El Rey prometido ha llegado

El Rey prometido ha llegado

El Rey prometido ha llegado

Domingo 29 de octubre de 2017 

Texto base: Juan 12:12-19.

En la predicación anterior, vimos el conmovedor acto de una mujer llamada María, hermana de Lázaro (el que había sido resucitado por Cristo), quien, rompiendo varias barreras culturales y un frasco de alabastro, derramó un costosísimo perfume sobre Jesús para luego limpiar los pies de él con sus cabellos, causando el escándalo de los discípulos, influenciados por la indignación hipócrita de Judas.

Sorprendentemente, María fue la única que entendió lo que ocurriría con Cristo, algo que ni los discípulos más cercanos ni los líderes religiosos comprendieron. Fue María, una mujer que como tal ni siquiera se podía sentar en la mesa con los hombres según la cultura de la época, la que realmente supo cómo debía actuar y el momento preciso en que debía hacerlo.

Esto nos muestra la importancia de oír atentamente la Palabra de Dios, como ella lo hizo, estando a los pies de Jesús y escogiendo la buena parte. Ella fue quizá la mejor oyente que tuvo Cristo. También nos muestra la importancia de honrar a Cristo con todo lo que somos, con todo lo que tenemos, y con todo lo que esté a nuestro alcance hacer; pues Él es digno de todo y nada menos que eso, sabiendo que nunca podremos decir que lo amamos demasiado, o que ya le hemos pagado su obra en nuestro favor.

Lo anterior, esa gratitud por la salvación recibida, nos debe llevar a vivir vidas que sean como una ofrenda perfumada ante el Señor, lo que contrasta con los corazones muertos que despiden un olor putrefacto, que se caracterizan por la hipocresía y por la mezquindad, y que menosprecian a Cristo.

En esta oportunidad, veremos a Cristo ya entrando a Jerusalén para consumar su ministerio terrenal. A simple vista, su entrada parece la de un rey, o un príncipe muy popular. Pero ¿Qué tenía de especial este Rey? ¿Sería un rey como tantos que han existido? ¿Venía para ser coronado, honrado con regalos y para sentarse en un trono? ¿A qué venía este Rey? ¿Quién era realmente aquel que entraba entre vítores y ramas de palmera?

     I.        La aparición del Mesías-Rey

Aquí comienza una sección a la que los evangelistas dedican gran parte de sus Evangelios: los últimos 7 días de Jesús. El Evangelio de Juan dedica prácticamente la mitad de su contenido sólo a estos 7 días.

Y es que desde este punto se produce un cambio relevante: Jesús hasta ahora había estado desarrollando su ministerio en público, pero con muchos resguardos para no ser reconocido abiertamente como el Mesías. Hay varios pasajes en que Cristo pide expresamente que las personas que fueron bendecidas por Él no dijeran que Él era el Mesías. En el pasaje de la alimentación de los 5 mil, por ejemplo, no quiso que la gente lo levantara como Rey (Jn. 6:15). Pero ahora, Él es abiertamente reconocido como el Rey, el Hijo de David, y aclamado como tal con gritos y demostraciones públicas por parte del pueblo.

Y eso se debe a que Jesús ya comenzaba la última parte de su ministerio, sus días finales, donde se convertiría en el Cordero pascual que sería sacrificado para el perdón de los pecados del mundo. Ahora era el tiempo correcto y propicio para que fuera reconocido ampliamente como el Mesías, y aclamado como el Rey que había de venir.

Se calcula que, para la Pascua, la población de Jerusalén podía llegar a triplicar, alcanzando los 2 millones de personas. Incluso el historiador judío Flavio Josefo, habla de una pascua en aquella época en que hubo cerca de 3 millones de personas, sin contar a los extranjeros. Por tanto, era el momento justo para darse a conocer ya manifiestamente como el Mesías y Rey que había de venir.

