Permaneced en mí, y yo en vosotros

Permaneced en mí, y yo en vosotros

 

Texto base: Juan 15:1-10.

En las predicaciones anteriores hemos revisado la enseñanza de Jesús a sus discípulos en el contexto de su última cena pascual con ellos, en la que les anuncia su partida de este mundo al Padre. Pese al impacto, la preocupación y la tristeza que esto produce en sus discípulos, el Señor Jesús a través de su enseñanza les va revelando hermosas verdades que deben afirmar sus corazones en fe y paz, sabiendo que su partida no es un cambio de planes, sino todo lo contrario, el cumplimiento de la perfecta voluntad del Padre que desde el principio les había sido enseñada.

Él irá a preparar moradas para los suyos en la casa de su Padre, y volverá para tomarlos a sí mismo y llevarlos donde Él está. Pero en su ausencia física, no los dejará huérfanos, ya que el Padre enviará en su nombre a otro Ayudador, para que esté con ellos para siempre, y ese Ayudador les manifestará la presencia personal del Dios Trino, además de enseñarles y recordarles todas las cosas. Además, como un legado, Cristo les deja su paz, que no es como la que el mundo da, sino es la única y verdadera paz que afirmará sus corazones y sus pensamientos en Cristo.

Continuando con su discurso de despedida, el Señor hoy nos mostrará a través de la alegoría de la vid, que Él es la fuente permanente de nuestra vida, y que por tanto sólo podemos vivir y dar fruto si nos mantenemos en continua dependencia de Él. Separados de Él no podemos hacer nada, quien no dé fruto en Él será cortado y echado al fuego, pero quien permanezca en Él y de fruto, disfrutará de la bendición continua de la vida abundante y será limpiado para dar más fruto.

     I.        Jesús, la vid verdadera

El Señor nos enseña en este pasaje acerca de nuestra unión con Cristo. Esta es una idea que ya se viene desarrollando desde el pasaje anterior, y es algo que vimos muy claramente en la predicación pasada, cuando Él nos dice “… porque yo vivo vosotros también viviréis” (Jn. 14:19). Nuestra vida está unida a su vida, de tal manera que somos su cuerpo, recibimos nuestra vida de la cabeza qué es Él. Así también podemos regocijarnos porque su victoria es nuestra victoria.

En este pasaje, el Señor profundiza en esta enseñanza de nuestra unión con Él, pero con un énfasis distinto, usando para esto una alegoría o parábola, es decir, una figura del lenguaje en donde se representa una enseñanza o una verdad a través de símbolos que tienen un significado. En este caso, los símbolos son la vid, los pámpanos (o ramas de la vid, llamadas también sarmientos), los frutos y el labrador. Cada uno de estos símbolos tiene un significado determinado. Como es una alegoría, debemos tener cuidado de no perdernos en los detalles, sino captar el mensaje central.

Debemos tener en cuenta, además, que nuevamente las enseñanzas de nuestro Señor se encuentran entrelazadas estrechamente, como un tejido muy complejo. Lo que vemos desde los caps. 13 al 16, forma parte de una sola gran enseñanza que el Señor compartió con sus discípulos unas horas antes de ser entregado por Judas a los líderes religiosos para ser juzgado injustamente y luego crucificado.

Aquí vemos que Cristo, manifestando una vez más su majestad y su dignidad como el Señor, dice ““Yo soy la vid verdadera” (v. 1), atribuyéndose así una de las expresiones más sagradas con que Dios se presenta en la Biblia, un título que está reservado sólo para el Señor de todo (Ex. 3:13-14; Is. 43:13).

Este corresponde al último de los 7 “Yo soy” de Cristo en el Evangelio de Juan: 1) Yo soy el Pan de Vida, 2) Yo soy la Luz del mundo, 3) Yo soy la Puerta de las ovejas, 4) Yo soy el Buen Pastor, 5) Yo soy la resurrección y la vida, 6) Yo soy el camino, la verdad y la vida y 7) Yo soy la vid verdadera. El mismo título “Yo soy” es divino, pero además en cada uno de estos 7 “Yo soy”, Cristo dice ser algo que sólo Dios mismo puede ser.

