para creer en las promesas que el Señor les había hecho, ellos no fueron tratados según sus obras, ya que, a pesar de haber sido incrédulos y vacilantes, el Señor permaneció veraz y fiel; cumpliendo su promesa: “vendré a vosotros”. Apenas resucitó, se manifestó a sus discípulos, y aunque el Padre les enviaría otro Ayudador, el Señor Jesús personalmente volvió a confirmar la fe de sus discípulos, a confortarlos, a animarlos y a establecerlos, manteniéndolos unidos en torno a Él.

Su tiempo de ministerio público en la tierra, que se manifestó abiertamente tanto a creyentes como incrédulos, había finalizado. Cumplió también lo dicho en este pasaje, desde su resurrección sólo aquellos que creen en su nombre recibirían esa manifestación personal de Jesús. El mundo en tinieblas, que rechaza el testimonio del Padre y del Hijo, ya no vería más a Cristo, no disfrutará de su presencia amorosa y llena de gracia, pero aquellos que creen en su nombre y su Evangelio, sí lo ven, son bendecidos con la comunión íntima del mismo Dios, quien se revela personalmente a ellos.

Es lo que ha enseñado nuestro Señor en este capítulo, esta sección está llena de promesas y descripciones de la relación especial que Él tiene con los suyos: “[el Padre] os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (v. 16), “[el Espíritu] mora con vosotros, y estará en vosotros” (v. 17), “vosotros me veréis” (v. 19), “vosotros conoceréis” (v. 20), “[el que me ama] será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (v.21), “[al que me ama] mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (v. 23), “Voy, y vengo a vosotros” (v. 28).

Aunque el mundo ya no lo vio más, su relación con los discípulos fue tan llena de amor y gracia, que el Señor Jesús respondió a la incredulidad de Tomás con paciencia y compasión, permitiendo a este discípulo que viera sus manos perforadas y tocara con sus propias manos su costado traspasado (Jn. 20:24-29); y además se preocupó personalmente de restaurar a Pedro, permitiéndole confesar que amaba a Cristo tres veces, ya que antes le había negado tres veces (Jn. 21:15-17). Al mismo tiempo, animó a sus otros discípulos con el milagro de llenar la red de peces, después de toda una noche de pesca sin resultados (Jn. 21:1-14).

Esto nos llena de esperanza, ya que sus discípulos estaban lejos de ser perfectos e infalibles, todo lo contrario, estaban llenos de debilidad y habían demostrado ser tardos para comprender y creer. Su fe era débil y corta de vista, pero era verdadera fe. A pesar de sus pecados y defectos, el Señor se manifestó a ellos, los encaminó en su senda, les enseñó con paciencia y con corazón de padre, los guio como un pastor tierno y compasivo.

Sin deberles nada, el Señor les dijo estas cosas antes de que sucedieran, para que cuando efectivamente ocurrieran, ellos supieran que se estaba cumpliendo lo que Jesús había dicho, y creyeran en su nombre. Esto fue un gran privilegio, ya que se trataba del Dios y Creador de todas las cosas, comunicando su plan eterno a pecadores débiles y cortos de vista.

Esto nos dice que Él quiere que entendamos, por eso nos da su Espíritu, que es el que nos enseña y nos da a conocer los pensamientos profundos que están en el Ser de Dios y nos da el entendimiento para comprender las verdades espirituales que sin ese Espíritu nos resultarían una locura, todo esto “para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Co. 2:12; leer vv. 10-16). Él no es un simple tirano que nos arroja su Palabra como migajas y nos demanda desde lejos obediencia ciega y sin más, aunque perfectamente podría hacerlo, ya que no nos debe nada. Pero Él ha determinado obrar distinto: quiere que entendamos sus Palabras. Nos entrega su Palabra como el regalo más preciado, la antorcha que alumbra en lugar oscuro a la que debemos estar atentos (2 P. 1:19). Quiere que creamos en ellas y encontremos en ellas gozo y paz para nuestras almas. Quiere que nos regocijemos en ellas, y que ellas sean lámpara a nuestros pies y luz a nuestro camino (Sal. 119:105).