Este evento conocido como “La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén” es registrado en los 4 Evangelios. Como suele ocurrir, los registros son distintos, pero se complementan entre sí. Mientras Mateo, Marcos y Lucas relatan el hecho acompañando a Jesús desde Betania (donde cenó con Lázaro y sus hermanas); el Evangelio de Juan narra el episodio desde la multitud que lo esperaba en Jerusalén y que sale a su encuentro. Siguiendo a William Hendriksen, podemos resumir lo que ocurre en la Entrada Triunfal de esta forma:

  • Acercándose a la ciudad desde Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos a un pequeño pueblo a las afueras de Jerusalén para conseguirse un asno para entrar a la ciudad. Allí encontraron un asna y su pollino, tal como Jesús se los había anunciado, y sus dueños accedieron a facilitarlo cuando les dijeron “el Señor los necesita”, ya que lo más probable es que también eran discípulos de Jesús.
  • Los discípulos colocaron sus mantos sobre los animales y Jesús se subió en el pollino, encaminándose a Jerusalén mientras se fue reuniendo una multitud que lo acompañaba desde Betania, y que extendía sus mantos en el camino, a la vez que otros cortaron ramas de palma y las arrojaban frente a Él.
  • Los peregrinos que ya habían llegado a Jerusalén y que se enteraron que Jesús había resucitado a Lázaro y que venía en camino, también cortaron ramas de palma y salieron a su encuentro, dándole la bienvenida.
  • Las dos multitudes se encontraron y el entusiasmo aumentó. Entre ellos estaban: los 12, la multitud que venía de Betania, muchos de ellos testigos de la resurrección de Lázaro, un grupo de peregrinos de Galilea y algunos fariseos hostiles. La muchedumbre ya reunida comienza a gritar “¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!”.
  • Los fariseos, llenos de envidia y furia, exigieron a Jesús que calmara a la gente, pero Jesús respondió que, si ellos callaran, las piedras gritarían (Lc. 19:39-40).
  • Jesús, al entrar a Jerusalén y ver la ciudad, sabiendo que el entusiasmo de la multitud era pasajero y basado en la ignorancia y la confusión, conociendo además que en realidad lo rechazarían y lo matarían; lloró y profetizó la destrucción de Jerusalén.
  • Cuando la multitud en Jerusalén lo vio entrar rodeado de la multitud exaltada en entusiasmo, preguntan “¿Quién es este?”, y la multitud entrante respondió “Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea” (Mt. 21:14).
  • Jesús entró al templo, y realizó sanidades a ciegos y paralíticos, lo que motivó a niños y jovencitos a gritar “Hosanna al Hijo de David”. Esto hizo que los fariseos se escandalizaran y reprendieran a Jesús, pero Él respondió: “¿no han leído nunca: “En los labios de los pequeños y de los niños de pecho has puesto la perfecta alabanza?” (Mt. 21:15-16).
  • Los fariseos, llenos de envidia y furia, ya frustrados, se dijeron entre sí: “¿Ven que ustedes no consiguen nada? Miren, todo el mundo se ha ido tras El” (Jn. 12:19).

Como ya hemos visto, ningún episodio del ministerio de Cristo lo tomó desprevenido. Esto no ocurrió como algo espontáneo, una genialidad que Cristo pensó en el momento. Nuestro Señor Jesús tuvo pleno dominio de todo lo que ocurría en ese momento. Él ya había instruido a sus discípulos sobre cómo debían preparar su entrada a la ciudad, Él sabía toda la algarabía que se iba a producir con su aparición, y también dispuso todo lo que iba a ocurrir después, cuando celebrara la pascua con sus discípulos en el aposento alto. A pesar de que no había entrado a la ciudad, sabía dónde ellos podían encontrar un asna junto a su pollino, y también determinó que los dueños de los animales los cedieran para que Jesús pudiera usarlos. Hasta ese detalle estaba bajo el control de Cristo. Podemos imaginarlo allí, entrando a la ciudad, mientras mantenía el control de todas las cosas que iban sucediendo, cada rama de palma que se dejaba en el piso, cada grito que salía de la multitud, cada paso del asna que lo llevaba, estaba siendo dirigido por este Rey que hacía su aparición ante su pueblo.