Pero ¿A qué se refiere con que Él es la vid verdadera? Más allá de que la figura de la vid es muy usada en enseñanzas y parábolas, nuestro Señor está apuntando claramente al significado que la alegoría de la vid tiene desde el Antiguo Testamento, donde es un símbolo común para referirse a Israel como pueblo de Dios (p. ej. Isaías 5:1-7; Ez. 15:1-8; 17:1-21; Os. 10:1-2). Sin embargo, cada vez que esta figura es usada respecto de Israel, es para referirse a su rebelión contra el Señor, quien los plantó, los labró y los cuidó, y va unida a advertencias sobre el juicio de Dios por los pecados de Israel. Así, dice la Escritura: “Te planté de vid escogida, simiente verdadera toda ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña?” (Jer. 2:21).

El Salmo 80 resume muy bien la enseñanza que el Antiguo Testamento da sobre la vid:

Oh Dios de los ejércitos, restáuranos; Haz resplandecer Tu rostro sobre nosotros, y seremos salvos. Tú removiste una vid de Egipto; Expulsaste las naciones y plantaste la vid. Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora, Te rogamos; Mira y ve desde el cielo, y cuida esta vid, 15 La cepa que Tu diestra ha plantado Y el hijo que para Ti has fortalecido. 16 Está quemada con fuego, y cortada; Ante el reproche de Tu rostro perecen. 17 Sea Tu mano sobre el hombre de Tu diestra, Sobre el hijo de hombre que para Ti fortaleciste” (Sal. 80:7-8; 14-17).

Como la vid que el Señor plantó, Israel fue rebelde y desobediente, no se mantuvo fiel a su Señor y se entregó a la idolatría y las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado antes de esa tierra, justamente debido al pecado de ellas. El pueblo de Israel no pudo ser fecundo y abundar en los frutos de justicia que el Señor demandó de ellos.

Ante esta situación, el Señor Jesús declara: “Yo soy la vid verdadera”. Con esto, hace un contraste entre el antiguo y el nuevo pacto, entre las sombras de lo que había de venir, y la realidad ya manifestada y revelada claramente. El Señor ya había hecho esto respecto de otras imágenes y sombras del Antiguo Testamento: Él ya se había mostrado superior al templo físico, a las fiestas judías, a Moisés; y ahora estaba demostrándose como la verdadera vid, donde Israel antes había sido una vid, pero como sombra de lo que había de venir, es decir, Jesucristo.

La verdadera vid, entonces, no es el pueblo rebelde, sino el mismo Jesús, y aquellos que están incorporados en Él… [si los judíos deseaban] disfrutar el estatus de ser parte de la vid escogida de Dios, debían entonces estar relacionados con Jesús correctamente” (Donald Carson). Esta es otra forma de señalar lo que Jesús había enseñado ya antes en este Evangelio. Los verdaderos hijos de Abraham no son los que descienden de él por la sangre, sino aquellos que creen en el Señor de Abraham, que es Cristo (Gá. 3:7). Cristo es realmente la vid verdadera, y sólo quienes están en Él pueden considerarse parte de la vid.

Por eso la Escritura señala: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1:12-13). Así como las ramas nacen en el tronco de la vid, los hijos de Dios nacen en Cristo, surgen desde la vida que está en Él.

No importa qué sangre corre por tus venas ni cuáles son tus ancestros: Si recibes a Cristo por la fe, eres hijo de Dios e hijo de Abraham, y si rechazas a Cristo como Mesías y Señor de todo, demuestras ser hijo del diablo, vas camino a la destrucción, y no puedes ser considerado pueblo de Dios ni oveja de su prado. Esto porque lo decisivo no es ‘tu’ sangre, sino la fe en ‘su’ sangre. Es por esa fe que somos considerados ramas de la vid verdadera, que es Cristo, y sólo estando en esa vid podemos ser llamados pueblo de Dios.

Por otra parte, podemos ver que, en cuanto al Padre, se mantiene la figura del Antiguo Testamento: Él es el labrador, quien planta la vid y la trabaja, cultivándola, podándola y quitando lo que no sirve. Él conoce a la perfección quiénes son las ramas, y sabe si dan fruto o no, y conoce también cómo hacer que aquellas que han dado fruto abunden aún más en ellos. Esto es algo que exploraremos más en los siguientes puntos.