Todo esto te debe enseñar, amado hermano, que el Señor quiere tener una comunión estrecha, íntima, directa y personal contigo. Es lo que vemos en todo este capítulo, una preocupación por asegurar a los suyos que no estarán solos. “Voy y vengo a vosotros” (v. 28). Él quiere estar con nosotros, manifestarse. Tanto así que Jesús mismo es la revelación suprema de Dios, Él dejó su gloria eterna para vestirse de esclavo y habitar entre nosotros, caminó en medio nuestro, en un mundo lleno de pecado, enfermedades, guerras, violencia y maldad, Él cargó sobre sus hombros con toda esa carga de corrupción, vino a nosotros para poder llevarnos donde Él está.

Luego, una vez que Él pasó de este mundo al Padre definitivamente, nos dejó a otro Ayudador, a su Espíritu Santo para que esté con nosotros y en nosotros, y nos manifieste la presencia real del Dios vivo.

Vemos que Dios está más dispuesto a venir a buscarnos y a establecer una comunión íntima con nosotros, de lo que nosotros estamos dispuestos a buscarlo y a crecer en esa comunión que es el sumo bien para nuestras almas. Tenemos a un Salvador que quiere estar con nosotros, que quiere que le conozcamos, y que en esa comunión podamos ir siendo transformados cada vez más a su imagen, como hijos amados. Un Dios que entregó a su Hijo amado por nosotros, para que pudiéramos reconciliarnos con Él, pese a que Él era el ofendido y nosotros los ofensores.

La Escritura nos llama la atención sobre esto: “Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos” (1 Jn. 3:1a). Él ha querido llamarse nuestro Padre, Padre de pecadores, pero que por su gracia y su poder vamos siendo transformados. ¿Por qué seguir distantes de Él? ¿Por qué resistirnos a su Espíritu y a su amor? ¿Por qué dejar de lado su Palabra y su tierna guía? No hay mayor posición en el mundo entero, que ser llamados hijos de Dios. No hay título de nobleza que se compare a eso, ni majestad humana que pueda igualar la gloria de ser hijos del Padre Celestial.

(v. 28) Los discípulos estaban tan centrados en sí mismos, que sólo se estaban enfocando en su propia comodidad, en que Jesús ya no estaría físicamente con ellos, pero no se daban cuenta que toda la enseñanza de Jesús se estaba cumpliendo, y que además su Maestro volvía a casa, a la gloria eterna que compartió con el Padre antes de que el mundo fuese (Jn. 17:5), y ni siquiera podían ver que todo esto resultaría en bien para ellos.

Algunos impíos han visto una excusa en este versículo para pensar que Jesús no es Dios, o para negar la Trinidad. No me detendré mayormente en esto, pero es necesaria una breve aclaración. Cuando Jesús dice que su Padre es mayor que Él, se debe entender esto en un sentido similar a cuando pensamos en que un padre humano es mayor que su hijo. No simplemente por la edad, sino por el hecho de que el hijo está sujeto al padre. Pero no por eso el hijo es menos humano que el padre. De la misma manera, Cristo no es menos Dios por estar sujeto a su Padre Celestial, pero en ese sentido el Padre es mayor, por eso también la Escritura dice que la cabeza de Cristo es el Padre (1 Co. 11:3). Es la forma en que la Trinidad se relaciona y actúa hacia su creación, pese a que todo el Dios Trino es un solo Dios, un solo Ser que comparte la misma esencia, y al cual se le debe la misma gloria y honor.

    II.        Nuestra unión con Cristo

Hemos dicho entonces que el Señor quiere tener una comunión real y viva con nosotros, y se manifiesta de forma personal a nuestras vidas. Esto se debe a que Él ha querido ser uno con nosotros, ha determinado unirnos a Él espiritualmente.

Por eso dice: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (v. 20). Esta es una verdad que debe maravillarnos y llenarnos de asombro. Los discípulos de ese entonces, cuando llegara el Espíritu de verdad que les enseñaría y recordaría todas las cosas, iban a comprender que el Hijo está en el Padre, nosotros estamos en el Hijo y que el Hijo está en nosotros.