Y esto, a su vez, obedece al cumplimiento de una profecía dada mucho tiempo antes:

¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! Mira, tu rey viene hacia ti, justo, salvador y humilde. Viene montado en un asno, en un pollino, cría de asna. 10 Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén. Quebrará el arco de combate y proclamará paz a las naciones. Su dominio se extenderá de mar a mar, ¡desde el río Éufrates hasta los confines de la tierra!

En cuanto a ti, por la sangre de mi pacto contigo libraré de la cisterna seca a tus cautivos” Zac. 9:9-10.

Jesucristo, al identificarse ya abiertamente con esta profecía, está indicando con claridad que Él es el Mesías, el Rey prometido que había de venir, el Salvador y libertador de su pueblo. Con esto también dio a conocer que Él es el cumplimiento de una promesa hecha hace largo tiempo por boca del profeta Natán a David, cuando el Señor hizo su pacto con él:

El Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa. 12 Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. 13 El edificará casa a Mi nombre, y Yo estableceré el trono de su reino para siempre. 14 Yo seré padre para él y él será hijo para Mí… 16 Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de Mí; tu trono será establecido para siempre” (2 Sam. 7:11-14, 16).

Lo natural era esperar que esta promesa se cumpliera en Salomón, y ciertamente fue un rey muy destacado y lleno de sabiduría, pero también lleno de pecados y abominaciones. Llegó el día de su muerte y su reinado terminó, por lo que no puede decirse que su reino fue establecido para siempre. Vendrían muchos descendientes de David en el trono de Judá, y muchos de ellos fueron reyes indignos y perversos. Aún los más piadosos entre ellos tenían pecados y defectos serios, y no podían establecer su reino de forma completa y permanente. ¿Quién sería ese Hijo de David que reinaría para siempre?

La época de esplendor de los reinados de David y Salomón pronto pasó, todas las riquezas y los territorios conquistados se fueron perdiendo. El pueblo caía en decadencia espiritual y era dominado y afligido por naciones extranjeras, quienes causaban grandes estragos, multitudes de muertos y tremendas pérdidas materiales a Judá. ¿Cuándo llegaría el Hijo de David que trajera la prosperidad y la paz tan esperada?

Al pasar el tiempo las cosas se pusieron todavía peor. Llegó la invasión de los babilonios y el exilio a la tierra de esos terribles paganos. Allí pasaron 70 años, y el Señor los entregó a tremendas aflicciones por causa de su rebelión. Pasado ese tiempo, se les permitió volver a Jerusalén y reedificar la ciudad y el templo, parecía que ahora sí llegaría ese tiempo tan esperado del reinado de Dios en el Hijo de David. Había gran expectación, pero el pueblo a poco andar cayó en los mismos pecados que indignaron al Señor y que motivaron su exilio a Babilonia. ¿Cuándo llegaría el Rey que los libraría de todo esto?

El llamado pueblo de Dios, pese a las exhortaciones de los profetas Zacarías, Hageo y Malaquías, persistió en su pecado, y luego de unos siglos cayó bajo el terrible dominio de los griegos. Uno de sus generales, Antíoco Epífanes, llegó a sacrificar un cerdo -animal inmundo según la ley de Moisés- en el templo de Jerusalén. ¿Hasta cuándo estarían bajo la opresión? ¿Cuándo llegaría el esperado Hijo de David que les diera una victoria aplastante y definitiva sobre sus enemigos?

