Para que vean mi gloria – Ps. Álex Figueroa

Para que vean mi gloria – Ps. Álex Figueroa

Para que vean mi gloria

Domingo 23 de septiembre de 2018

Texto base: Juan 17:24-26.

En las predicaciones anteriores, vimos que nuestro Señor Jesús, luego de entregar su enseñanza de despedida a los discípulos en el aposento alto, elevó una oración perfecta al Padre, en la que pidió por su propia glorificación, y también rogó por sus discípulos, para que el Padre los guarde, los santifique y los haga perfectos en unidad.

Hoy veremos que, mientras que Cristo comenzó la oración rogando por su propia glorificación, la termina rogando al Padre para que sus discípulos sean glorificados. Y es así porque lo que hace posible que entremos en la gloria, es que primero Cristo sea glorificado. Ver esa gloria de Cristo ha de ser nuestra meta suprema en esta vida, ya que en eso consistirá también la vida en la eternidad.

     I.        ¿Por quiénes ora Cristo?

Este pasaje es la conclusión de la oración que Jesús eleva al Padre como Sumo Sacerdote de su pueblo, y podemos decir que también es la coronación de la enseñanza que Jesús entregó a sus discípulos desde el capítulo 13 de este Evangelio. Las que vemos hoy, son las últimas palabras que registra este Evangelio antes de la muerte de Cristo, en las que Él se encuentra en la intimidad con sus discípulos.

Y una vez más Él reafirma que está orando por sus discípulos. De nuevo se refiere a ellos como aquellos que el Padre le dio. El cap. 17 de este Evangelio, es de los más enfáticos en afirmar que, los creyentes somos un regalo del Padre a Cristo: todo aquel que va a Cristo, pertenecía al Padre desde la eternidad por su santa elección (Jn. cap. 6), y el Padre los entrega a Cristo con una voluntad clara: que les dé vida y los preserve hasta el día final, sin perder a ninguno de ellos.

Y Cristo ora a quien llama “Padre Justo”, contrastándolo con la rebelión y la injusticia del mundo. Ya había dicho que no está rogando por el mundo, es decir, aquella parte de la humanidad que permanece en rebelión en su contra, sino que pide por quienes lo han conocido a Él como el enviado de Dios, algo que el mundo se niega a creer: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” Jn. 3:19.

El mundo no aceptó el testimonio que el Padre dio a través de su Hijo Jesús. Tanto ayer como hoy, lo rechazan, incluso con agresividad y violencia, se tapan los oídos, se burlan, responden con indiferencia o con dureza cuando escuchan el Evangelio, y pueden llegar a perseguir hasta la muerte a quienes lo predican, tal como crucificaron a Cristo, quien es el Evangelio en persona.

Pero los discípulos verdaderos entienden que esta es la parte central de la fe: contemplar la gloria de Cristo como el enviado del Padre para salvación, entender que el Padre está en Él y Él en el Padre, y que aun cuando estaba vestido de humillación, todo lo que Él era y todas sus excelencias no eran terrenales, sino divinas.

Esta es la única forma correcta de entender a Cristo. No es sólo un profeta, o sólo un maestro de moral, ni un simple ejemplo de vida, ni tampoco es meramente ‘un’ camino para llegar a Dios. La única forma de conocer a Cristo que realmente nos salva, es aquella que nos lleva a confesar con Marta, hermana de Lázaro: “yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Jn. 11:27) y con Pedro: “nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:69).

Jesucristo está hablando de discípulos torpes, débiles, con la vista corta, con poco discernimiento, que vez tras vez dejaban en evidencia su incapacidad para comprender verdades más profundas, y que debían ser corregidos con frecuencia. Pero Cristo los respalda, los presenta delante del Padre como verdaderos creyentes a lo largo de esta oración (vv. 6-8), y así también lo hace en esta última petición.

Su fe era débil, pero genuina. Su vista era corta, pero ya veían verdaderamente a Cristo como el enviado de Dios. Eran torpes, pero habían entregado sus vidas sinceramente a Cristo para seguirle. Les costaba entender, pero sus oídos estaban atentos a las enseñanzas del Salvador, y su corazón estaba dispuesto a obedecerlo. Tenían poco discernimiento, pero su mente ya no estaba en las tinieblas del mundo, sino que había sido alumbrada con la luz eterna del Evangelio.

Esto nos llena de esperanza, ya que también vemos que nuestra fe es débil, que frecuentemente nos equivocamos hasta en lo más básico, que es necesario exponernos una y otra vez a las mismas enseñanzas. Pero el Señor es quien nos ha llamado para salvación, y en Cristo todas nuestras imperfecciones son cubiertas por la perfección de su justicia y su santidad.