El Hijo, entonces, es quien nos une al Padre. Por eso es que puede decir con autoridad que es “el camino, la verdad y la vida”, y que nadie va al Padre si no es a través de Él (Jn. 14:6). Y por eso es que la Escritura declara “Porque hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre” (1 Ti. 2:5 NBLH), y también dice: “nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11:27). Sólo manteniendo una unidad espiritual con el Hijo, estando en Él, podemos volver al Padre a quien traicionamos con nuestro pecado. Por esto también dice la Escritura “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co. 5:19).

Cristo se ha unido a nosotros espiritualmente de tal manera que somos llamados su Cuerpo, siendo Él nuestra cabeza. Dice la Escritura: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Co. 12:27), y también dice: “siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 16 de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef. 4:15-16).

Esta es una verdad que nos debe llenar de consuelo y paz, y nos debe fortalecer espiritualmente. ¿Quiénes éramos nosotros para que el Señor quisiera que formáramos parte de Él? Nos ha identificado con Él, a nosotros, que somos pecadores y fallamos constantemente, a nosotros, que somos débiles y tambaleamos, a quienes muchas veces nos falta la fe y somos tardos para aplicar aun las verdades más básicas a nuestra vida.

A pesar de nosotros, Él ha querido unirnos a Él como el cuerpo está unido a la cabeza, Él es quien nos da vida y crecimiento, quien dirige nuestros pasos, quien agiliza y capacita nuestras manos, quien nos mueve hacia la meta del supremo llamamiento, quien nos da unidad y nos da una función a cada miembro en particular, para bendición de todo el cuerpo, mientras nos bendice con la actividad de los demás miembros.

La Escritura dice “pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia, 30 porque somos miembros de su cuerpo” (Ef. 4:29-30 NVI). Nadie que esté en su sano juicio se autodestruirá, ni atentará contra su cuerpo, ni tampoco dejará de buscar el bienestar de su cuerpo. Incluso nosotros, siendo malos, alimentamos y cuidamos nuestro cuerpo, ¿Cuánto más Cristo, quien siempre hace el bien? Esta Palabra nos da la confianza de que estamos unidos a Jesús, de tal manera que Él nunca nos desamparará ni atentará contra nosotros, sino que se preocupa de sustentarnos y de cuidarnos.

Por lo mismo, es que la victoria de Cristo es también nuestra victoria, y su vida es nuestra vida. El evento más glorioso que se ha visto desde la creación de todas las cosas, es el principio de la nueva creación, es decir, la resurrección de Cristo. Si hay algo que nos oprimía y nos sometía a la esclavitud, era la muerte, un enemigo invencible e insuperable para nosotros; no podíamos hacer nada para librarnos de ella. Hace de nuestras vidas una tragedia y un valle de lágrimas, es un muro contra el que se estrella y se despedaza nuestro ser, nos llena de oscuridad, podredumbre y corrupción, nos degrada y nos desintegra, nos transforma en una monstruosidad.

Pero Cristo ha vencido sobre la muerte, y nos regala esa victoria, y el sepulcro ya no se puede enseñorear más sobre nosotros, sino que nosotros somos ahora los que podemos jactarnos de la victoria que Cristo ha conseguido: “«La muerte ha sido devorada por la victoria». 55 «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» 56 El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. 57 ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (1 Co. 15:54-57 NVI).

Tan impresionante es la victoria que Cristo nos concede, y a tal punto llega su unión con nosotros, que Él declara: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap. 3:21). ¿Cómo podrías agradecer al Rey del universo, al Eterno e Inmortal, que te conceda a ti, pecador, sentarte con Él en su mismo Trono? ¿Qué podrías dar a cambio de una misericordia tan grande y un amor tan sublime?

De esto es lo que nos habla Jesús cuando asegura: “porque yo vivo, vosotros también viviréis” (v. 19). Cuando Cristo deje de ser Dios y sea vencido por la muerte, recién ahí podrás preocuparte de que la muerte vuelva a tener poder sobre ti. Es decir, ¡nunca! Él está diciendo que el fundamento, la causa de que tu vivirás eternamente, es que Él vive, y esto significa que tu vida eterna está asegurada con la garantía más firme que pueda existir: la vida de Aquél que dijo “Yo soy… la vida” (Jn. 14:6), de quien procede la vida de toda criatura, la fuente de la vida eterna, y quien también aseguró con autoridad: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn. 11:25 NBLH).