Los judíos fueron libres del dominio de los griegos, liderados por la familia de los Macabeos. Parecía que ahora podrían respirar en libertad y Dios podría reinar sobre ellos con su Mesías, pero llegarían los romanos, quienes eran más brutales y sanguinarios que los pueblos anteriores, y eran quienes los dominaban en el tiempo en que Cristo desarrolló su ministerio terrenal. Estaban sometidos a sus impuestos abusivos, a las barbaridades cometidas por sus militares, a su gobierno opresor y a todo eso debía sumarse el tener que aguantar que unos paganos inmundos e incircuncisos los tuvieran bajo su poder. ¿Hasta cuándo el Señor los haría esperar? ¿Será que había olvidado su promesa? ¿Vendría en algún momento el Hijo de David?

Con todo este contexto histórico como telón de fondo, con todas las emociones revueltas, el sentimiento de injusticia, el clamor por liberación y por salvación por parte del pueblo, en fin, en medio de toda esta olla hirviendo de hechos, de emociones y de expectativas, es que Jesús aparece montado en un pollino de asno, con mirada serena y llena de convicción, y se presenta ya públicamente como el Mesías-Rey, el esperado, el que había de venir. ¡Al parecer la espera había terminado! ¿Sería este el anhelado Hijo de David? ¿Sería este nazareno el libertador y redentor que les daría victoria plena sobre sus enemigos? Si pudo levantar a uno de entre los muertos, ¿Por qué no pensar que los podría liberar del dominio de los inmundos romanos?

    II.        La recepción del pueblo y los líderes religiosos

Todo este trasfondo nos permite entender por qué el pueblo reaccionó de esta forma. Desde tiempos de Elías y Eliseo no se escuchaba que un profeta hiciera volver a alguien de entre los muertos. Desde Moisés no se escuchaba de una alimentación sobrenatural a multitudes del pueblo de Dios. ¿Cuándo se había oído de alguien que diera vista a los ciegos, que hiciera oír a los sordos, andar a los paralíticos y que pudiera limpiar a los leprosos y sanar a los enfermos con la sola Palabra de su boca? Este que además enseñaba con una autoridad única, era claramente un enviado de Dios, ¡Debía ser el Mesías!

Una gran porción del pueblo, entonces, lo recibió con gritos de alegría, con ramas de palma y entonando salmos en su honor. Los que habían presenciado la resurrección de Lázaro daban su testimonio, que era como combustible que daba mayor fuerza a esta fogosa recepción.

En cuanto a las ramas de palmas, hace algunos siglos se habían transformado en un símbolo de celebración nacional, e incluso en un emblema nacionalista. Cuando en el año 141 a.C. Simón Macabeo, un libertador judío, expulsó a las fuerzas sirias de Jerusalén, fue celebrado con música mientras la gente agitaba ramas de palmas (1 Mac. 13:51). También fueron importantes en la rededicación del templo, luego de la invasión de los griegos: “llevando limones adornados con hojas, ramas frescas de árboles y hojas de palmera, cantaban himnos a Dios, que había llevado a buen término la purificación del santuario” (2 Mac. 10:7). Las hojas de palma también aparecían en las monedas que los judíos rebeldes acuñaron en el período de las guerras contra Roma.

Es decir, las ramas de palma se habían vuelto sinónimo de celebración entre los judíos, y también un símbolo de liberación nacional (o nacionalista) respecto de un poder extranjero opresor. Por lo mismo, es significativo que hayan levantado estas ramas cuando entró Cristo, porque esto indicaba que el pueblo lo estaba viendo como un libertador, alguien que podía rescatarlos de la opresión romana.

También exclamaban: ¡Hosanna!, que es la transliteración de una palabra hebrea, que significa “salva ahora”, o “concede salvación” y luego vino a significar una expresión de alabanza o de aclamación. La encontramos, por ejemplo, en el Salmo 118:25: “Te rogamos, oh Señor: sálvanos ahora; te rogamos, oh Señor: prospéranos ahora”. El Salmo 118 formaba parte del Hallel, que era el grupo de salmos que va desde el 113 al 118, y que se cantaban como himnos en la pascua y otras fiestas religiosas judías.