Por último, los pámpanos (o ramas) son quienes manifiestan alguna unión a Cristo, pero esta unión puede ser verdadera o falsa, y esto se va a demostrar atendiendo a si permanecen en Él o no. Quienes permanecen en Él son quienes disfrutan de una unión verdadera con Cristo, y darán fruto por la vida que obtienen de Él, pero quienes no permanecen en Él, no podrán en ningún caso dar fruto, siendo cortados por el Padre y echados al fuego.

    II.        La permanencia en Cristo y el fruto

Sabiendo que Cristo es la vid verdadera, y que por la fe estamos en Él, debemos profundizar en nuestra unión con Él. Al ver una vid, como cuando vemos una planta en general, no consideramos a las ramas como una cosa separada e independiente del tronco, sino que vemos una unidad, y a todo eso que vemos le llamamos por el nombre de la planta, en este caso, la vid. Cuando dice “permaneced en mí, y yo en vosotros” (v. 4) debemos entenderlo de esta forma, tal como el tronco y las ramas, aunque pueden distinguirse, forman una unidad, Cristo está en unión con nosotros sus discípulos, de tal manera que Cristo está en nosotros y nosotros en Cristo.

Hay otras que son aparentemente ramas, pero que no están unidas a Cristo, y el caso más ejemplar es Judas. Tengamos en cuenta que Judas había salido sólo hace unos instantes del salón en el que estaban comiendo la cena pascual. El Señor Jesús, entre otras cosas, está diciendo con esto a sus discípulos: “ustedes permanezcan en mí y yo en ustedes, no sean como Judas, quien no permaneció en mí”.

Y el hecho de que dice “permaneced en mí” es significativo. Implica que ya estamos unidos a Él. Sólo se puede permanecer en algo en lo que uno ya está. Pero ¿Cómo fuimos unidos a la vid en primer lugar? El Señor Jesús enseñó antes en este Evangelio: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:44), “por él [el Padre] estáis vosotros en Cristo Jesús” (1 Co. 1:30), y “¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo” (1 P. 1:3 NVI). Es el Padre quien nos ha “labrado” en la vid, quien nos ha hecho ramas que surgen desde el tronco que es Cristo.

Y es que Cristo es nuestra vida, como hemos visto ya, Él ha dicho “yo soy… la vida” (Jn. 14:6). Al decir aquí “yo soy la vid, y vosotros los pámpanos”, está enseñándonos que “ninguna rama tiene vida en sí misma, sino que es completamente dependiente de la vid a la que está unida para tener vida y para llevar fruto. La rama viva está verdaderamente ‘en’ la vid, y la vida de la vid está verdaderamente ‘en’ la rama” (Donald Carson). “Los creyentes en sí mismos no tienen vida, ni fuerza ni poder espiritual… Incorporados al Señor por fe, y unidos en vínculo misterioso con Él por el Espíritu, se ponen de pie, caminan, perseveran y corren la carrera cristiana. Pero cada pizca de algo bueno en ellos, es tomada de su Cabeza espiritual, Jesucristo” (J.C. Ryle).

Debemos comprenderlo, no hay forma de que tengamos vida si no estamos unidos a la vid, que es Cristo, y si no permanecemos en Él y Él en nosotros. La savia llega a las ramas a través del tronco, y la vida de Dios llega a nosotros en Cristo. Si no estamos unidos a Cristo, contamos con la misma esperanza de tener vida que la que tiene una rama seca tirada en la tierra, separada de la vid. Esa rama no puede retener el verdor de la vida, pronto se secará y no tendrá más vida en ella, y ciertamente no tiene ninguna posibilidad de llevar fruto. Así ocurre también con nosotros y nuestra unión con Cristo, así de vital es permanecer en Él.