El Apóstol Pablo, al concluir su pasaje sobre la resurrección, hace una aplicación a los creyentes que es la misma que creo que nosotros debemos considerar al haber visto esta gloriosa verdad: “Por tanto, mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58 NBLH).

Al saber que vamos camino a la eternidad de gloria, que somos una glorificación en proceso, que en nosotros tenemos al Espíritu que es la garantía de que seremos transformados y renovados a la imagen de Cristo, y considerando que el Señor ha prometido que, porque Él vive, nosotros también viviremos, debemos entonces entregarnos con empeño a la obra del Señor, estar firmes, constantes, unánimes, considerándonos unos a otros, buscando la comunión de los santos, ya que nuestro trabajo en el Señor no es en vano, sino que nuestras obras nos acompañarán a la eternidad, pues podemos confesar junto con la Escritura: “Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor». «Sí —dice el Espíritu—, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan” (Ap. 14:13 NVI).

Por lo demás, si nuestro Señor Jesús ha amado de esta manera a la Iglesia, ¿Quiénes somos nosotros para despreciarla? Somos miembros cada uno en particular de este glorioso Cuerpo de Cristo, por tanto nosotros también debemos pensar que nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida. Nosotros también debemos procurar el bien de la Iglesia, entregarnos por ella siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador, sustentándola y cuidándola como a nuestro propio cuerpo. La mayor razón que tenemos para amar a la Iglesia, es que Cristo la amó hasta el punto de darse a sí mismo por ella. Por eso decimos junto con la Escritura: “El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4:21).

   III.        La Paz de Cristo

El Señor Jesús comenzó diciendo en este capítulo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”. Ahora, finalizando este pasaje, lo corona de manera muy similar, con la conclusión lógica de todo lo que ha dicho y prometido: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (v. 27).

Pese a que se trata de uno de los pasajes más conmovedores y llenos de ternura de parte de Cristo hacia sus discípulos, debemos tener sumo cuidado, ya que la paz, al igual que el amor, es uno de los conceptos más manoseados y ultrajados en nuestros días. Tal como ha ocurrido con todos los conceptos que Dios define en su Palabra, la paz ha sido redefinida por el mundo, ha sido deformada por el pecado y la corrupción del hombre.

¿Qué piensas cuando te menciono la palabra ‘paz’? Quizá te imaginas sentado en una playa de arenas blancas, recostado en una silla, bajo un quitasol y disfrutando del viento y las olas en total tranquilidad. O quizá te imaginas recostado en tu sillón leyendo un buen libro, viendo una película o escuchando buena música, en total calma disfrutando solo o con los tuyos, y sin ser molestado por nada. Quizá es lo que sientes al disfrutar de tu pasatiempo favorito. O, si preguntas a alguien del mundo, puede ser que te diga: “es lo que siento cuando hago yoga o pinto mandalas”, o “es lo que experimento en mis sesiones de flores de Bach”.

En los años ’60 y ’70 hubo toda una revolución cultural con las palabras “amor y paz”, que, aunque son palabras que pertenecen al Señor, fueron usurpadas por grandes masas de jóvenes rupturistas con supuestas buenas intenciones, para amparar una serie de excesos, pecados y perversiones. Esta redefinición del amor y la paz es quizá una de las blasfemias colectivas más grandes de que se tenga memoria, sabiendo que Dios se define a sí mismo como amor, y habla de la paz verdadera diciendo ‘mi’ paz.

Además de este manoseo moderno de la palabra ‘paz’, debemos recordar que se trata de uno de los conceptos favoritos de los falsos profetas, quienes tuercen su significado con sus mentiras. Estos engañadores saben que nuestra carnalidad nos hace amar la comodidad y que en nuestro pecado buscamos tranquilizar nuestra consciencia de la manera más rápida y fácil posible, por lo que llenan sus mensajes de palabrería sobre una falsa paz y un impío bienestar.