La frase que viene, “Bendito el que viene en el nombre del Señor”, también es del Salmo 118 (v. 26), y se relacionaba con el Mesías, es decir, con el Rey que había de venir y que debía ser descendiente del rey David.

Es decir, los judíos que habían venido de diversos lugares a celebrar la pascua, estaban entonando en honor a Jesús uno de los salmos que se cantaban regularmente en esa fiesta religiosa y en otras. Era un salmo que se reconocía como referente al Mesías, y la multitud agregó una frase que no está en el salmo originalmente. La frase completa que ellos dijeron fue: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (v. 13).

Entonces, ellos agregaron esa aclamación de Jesús como Rey de Israel, lo que era muy significativo, ya que estaban en la pascua, una fiesta que recordaba su liberación de la esclavitud en Egipto, y que exaltaba sus sentimientos nacionalistas y su deseo de ser libres de la opresión romana. Era un momento en el que se congregaban multitudes en Jerusalén con este sentimiento nacionalista en común, los ánimos estaban muy agitados, y proclamar a Jesús como rey era también un problema directo para Herodes, quien gobernaba en ese momento, y para Pilato, quien representaba el gobierno del César romano en esa región. Basta leer el Antiguo Testamento y ver lo que significaba aclamar a alguien como rey cuando ya había un rey gobernando en ese momento. Eso era una guerra segura.

La algarabía de la multitud fue tal, que los líderes religiosos en repetidas ocasiones se dirigieron a Jesús para que hiciera callar a la multitud. Podemos sentir su frustración, el registro de los evangelios deja entrever su desesperación al ver que la multitud aclamaba a Jesús como rey, todos sus peores miedos se hacían realidad, sus pesadillas se estaban concretando: Jesús, la amenaza que ellos querían eliminar, se había transformado en el favorito de la muchedumbre. Ellos temían al pueblo, sabían que no podían provocarlo a ira ya que se podía volver en su contra. Ahora veían cómo su poder se desvanecía entre sus dedos, sus privilegios, sus primeros asientos, sus beneficios y exclusividades se veían en serio riesgo de desaparecer.

Sólo pensemos: Jesús los había criticado duramente, los había avergonzado en público, había expuesto sus pecados y sus contradicciones mientras enseñaba con una autoridad única reconocida por la gente. Jesús, su mayor crítico, ahora era vitoreado por la gente. Eso significaba que ellos eran los grandes perdedores, los malos de la película. Y ellos, en su desesperación, al ver que no podían controlar a la gente, al apreciar que no podían someterla a sus engaños y su violencia, ¿A quién se dirigen? ¡Al mismo Jesús! Van a Él desesperados, tan angustiados estaban, que intentan pedir ayuda a Jesús, a quien ellos mismos querían matar, para que por favor callara a la gente. Están haciendo el ridículo, están quedando en una vergüenza gigante.

Es así como se le acercan y le dicen: “Maestro, reprende a Tus discípulos.” 40 Pero El respondió: “Les digo que si éstos se callan, las piedras clamarán” (Lc. 19:39-40). No importa lo que hicieran. Ese momento debía ocurrir, estaba dispuesto desde la eternidad. Jesús debía ser recibido de esa manera por la gente, y tanto era así que el Señor podía levantar adoradores de las mismas piedras. Si no hubiese habido multitud que lo aclamara, las mismas rocas se habrían levantado y habrían gritado “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!”. Los fariseos no se daban cuenta de que estaban queriendo detener el cumplimiento del inquebrantable decreto de Dios. Es mucho más posible que una hormiga pueda detener la pisada de un elefante, a que el hombre pueda frenar el decreto de Dios.