Por si no se hubiese entendido, Cristo lo dice con toda claridad: “separados de mí nada podéis hacer” (v. 5). La afirmación no puede ser más categórica. No podemos hacer nada si no estamos en unión con Cristo. Nada. Por supuesto debemos entender bien esta afirmación. Alguien podría decir “pero si yo ni siquiera creo en Dios, y mira todo lo que hago cada día, y todo lo que he logrado”. Se refiere a que no podemos hacer nada realmente bueno, nada que sea verdaderamente agradable ante los ojos de Dios, nada conforme a la verdad ni como debemos hacerlo realmente, nada que perdure en la eternidad, nada digno de genuina honra y alabanza, no podemos rendir ningún fruto bueno y agradable delante de Dios, nada que Él estime y recompense, en resumen, absolutamente nada que sea realmente bueno. Todo lo que alguien ha hecho sin Cristo, no es fruto de la vid verdadera, sino que es fruto de muerte y para muerte, ha sido hecho en idolatría, en rebelión, no ha nacido de Dios y ante su presencia es algo fétido, repulsivo y que Él despreciará.

Entonces, Cristo nos dice “separados de mí nada podéis hacer”. Como contracara de esto, la Escritura nos dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). Esto no se refiere a que en Cristo podemos hacer lo que se nos antoje, que Él será un genio de la lámpara y nos concederá lo que queramos, sino que está diciendo que, si estamos en Cristo, podremos vivir en toda situación para gloria de Dios, que de Él tendremos la vida y el poder para vivir como debemos vivir en cualquier circunstancia, andando por fe y perseverando en obediencia hasta la victoria final.

Ahora, ¿Crees realmente esto? ¿Qué dice tu día a día? Si ves la oración como una carga, como una pérdida de tiempo, como algo que te quisieras saltar (o que de hecho te saltas) para pasar directamente a hacer las cosas que tienes que hacer, que es lo que consideras verdaderamente importante, estás pisoteando esta verdad y realmente no la estás creyendo. Lo que estás diciendo es “en mí está la vida, el poder y la capacidad para hacer todo lo que tengo que hacer, no necesito realmente a Dios para hacerlo”. Es una declaración que proviene del más tenebroso de los orgullos, y quien viva en esta lógica no puede esperar sino muerte, ruina y destrucción.

¿Cómo andar en la voluntad de Dios si no tengo la vida que viene de Cristo, ni soy fortalecido en su poder? ¿Cómo podría ser un esposo fiel que refleje la imagen de Cristo y su carácter, o una esposa piadosa como la iglesia que exhiba las virtudes bíblicas, si no es permaneciendo en Cristo? ¿Cómo educar a nuestros hijos en la fe, si nosotros mismos no vivimos por esa fe y pretendemos enfrentar el día separados de Cristo? ¿Cómo podríamos trabajar para el Señor y no para el ojo humano (Ef. 6:6), si ni siquiera tenemos en cuenta a ese Señor para permanecer en Él y tomar de la vida, el poder y los dones que Él nos da? ¿Cómo servir a nuestros hermanos lavándonos los pies unos a otros según el ejemplo que Cristo nos dejó, si no permanecemos unidos a Cristo, que es el único que puede darnos el poder y la gracia que se necesita para andar en amor?

Es imposible tener verdadera vida sin estar unidos a Cristo y permaneciendo en Él, separados de Él nada podemos hacer, y esto es algo de lo que nos debemos convencer, y de la misma forma, debemos creer con la mayor convicción que todo lo podemos en Él. Sí podemos vivir en obediencia, sí podemos vivir en victoria, sí podemos andar por fe y andar en la luz, sí podemos andar como Él anduvo; y no sólo podemos, sino que debemos, pero sólo es posible en Él, por Él y para Él.

(vv. 9-10) En estos versículos el Señor está explicando lo que significa permanecer en Él, y eso es equivalente a permanecer en su amor. Esto, con la misma lógica expuesta arriba, significa que ya hemos sido amados por Cristo, porque sólo se puede permanecer en algo en lo que uno ya está. Ya estamos en su amor, y debemos quedarnos allí, rodeados, arropados, alumbrados, bendecidos y dichosos en ese amor.