El verdadero discípulo de Cristo, no tomará esta compasión del Señor como una excusa para ser un mediocre, sino que lo tomará como una razón para estar confiado en Cristo y para alabarlo porque Él es el Justo que nos hace justos, y el Perfecto que nos hace perfectos, a pesar de que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Será una razón firme para vivir en una obediencia agradecida delante de Dios, por la salvación y el amor que Él nos ha entregado.

Para los creyentes, esta oración es a la vez una promesa para el futuro, ya que Cristo no sólo les ha dado a conocer al Padre, sino que afirma que seguirá dándolo a conocer a sus discípulos, lo que nos habla de la obra del Espíritu Santo, quien nos enseña todas las cosas y nos manifiesta la presencia de Dios de manera personal.

    II.        ¿Qué es lo que Cristo pide en este último ruego?

Y ¿Qué es lo que pide Cristo en favor de sus discípulos? En la conclusión de su oración, sus peticiones son realmente sublimes y conmovedoras.

Él pide diciendo “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo”. Está pidiendo que seamos glorificados junto con Él. Este ruego de Cristo debe conmovernos profundamente. La Escritura nos dice cuál era nuestra realidad espiritual:

 “… estabais muertos en vuestros delitos y pecados…  todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” Ef. 2:1,3.

Él escogió salvar a quienes estábamos en esta condición, sumidos en las tinieblas de la muerte y contaminados hasta la médula por el poder corruptor del pecado, decidió amarnos simplemente porque así le agradó, de tal manera que dice: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:6-8).

Ya era bastante misericordia que el Señor decidiera simplemente no derramar su ira sobre nosotros, descargándola sobre su propio Hijo amado. Pero Él además quiso darnos vida eterna y glorificarnos. Pero podría haber decidido dejarnos en un lugar distinto, lejos de Él. Pero tal es el amor de Cristo, que Él quiere, desea que allí donde Él está, estemos también nosotros junto con Él.

En este ruego incluye a Pedro, quien lo negó; a Tomás, quien fue incrédulo de su resurrección, a Saulo de Tarso, quien manchó sus manos con sangre de la iglesia; a Juan Marcos, quien en un momento dudó de su compromiso con la obra; en fin, todos los pecadores que han sido perdonados y redimidos por la sangre de Cristo; Él ruega también por ti y por mí, que vivimos en medio de luchas, con todos nuestros tropiezos en el camino, con toda nuestra torpeza y debilidad, con todos nuestros ripios e imperfecciones; pero que verdaderamente hemos creído y hemos puesto nuestra esperanza en Jesucristo el Salvador. Él quiere que estemos con Él allí donde Él está. ¿Puedes creerlo? ¿Puedes dimensionar tanta misericordia?

¿Y para qué quiere que estemos con Él? Para que veamos su gloria. No podría haber deseado algo mejor que esto. ¿En qué piensas cuando te hablan del Cielo? ¿En calles de oro, en banquetes interminables llenos de manjares deliciosos, en un lugar libre de dolor y donde serás feliz para siempre, o un lugar donde te reencontrarás con tus seres queridos que ya han partido de este mundo? Debes saber que lo que hace que el Cielo sea el Cielo, es la gloria de Cristo.

Algún descaminado podrá pensar: “Qué petición más soberbia”. Nada más equivocado. La soberbia se relaciona con tener un concepto de sí mismo más alto que el que se debe tener, con exaltarse a uno mismo más allá de lo que permite la razón y la realidad. Pero Cristo no puede ser soberbio, ya que no hay nada más alto que Él. No puede tener un concepto demasiado grande sobre su propia persona, ya que Él es lo más exaltado y glorioso, su majestad lo llena todo y es sobre todo.

No hay nada más alto que su gloria. Nada es más noble, ni más sublime, ni más deseable, ni más majestuoso que su gloria, en toda su plenitud y esplendor. Nada más digno de ser temido, de ser amado, de ser reverenciado, de ser adorado, nada más merecedor de que nos postremos y exaltemos, que Cristo lleno de su gloria, esa que tuvo con el Padre desde antes de la fundación del mundo.

Esta gloria de Cristo es única, es la gloria eterna. Es el hilo dorado que atraviesa toda esta oración (vv. 1, 5, 10, 22, 24), es el eje en torno al cual giran las peticiones que el Señor Jesús dirige a su Padre, de tal manera que esta petición que hace por la glorificación de sus discípulos, no tendría sentido sin el ruego que hizo al comienzo al Padre para que le glorifique a Él mismo, como Cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia.

Y la única forma de que Jesús declara esto, es que Él sea también Dios tanto como lo es el Padre, porque está escrito: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria” (Is. 42:8). Es la gloria eterna que en la Escritura se describe como “luz inaccesible” en la que el Señor habita (1 Ti. 6:16), es el máximo esplendor de todas sus virtudes y sus perfecciones. Sólo una muestra muy velada de esa gloria hizo que el rostro de Moisés resplandeciera (Ex. 34:29), y que Isaías exclamara con pavor “¡Ay de mí! que soy muerto” (Is. 6:5). Y es que, debido a nuestro pecado, nuestros cuerpos mortales no pueden soportar esa gloria plenamente manifestada, y si nos expusiéramos a ella en la condición actual, seríamos fulminados en el acto.