Los líderes religiosos no estaban interesados realmente en saber si Cristo era o no el Mesías. El verdadero Mesías podía estar ante sus narices, pero a ellos no les importaba. Lo que les quitaba el sueño era mantener su miserable cuota de poder, y para eso estaban dispuestos a todo. Por lo mismo, los gritos de la multitud no los convencían. Finalmente, su frustración llegó al punto máximo cuando concluyeron entre sí: “¿Ven que ustedes no consiguen nada? Miren, todo el mundo se ha ido tras El”.

   III.        La trágica incomprensión

Llegamos al punto en que Jesús estaba rodeado de una multitud entusiasta que lo aclamaba como rey, pero que no entendía nada de su verdadero propósito al entrar en Jerusalén. Sus mismos discípulos, como vemos en el v. 16, no tenían idea del real sentido de lo que estaba ocurriendo. Además, los líderes religiosos estaban llenos de envidia y furia, y lo único que querían era matarlo. Todo ese momento se transformó en una celebración superficial, una simple cáscara seca y quebradiza, absolutamente hueca por dentro. En palabras de John MacArthur, se trataría de la falsa coronación del verdadero Rey.

La relación de este episodio con la profecía de Zacarías, y el hecho de que Jesús haya montado un asna y no un caballo de guerra como lo haría un general militar, debían echar por tierra las expectativas de que Jesús actuara como un rey militar, un comandante en jefe de ejércitos terrenales. Este no era un general que entraría por la espada, ni era uno más de los comandantes de este mundo, ya que Él mismo lo aclaró en su diálogo con Pilato, cuando le dijo: “mi reino no es de este mundo” (Jn. 18:36).

En palabras del mismo profeta Zacarías: “No por el poder ni por la fuerza, sino por Mi Espíritu,’ dice el Señor de los ejércitos” (Zac. 4:6). El reino de Cristo se establecería de una manera completamente distinta a la de los reinos terrenales. La venida de su reino está asociada con la paz, con el cese de la guerra. Y esta paz no es como el mundo la da, sino aquella que viene de Dios. Él entró a Jerusalén, entonces, como el Príncipe de Paz. Además, está asociada con la proclamación de esa paz a los gentiles, es decir, a los que no son judíos. Este no es un rey simplemente nacional, sino que viene a traer paz a gente de toda tribu, pueblo, lengua y nación, cubriendo todos los términos de la tierra (Zac. 9:10, Sal. 72:8). La venida de este Rey amoroso está relacionada con la sangre del pacto que esparce redención sobre los prisioneros.

Jesús viene a cumplir las profecías sobre el Mesías-Rey de Israel. Pero no sería un Rey más. No sería simplemente uno más de los jueces, o uno más de los profetas. No, Él venía a hacer una obra única: consumar el sacrificio perfecto que salvaría a su pueblo de sus pecados. Vino para ser coronado como Rey. La gente pensó que sería una corona como la de los reyes o emperadores, pero sería una corona de espinas. No ocuparía un trono en un palacio, sino que sería levantado en una cruz.

Sería un Rey, pero a la vez un Cordero. La multitud agolpada allí no imaginaba que aquel a quien ellos aclamaban como el Hijo de David, lo era en realidad, pero en un sentido muy distinto al que ellos imaginaban. Iba a hacer algo mucho mayor que librarlos del dominio romano: a propósito de la celebración de la pascua, este rey se iba a entregar como el Cordero pascual, en un sacrificio perfecto y completo que podía quitar para siempre la mancha de su pecado delante de Dios, es decir, que podía hacerlos libres de la condenación eterna que ellos merecían justamente por sus pecados.

Esta multitud entusiasta, terminaría finalmente rechazando al que aclamaban como Hijo de David. Pasaron de gritar “Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel”, a gritar “crucifícale” en solo unos días. Por eso nuestro Señor lloró sobre la ciudad. Históricamente, los judíos habían rechazado a los profetas que Dios les había enviado vez tras vez para confrontarlos con sus pecados. Los habían perseguido y matado. Ahora harían lo mismo, pero con el profeta entre profetas, el Rey de reyes y Señor de señores, el Hijo unigénito de Dios colmando así la medida de sus pecados. Eso les significó recibir juicio del Señor: Jerusalén fue destruida por los romanos, y el reino de Dios les fue quitado, y entregado a quienes produjeran frutos de él. Trágicamente, la antigua Jerusalén no supo distinguir el día en que fue visitada por el mismo Dios hecho hombre.