Y esto es sublime, ya que dice “como el Padre me ha amado, así también yo os he amado”. Cristo no nos da un amor de calidad inferior, aunque igual deberíamos estar agradecidos eternamente si así fuera. A pesar de que, debido a nuestro pecado, merecíamos sólo condenación de su mano, Él nos ha amado con el mismo amor con que es amado con el Padre, un amor eterno, perfecto, completo, sin mancha, un amor santo y lleno de bien, el amor más puro y glorioso que existe, ya que es parte de la esencia misma de Dios, de tal manera que Él se describe a sí mismo por este amor: “Dios es amor” (1 Jn. 4:8).

Con ese amor perfecto con que el Padre ama a Cristo, Cristo nos ama, y tal como Él permanece en el amor del Padre por la obediencia a su voluntad, también nosotros permanecemos en el amor de Cristo guardando sus mandamientos. Ya lo dijo Cristo en el cap. 14: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (v. 21).

No podemos esperar permanecer en Cristo y su amor, si nos entregamos al pecado y perseveramos en él. No permanecemos en Cristo y en su amor si nos arriesgamos a desobedecerlo, pensando que después simplemente iremos y le pediremos perdón. El Señor no puede ser burlado por este fraude impío y ridículo, si hemos sembrado para la carne, cosecharemos muerte y corrupción, pero si hemos sembrado en el Espíritu permaneciendo en Cristo, cosecharemos vida eterna.

El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:8-9). Practicar el pecado es todo lo contrario de permanecer en Cristo y en su amor. [Exploraremos más esta verdad en el próximo mensaje].

   III.        Las ramas fructíferas y las estériles

(v. 2-3, 6-8) Recordemos que no se trata sólo de que nosotros permanecemos en Cristo, sino que también Él en nosotros. Si nosotros estamos en Él y Él en nosotros, si la preciosa y gloriosa savia pasa de Cristo-la-vid a nosotros-las-ramas, es imperioso concluir que no podemos seguir igual que antes. No hay tal cosa como vida espiritual en un creyente sin que haya fruto de justicia. No hay tal cosa como permanecer en Cristo sin que eso se traduzca en una vida transformada.

Estas son las marcas distintivas de un hombre que es una rama viva de la vid verdadera… Donde no hay fruto, no hay vida. Quien carece de estas cosas es un muerto en vida. No debemos olvidar que la verdadera gracia nunca está ociosa… Donde no hay fruto del Espíritu visible, no hay religión viva en el corazón. El espíritu de vida en Cristo Jesús siempre se manifestará en la conducta diaria de aquellos en quienes habita” J.C. Ryle.

Quizá al hablar de frutos, has pensado primeramente en acciones, o en actividades. Pero no se trata ante todo de ‘hacer’ algo, sino de ‘ser’ algo: ser sus discípulos. Más que de acciones, hablamos de carácter, de una vida transformada por el poder del Espíritu, un sacrificio vivo, una vida empapada de la Palabra de Dios, que depende del Señor en oración constante, y que se caracteriza por la obediencia y la santidad, y por una madurez creciente. No hay tal cosa como un cristiano que permanentemente no dé frutos. Puede tener etapas de adormecimiento o decadencia espiritual, pero eso no será permanente, lo característico será que rinda frutos de justicia por su unión a la vid, y cada vez en mayor grado.

Y esto precisamente porque se trata de permanecer en su amor. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). Fue Él quien nos amó primero, y ese amor se manifestó en que su Hijo dio su vida por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él, por su llaga fuimos nosotros curados, y el Padre quiso quebrantarlo para que nosotros pudiéramos ser salvos de su ira, la cual merecíamos por nuestros pecados.

Este Evangelio glorioso es el motor de la vida cristiana, es la motivación de toda verdadera obediencia. El Apóstol Pablo dijo: “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Co. 5:14), es decir, el amor de Cristo nos apremia, nos obliga, nos urge, nos mueve poderosamente a la acción. El corazón de Pablo es un mar agitado, él está compungido, compelido por el amor de Cristo, el amor de Cristo lo urge y lo empuja poderosamente a actuar. ¿Dónde están los corazones inflamados por el amor de Dios? ¿Dónde están los cristianos con un corazón que es como un mar agitado, como una marea que nada puede detener, completamente conmovidos por el amor de Cristo? Todos queremos que esta congregación ande en amor, pero ¿Cuántos quieren permanecer en el amor con que Cristo nos ha amado, guardando sus mandamientos?