Sin embargo, Cristo está a punto de ir al Calvario para pagar el precio de nuestra rebelión, para eliminar la corrupción del pecado en nosotros, y que pudiéramos ser transformados para entrar en la gloria eterna. Ya no van a ser sólo pecadores puntuales que tienen visiones parciales de la gloria, sino que será un pueblo, una multitud incontable de pecadores redimidos, que estarán en la gloria eterna junto con su Redentor, porque Él así lo quiso.

Te puedes llegar a hastiar aún de las mejores cosas de este mundo, pero nunca te hartarás de la gloria de Cristo. Nunca dirás “he visto demasiado de ella”, nunca podrás decir que ya estás satisfecho. Es lo que contemplaremos por toda la eternidad, y nunca llegaremos a decir “ya la he conocido toda”: estaremos eternamente contemplando y conociendo más y más de su gloria, que es una fuente inagotable y cuya profundidad no tiene fin.

Y la gloria de Cristo es eterna, porque el Padre lo ha amado eternamente, desde antes de la fundación del mundo. El amor del Padre por el Hijo no tuvo un principio. Él no decidió en un punto de la eternidad comenzar a amarlo, sino que eternamente lo ha amado, y eternamente le ha dado gloria, porque son Uno. Desde siempre ha sido su Hijo amado, en quien se complace.

Por eso es maravilloso como termina esta oración: Cristo nos seguirá revelando al Padre, aún después de su muerte, Él seguirá preocupado de discipularnos y consagrarnos, y lo hará a través del Espíritu Santo, quien nos enseña todas las cosas y nos guía a toda verdad. Y esto lo hará con un objetivo: para que ese mismo amor eterno con que el Padre ha amado al Hijo, esté también en quienes somos sus discípulos.

La única forma en que podemos ser incluidos en ese amor que menciona, es que Cristo habite en nosotros, ya que, como el Padre no puede mirar a su Hijo sin tener también ante sus ojos a todo el Cuerpo de Cristo, así nosotros, si deseamos ser considerados en Él, debemos realmente ser sus miembros” (Juan Calvino).

Por eso está escrito: “… el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” Ro. 5:5. Así, “La revelación de sí mismo que Dios hizo por gracia, no quedará reducida a un mero dato histórico, sino que será una experiencia viva” (Donald Carson).

   III.        ¿Qué impacto debe producir esa gloria y ese amor en nosotros? Aplicación

En resumen, en la conclusión de su oración, el Señor ruega que podamos contemplar su gloria, que viene de ese amor eterno y perfecto que recibe del Padre; y que podamos disfrutar de ese mismo amor en nosotros, y de su presencia personal en nuestros corazones. Ciertamente es verdad lo que dice la Escritura: “Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre” Sal. 16:11.

Y vemos que nuestra gloria está enlazada a la gloria de Cristo. No tenemos gloria sin Él, ya que toda la gloria que podremos disfrutar, es la que derrama eternamente el Padre sobre Él, como Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia. Si nos beneficiamos de algún bien, si podemos gozar de alguna dicha o algún favor de parte de Dios, es porque lo recibimos en Cristo, y fuera de Él no podemos tener vida ni bendición alguna: “Oh alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor; No hay para mí bien fuera de ti” Sal. 16:2. Quien quiera encontrar gloria fuera de Cristo, sólo encontrará ruina y muerte.

Es esta unión con Cristo la que nos salva. “… separados de Cristo, somos aborrecidos por Dios, y Él sólo comienza a amarnos cuando estamos unidos al Cuerpo de su amado Hijo” (Juan Calvino). Es Cristo en nosotros por medio de su Espíritu, el que nos permite tener comunión con el Padre, ser aceptados y adoptados en Él, y esa presencia del Dios vivo en nosotros es la garantía de que seremos resucitados y glorificados, y de que podremos efectivamente estar donde Cristo está: “Dios se propuso dar a conocer [a sus santos] cuál es la gloriosa riqueza de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria” Col. 1:27 NVI.

Cristo ha rogado para que el Padre nos guarde mientras Él no está físicamente junto a nosotros, le ha pedido que nos haga santos por medio de la verdad, que es su Palabra, que nos haga perfectos en unidad, tal como ellos (el Padre y el Hijo) son Uno; y ahora termina pidiendo que seamos llevados a la gloria junto con Él, y todo esto se cumple por medio de la obra de su Santo Espíritu.