El profeta Jeremías fue usado por Dios para denunciar a estos falsos, y a quienes los seguían en sus engaños: “Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. 14 Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz” (Jer. 6:13-14). En vez de llamar al pueblo al arrepentimiento, que era lo que correspondía hacer para curar la herida causada por su pecado, los falsos profetas tranquilizaban impíamente sus consciencias, dejando la herida abierta y al pecado del pueblo sin arrepentimiento ni restauración, con lo que endurecían sus corazones ante el Señor.

Y es que, desde la caída de nuestros padres en Edén, hemos buscado con ansias la paz, ya que el pecado en nosotros nos deja muy claro que algo anda mal en el mundo, nuestro propio ser está en conflicto interior permanente, y estamos en constante enfrentamiento con quienes nos rodean, y esta es precisamente la imagen con la que la Biblia retrata a la humanidad sin Cristo: “necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros” Tit. 3:3.

Sin embargo, debido a ese mismo pecado, buscamos la paz en cualquier lugar menos en el Dios vivo y verdadero, que es el único que puede darnos la verdadera paz. Si se fijan con detención, todas las visiones de la palabra ‘paz’ que he mencionado hasta ahora, y que son muy masivas en nuestros días, tienen algo en común: la búsqueda de la tranquilidad, la calma y el bienestar personal, pero sin Cristo, sin la verdad, sin la comunión con Dios ni la obediencia a su voluntad.

Es más, la humanidad perseverará en esta búsqueda de esta falsa paz, esta paz impía, una paz hecha por el hombre y para el hombre, sin tener en cuenta al Señor y a su ley, y esto es lo que podemos ver con instituciones globales como la ONU y su sistema internacional, y en doctrinas como la de los derechos humanos. Pero la Escritura dice: “… el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; 3 que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán” (1 Tes. 5:2-3). El Señor destruirá la gran torre de babel levantada por la humanidad sin Cristo, por su soberbia, su insolencia e insensatez sin precedentes, de querer alcanzar la paz por sí mismos, estando en sus tinieblas y sin consideración de la Palabra Santa.

Lo triste es que hoy muchos cristianos también manosean el concepto de ‘paz’. Para tomar sus decisiones desviadas de la obediencia al Señor, y para excusar sus rebeliones, se escudan diciendo con gran convicción: “lo que pasa es que yo tengo paz en lo que estoy haciendo”. Tristemente, cualquier pastor podrá dar testimonio de haber visto una multitud de estos casos. Pero lo que debe quedar claro es que no hay paz fuera de la verdad, porque la paz verdadera viene de Dios y refleja su carácter, y siempre, siempre irá de la mano con su Palabra.

Recuerda que los falsos profetas predicaban paz, pero no había paz. El pueblo de Dios que estaba en pecado creía que iba a tener paz, pero vendría sobre ellos ruina y muerte. El mundo sin Cristo creerá haber alcanzado paz y seguridad, y vendrá sobre ellos destrucción repentina. Y todos estos casos tienen algo en común: creen en una paz sin la verdad. Puedes ir lleno de calma interior caminando seguro al precipicio, porque la tranquilidad en sí misma no dice nada. Sólo la paz que está de la mano con la verdad, con la Palabra Santa, puede ser llamada verdaderamente paz.

El Señor ha dicho a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy. Yo no os la doy como el mundo la da”. El contraste es muy fuerte, ya que, por otra parte, Él también ha dicho: “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Is. 57:21). La verdadera paz es sólo para los discípulos de Jesús. Sólo ellos pueden tener verdadero consuelo, sólo quienes están en Cristo, quienes creen en su nombre y han ido a la cruz para el perdón de los pecados, sólo los que son santificados en la verdad de la Palabra de Dios, pueden disfrutar de la verdadera reconciliación con Dios, y de una paz que sobrepasa todo entendimiento.