Ahora, muchos, al ver sus propios pecados y al conocer las demandas de la santidad de Dios, piensan “primero debo limpiarme a mí mismo, y luego podré ir a Cristo y Él me aceptará”, “primero debo andar en obediencia y así podré presentarme delante de Dios sin impedimento”. Eso es como decir “primero debo dar fruto, para así poder estar unido a la vid”. ¡Es ridículo! La única forma de dar fruto, es estando primero unido a la vid y permaneciendo en ella, es estando unidos a Cristo espiritualmente por la fe, y es el permanecer en esa unión lo que hará que naturalmente demos fruto.

Claro, porque ¿Cómo es que da fruto la vid? La rama produce fruto naturalmente, porque la vida de la vid fluye a través de ella por su unión al tronco. El fruto del cristiano no es forzado, no es artificial, sino que surge naturalmente porque Él permanece en Cristo y Cristo en Él, porque el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en Él (Ro. 5:5) y ese amor le hace andar en obediencia y ser un sacrificio vivo que arde por gratitud a su Salvador.

Y el fruto está directamente relacionado con la oración. Este es uno de los mayores estímulos que encontramos en la Escritura para orar llenos de fe en nuestro Señor. Si permanecemos en Él y sus Palabras permanecen en nosotros, podemos pedir todo lo que queremos, y nos será hecho. Sí, porque si esa es nuestra situación, estaremos empapados de la Palabra de Dios, nuestros pensamientos serán conforme a sus pensamientos, nuestros deseos serán aquellos que la Palabra moldea en nosotros, nuestra voluntad será hacer su voluntad, nuestra vida consistirá en rendir todo nuestro ser a sus pies para que Él sea quien viva realmente en nosotros, y como consecuencia de todo esto, lo que vamos a querer pedir en oración, será un eco de la Palabra en nosotros: “Señor, hazme más santo cada día”, “Señor, quiero andar en tu voluntad, ayúdame a obedecerte”, “Señor, ayuda mi incredulidad”, “Señor, guarda a mi familia del mal”, “Señor, no me dejes caer en tentación, líbrame del error”, “Señor, convierte a mi hijo”, “Señor, salva a mis padres”, etc.

Pediremos no para nuestros deleites personales, sino para que la voluntad de Dios sea hecha en el Cielo como en la tierra, para que venga su reino; no veremos a Dios como un genio de la botella, sino como el Señor que debe gobernar y reinar en cada aspecto de nuestra vida: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. 15 Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Jn. 5:14-15).

No hay tal cosa como fruto verdadero sin oración. La oración y la respuesta que el Señor da, es parte de ese fruto, porque inmediatamente después de esta hermosa promesa, dice “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (v. 8). Una vez más, es un poderoso estímulo a la oración, nos está diciendo que el Padre encuentra gloria en responder aquellas peticiones que hacemos llenos de fe en su Palabra, y en hacer de nosotros ramas llenas de frutos. Mientras más te llenes de la Palabra y ella más empape todo tu ser, tus oraciones serán más y más del agrado de Dios, Él las escuchará y responderá personalmente, y te llenará de frutos de justicia, Él hará lo que pides, porque has pedido conforme a su voluntad; y Él se glorifica en todo esto.

Si andas conforme a esta verdad, darás fruto, y el Padre te limpiará para que lleves todavía más fruto. Es un círculo virtuoso; mientras más te empapes de su Palabra y lleves esa misma Palabra a Dios transformada en oración, darás fruto, y mientras más fruto rindas, el Padre como labrador de la vid te limpiará para que produzcas todavía más fruto. Debemos, entonces, procurar ser ramas fecundas, fructíferas, que vayan creciendo en madurez, rindiendo cada vez más fruto.

Pero no te equivoques, tus ojos no deben estar puestos en el fruto, lo que es un error muy frecuente, sino en la vid. Rendirás fruto sólo si te enfocas en creer en Cristo y amarlo porque Él te amó primero. Si tu vista está puesta en rendir fruto por ti mismo, sólo encontrarás frustración, dolor y angustia, porque has invertido el orden que Cristo da en este pasaje, y el enemigo te tentará ofreciéndote frutos de plástico para que cuelgues en tu rama muerta, que son las obras hechas en hipocresía, donde la preocupación está en ‘parecer’ más que en ‘ser’.