Además, contamos con su constante oración en nuestro favor en la presencia misma del Padre: “[Cristo] puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” He. 7:25; sabiendo que el Padre siempre oye a su Hijo, por lo que somos guardados a cada momento por sus súplicas permanentes.

Sabiendo esto, ¿Cómo no vivir confiados, teniendo estas promesas firmes y maravillosas? ¿Cómo no andar en santidad? ¿Cómo no trabajar unidos, honrando a quien nos compró con su sangre cuando estábamos perdidos y condenados? Esto nos debe motivar a una vida de obediencia agradecida, como dice la Escritura: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” Ro. 12:1-2 NVI.

Esto más aun sabiendo que Cristo prometió seguir obrando en nosotros a través del Espíritu, para que el amor con que el Padre lo amó, esté también en nosotros. “… este texto no hace a estos discípulos simplemente objetos del amor de Dios, sino que promete que serán de tal manera transformados, a medida que Dios se les da a conocer continuamente, que el propio amor de Dios por su Hijo se transformará en el amor de ellos” (Donald Carson). Es decir, que el amor de Dios esté en nosotros, implica que nos transformamos en personas que lo aman a Él sobre todas las cosas, y que aman a sus hermanos como fueron amados por el Padre en Cristo.

Si este gran amor de Dios manifestado en tu Hijo no te motiva a la adoración, a la gratitud, a la obediencia, al servicio y el trabajo por el reino de Dios, a la generosidad y al amor fraternal, entonces no hay nada que pueda motivarte verdaderamente. Quienes parecen caminar por un tiempo en la fe y luego abandonan el camino y vuelven al mundo, o quienes están físicamente en la iglesia pero viven indiferentes y apáticos a la comunión, la adoración y el servicio, demuestran que nunca han sido impactados por este amor eterno de Dios, ni han contemplado la gloria de Cristo por la fe.

El Señor Jesús quiso que sus discípulos escucharan esta oración que Él elevó al Padre antes de ir al Calvario. Quiso que el Apóstol Juan la registrara para que los creyentes de todas las edades pudiéramos conocerla, y que supiéramos qué es lo que Él considera prioridad para nosotros, qué es lo que Él ora en nuestro favor delante del Padre. Y su petición final es esta, que estemos junto con Él donde Él está, para que veamos su gloria. Ese es su deseo para nosotros.

Si bien es cierto la plena gloria de Cristo es inaccesible para nosotros mientras nos encontremos en este cuerpo mortal, el anhelo de nuestro corazón debe ser contemplar esa gloria cara a cara en la eternidad, y mientras estemos aquí, debemos contemplarla por medio del ojo de la fe, y eso se hace únicamente meditando profundamente en las Escrituras y yendo al Señor en oración.

Mientras más nos entreguemos a la meditación de esta gloria de Cristo, y a medida que ponemos toda nuestra vida al servicio de esta gloria, menos aprecio tendremos por el mundo corrupto, sus afanes, sus metas torcidas y sus placeres desordenados, y más amor tendremos por Cristo, más ferviente será nuestro anhelo de contemplar esa gloria en la eternidad. Al ver esa gloria en esta tierra a través de la fe, nos preparamos para ver esa gloria en el cielo, ya sin velo, cara a cara.

El gran objetivo de satanás, es que no veamos la gloria de Cristo: “… el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Co. 4:4). Por el contrario, el anhelo del verdadero discípulo de Cristo debe ser el mismo que hubo en Moisés cuando rogó: “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx. 33:18).

Es contemplar la gloria de Cristo por la fe lo que tiene el poder de transformarnos más y más, y hacernos aptos para el cielo: “Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu” (2 Co. 3:18 NBLH). Un verdadero cristiano, es alguien que vive contemplando la gloria de Cristo por la fe, y que se prepara día a día para verla cara a cara en el Cielo.

… incluso los mejores de nosotros, en nuestro mejor esfuerzo, caminamos por fe y no por la vista… Si la fe ha sido agradable, cuánto más lo será la vista; y si la esperanza ha sido dulce, mucho más lo será la certeza… Ya sea antes de la resurrección, en el paraíso, o después de la resurrección, en la gloria final, la expectativa es la misma: los verdaderos cristianos deben estar ‘con Cristo’” (J.C. Ryle).

Si esto es lo que nuestro Salvador ruega como conclusión de su oración por nosotros, también debe ser la meta de nuestra vida, y esto debe impactar todo lo que hacemos, aun lo más cotidiano: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).

No deberíamos esperar tener una experiencia distinta en el cielo de lo que hemos estado buscando en este mundo; es decir, no podemos esperar ver la gloria de Cristo en el cielo si no ha sido nuestro afán en la tierra… el cielo no daría ningún placer a las personas que no fueron preparadas para él en esta vida, por el Espíritu” (John Owen). El Señor abra nuestros ojos a la gloria de Cristo. Amén.

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