Y esa paz justamente viene de entender y atesorar las verdades que Cristo ha enseñado en este capítulo: Él ha venido para manifestarnos al Padre, siendo la imagen del Dios invisible y el resplandor de su gloria. Él es el camino, la verdad y la vida, y a través de Él podemos volver al Padre del cual nos separamos por nuestro pecado. Cristo cumpliría su propósito en esta tierra, llevando sobre sí mismo el castigo de nuestra paz en la muerte de cruz, para luego resucitar y volver al Padre en gloria. Se fue de este mundo a preparar un lugar para nosotros en la Casa de su Padre, no sin antes manifestarse a sus discípulos para confirmar su fe, y luego volverá a nosotros para llevarnos donde Él está. Pero, aunque Él estará físicamente ausente hasta ese entonces, nos enviará a otro Ayudador para que esté con nosotros para siempre, el Espíritu de verdad, quien nos revelará personalmente al Padre y al Hijo, será la presencia de Dios en nosotros y hará de nosotros su templo, y nos enseñará todas las cosas. Cristo no nos dejará huérfanos, porque está unido espiritualmente a nosotros, de tal manera que Él es en el Padre, nosotros estamos en Él y Él en nosotros.

Esta es la verdadera paz, la que resulta de la comunión íntima con el Padre, por medio del Hijo y en el Espíritu, a través de su Palabra Santa; una tranquilidad espiritual que nos da seguridad de que hemos sido salvados por su misericordia, que viene de disfrutar de su presencia amorosa y de descansar en sus maravillosas promesas.

En esta paz inquebrantable podemos descansar, aunque seamos perseguidos, aunque nos rodee el hambre, la enfermedad o la muerte, aunque perdamos lo que más amamos en este mundo, aunque el dolor nos arrase como una plaga de langostas, aunque nuestra vida se caiga a pedazos y aun cuando el mundo a nuestro alrededor camine hacia la destrucción. Es la paz que está detrás del Salmo 11, cuando dice: “En el Señor hallo refugio. ¿Cómo, pues, se atreven a decirme: «Huye al monte, como las aves»? … Cuando los fundamentos son destruidos, ¿qué le queda al justo? El Señor está en su santo templo, en los cielos tiene el Señor su trono” (vv. 1,3-4 NBLH).

También es la paz que está en el corazón del salmista, cuando dice: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra” (Sal. 121:1-2). Es una paz que resulta de confiar en que el Señor gobierna todo, que su Palabra es verdad, que sus planes son perfectos y se cumplirán sin faltar ni una coma ni una tilde.

Es la paz que llevó a Sadrac, Mesac y Abed-Nego a preferir la muerte antes que postrarse ante la estatua del hombre más poderoso del mundo en ese entonces: Nabucodonosor. Se atrevieron a desobedecer a ese gran emperador, absolutamente confiados en Dios, diciendo: “Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente. Y de su mano, oh rey, nos librará. 18 Pero si no lo hace, ha de saber, oh rey, que no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua de oro que ha levantado” (Dn. 3:17-18). Es decir, es la paz que viene de saber que nuestras vidas pertenecen al Señor y están en sus manos, y Él hará con nosotros siempre lo que es bueno y mejor.

Es más, la paz es fruto del Espíritu (Gá. 5:22). Es decir, está sólo en aquellos que tienen el Espíritu, la verdadera paz es evidencia de la obra de Dios en nosotros, y de que su presencia está en nuestro ser. La verdadera paz es producida por el Dios de toda consolación en nuestros corazones, no nace de nosotros, sino que viene de lo alto.

¿Dónde buscas tu paz? ¿Qué paz es la que has estado buscando hasta ahora? ¿Es la paz que viene del Señor y sólo se encuentra en Él, o es la paz que se ajusta a tus deseos y que sirve a tu comodidad personal? La verdadera paz, la que Él nos da, no es como la que el mundo da. Toda paz que no venga de Dios, toda paz que no se ajuste a la verdad de su Palabra, terminará en ruina y destrucción repentina; pero su paz perfecta sobrepasa todo entendimiento, es el fruto de su Espíritu Santo en nosotros, y llenará nuestros corazones, aunque estemos en lo más recio de la tormenta.

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” Is. 26:3.

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