El Señor nos poda (limpia) a través de su Palabra, ella hace su obra viva y eficaz en nosotros, transforma nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros deseos y nuestra voluntad, va quitando de nosotros las mentiras, las falsedades, va alumbrando los pecados en nosotros para que nos arrepintamos y nos apartemos de ellos, y todo eso resulta en una vida transformada, en una rama lista para dar más fruto.

¿Estás dispuesto a ser podado para dar más fruto? ¿Eres capaz de dejar eso que debes dejar, ya sea a una persona, un pecado, una situación o un gusto, para dar fruto de justicia delante de Dios? El Padre está trabajando en su vid, si eres una rama unida a Cristo, Él está trabajando en ti, y esa poda que Él hace ciertamente te puede doler, y mucho, pero es para que rindas más fruto. ¿Prefieres evitar el dolor en tu vida a toda costa, y quedarte sin fruto?; ¿o prefieres dar fruto a tu Señor, aunque eso signifique probablemente una poda dolorosa en tu vida? La respuesta a esta pregunta va a evidenciar dónde está tu corazón y para quién estás viviendo, si para ti mismo o para Cristo.

Debes recordar que el trabajo del Padre en la vid no sólo consiste en podar a los discípulos y hacer que den más fruto, sino que también en sacar a los falsos discípulos y echarlos fuera, para que ardan en el fuego. Sí, porque aquellos que aparentemente están unidos a Cristo, pero en realidad no tienen vida ni dan fruto, no podrán ocultarse entre las verdaderas ramas, sino que el Padre se encargará personalmente de quitarlos y arrojarlos a la destrucción eterna.

Hay millares de cristianos profesantes en cada iglesia, cuya unión con Cristo es sólo externa y formal. Algunos de ellos están unidos a Cristo por el bautismo y la membresía de la iglesia. Algunos van incluso más lejos, y hablan regular y abiertamente de religión. Pero todos carecen de lo único que es necesario. A pesar de los cultos, los sermones y los sacramentos, no tienen gracia en sus corazones, no tienen fe, ni hay una obra interna en ellos del Espíritu Santo. No son uno con Cristo, ni Cristo está en ellos. Su unión con Él es sólo de nombre, no es real. Tienen nombre de que viven, pero ante la vista de Dios están muertos” (J.C. Ryle).

El caso más claro es Judas, quien fue un falso discípulo de Cristo por 3 años y logró engañar a todos sus condiscípulos, quienes ni siquiera sospechaban de Él, pero luego fue y entregó a su Maestro por 30 piezas de plata. También tenemos a Demas, quien fue llamado un “colaborador” por el Apóstol Pablo (Flm. 24), pero que luego lo abandonó amando más a este mundo (2 Ti. 4:10). Dice la Escritura: “Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, mas a otros se les descubren después. 25 Asimismo se hacen manifiestas las buenas obras; y las que son de otra manera, no pueden permanecer ocultas” (1 Ti. 5:24-25).

No hay otro destino que el fuego eterno para quienes no están en Cristo. No te contentes con estar ‘junto a’ los discípulos, sino que asegúrate de ser uno de ellos. La salvación no se transmite por osmosis. El hecho de que tus padres sean salvos, no significa que tú lo serás. Si tu cónyuge es un discípulo consagrado, no significa que tú serás salvo por estar en la misma libreta de matrimonio. Si tu amigo ama a Cristo y vive para Él, tu amistad con esa persona no servirá de nada en el día final, si tú mismo no amaste a Cristo ni viviste para Él. Aquél que tiene los ojos como llama de fuego puede mirar entre las ramas de la vid y discernir entre las verdaderas y las falsas.

No juegues con Dios, porque no lo podrás engañar. ¿Estás realmente unido a Cristo? ¿Eres su discípulo? ¿Andas en sus mandamientos en gratitud porque Él te amo y se dio a sí mismo por ti? ¿Estás unido a la vid verdadera? Permanece en Él, y que Él y su Palabra permanezcan en ti, para que glorifiques al Padre rindiendo una abundante y gloriosa cosecha de frutos.

 

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