Ten sumo cuidado de estar aclamando a un Jesús que sólo existe en tu imaginación, a un Jesús que has moldeado según tus intereses, o según tu cultura, pero que no es el verdadero Jesús. Por más sincero que seas en tu adoración, por más entusiasmado que estés, aunque le pongas el nombre “Jesús” a tu Dios, si no es el Jesús verdadero, vas camino a la destrucción. Tener un concepto falso de Jesús, equivale a rechazar al verdadero Jesús, y el precio por rechazar a Jesús es la muerte:

El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” 1 Jn. 5:12

El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” Jn. 3:36.

¿Tienes al verdadero Jesús? ¿Has venido a su Palabra para someterte a ella y ser enseñado por Dios? Debes creer en Jesús como Él mismo se presenta, y no como tú crees que debería ser. Cuidado de tener un concepto falso de Jesús, que te haga cantar el domingo que Jesús es el rey, mientras en la semana cantas “pero sigo siendo el rey” (Sugel Michelén).

Este pasaje nos enseña sobre el peligro de la devoción pasajera y emocional. Esta multitud nos muestra que se puede adorar en un momento con un fuerte compromiso emocional, pero sin un corazón transformado, y sin conocimiento de la verdad. Ciertamente la conmovedora verdad del Evangelio impactará nuestro ser, incluyendo nuestras emociones. La Palabra de Dios, que es viva y eficaz, tendrá un efecto en todo lo que somos, pero el sólo hecho de expresar entusiasmo y emociones vivas no indica nada. ¿Cuánta gente ha levantado sus manos, ha llorado con lágrimas, pero con un corazón muerto y en tinieblas? ¿Cuántos aún desde el púlpito lloran lágrimas de cocodrilo mientras sus corazones están fríos delante de Dios?

Asegúrate, entonces, de conocer al verdadero Cristo, como Él se presentó a sí mismo. Asegúrate de aclamarlo y recibirlo como Rey, pero según sus términos, no como el mundo lo haría.

Recuerda que esta entrada triunfal que vimos hoy es un pálido anuncio de la verdadera y definitiva entrada triunfal, cuando venga con sus santos ángeles a establecer su reino. Ahora entró en un burrito, para traer salvación y paz a los que lo reciban como rey, a gente de toda tribu, pueblo, lengua y nación. Pero en aquella entrada triunfal vendrá en un caballo blanco, a juzgar a los vivos y a los muertos, y a establecer su reino sobre todo, aplastando a sus enemigos bajo sus pies como se aplastan las uvas en el lagar:

Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. Su jinete se llama Fiel y Verdadero. Con justicia dicta sentencia y hace la guerra. 12 Sus ojos resplandecen como llamas de fuego, y muchas diademas ciñen su cabeza. Lleva escrito un nombre que nadie conoce sino solo él. 13 Está vestido de un manto teñido en sangre, y su nombre es «el Verbo de Dios». 14 Lo siguen los ejércitos del cielo, montados en caballos blancos y vestidos de lino fino, blanco y limpio. 15 De su boca sale una espada afilada, con la que herirá a las naciones. «Las gobernará con puño de hierro». Él mismo exprime uvas en el lagar del furor del castigo que viene de Dios Todopoderoso. 16 En su manto y sobre el muslo lleva escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” Ap. 19:11-16.

¿Estás preparado para esa entrada triunfal? Que en ese día esperes a Cristo con ramas de palma en la mano, y para eso hoy debes decir de corazón y con verdadero entendimiento: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel”.

 

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