Santifícalos en Tu Verdad – Ps. Álex Figueroa

Santifícalos en Tu Verdad – Ps. Álex Figueroa

Santifícalos en tu verdad

Texto base: Juan 17:14-19.

En las predicaciones anteriores, nos hemos adentrado en la oración perfecta de Jesús al Padre, donde ya vimos la súplica que hace por su propia gloria, y ahora abordamos su oración por sus discípulos.

En el mensaje anterior, vimos que el Padre dio un pueblo al Hijo en la eternidad, para que Él los salve y los guarde hasta el día final. En cumplimiento de esta tarea, Cristo preservó a sus discípulos, quienes viven en el mundo pero sin ser del mundo; y ahora ruega por ellos para que el Padre guarde sus almas, lo que se cumplió con la venida del Espíritu Santo.

En cuanto al pasaje de hoy, uno de los asuntos que más discusiones ha generado entre los cristianos, es la forma en que debemos vivir en medio de un mundo que está en rebelión hacia el Señor. Algunos pretenden ser más estrictos que la Escritura, insistiendo en una separación extrema con el mundo, cayendo en legalismo y en prácticas que llegan a ser sectarias. Otros, pretenden ser más amorosos que Dios y abusan de la libertad que Él nos ha dado, por lo que viven como mundanos y sin temor de Dios.

¿Qué debemos hacer entonces? No podemos caer en el engaño de que basta con encontrar un punto medio entre legalistas y mundanos, porque ambas cosas surgen de apartar los ojos de la Escritura, y no se trata de encontrar un equilibrio entre dos cosas que están mal. La Escritura nos plantea un camino totalmente distinto, por eso es fundamental que respondamos a las preguntas que nos plantea este pasaje: ¿Cuál es la identidad de los discípulos?, ¿Cómo santifica el Señor a sus discípulos?, y ¿Cómo deben relacionarse los discípulos con el mundo?

     I.        ¿Cuál es la identidad de los discípulos? (vv. 14,16)

  1. Qué es el mundo. Una vez más, vemos que Cristo hace una clara distinción entre quienes son suyos y quienes son del mundo. Pero ¿A qué se refiere con “el mundo”? Podemos llegar a confundirnos fácilmente, ya que el Apóstol Juan usa esa palabra de distintas maneras: Por ej., en Jn. 3:16 se refiere a la humanidad en un sentido general, mientras que en este pasaje se refiere a esa parte de la humanidad que se encuentra en rebelión hacia su voluntad, sin someterse a su señorío.

Desde que el pecado entró al mundo por Adán, todos los seres humanos nacemos en pecado, corrompidos en todo nuestro ser, desde el núcleo mismo de lo que somos, de tal manera que el salmista dijo: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5); y luego del diluvio, Dios dijo: “… el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21).

Nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras emociones, nuestra voluntad, nuestras acciones; nuestras palabras, e incluso aquello que no hacemos; todo está infectado mortalmente por el pecado, todo está corrompido de tal manera que aun nuestras “buenas” acciones están plagadas de egoísmo y vanagloria, tanto que la Escritura declara “Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia” (Is. 64:6 NVI).

El mundo, entonces, está compuesto de todos quienes no son discípulos de Cristo, pero además es todo el sistema de maldad que resulta de la vida de ellos en rebelión a la Palabra. Entonces, pertenecen también al mundo las formas de pensar, las cosmovisiones, los hábitos y formas de vivir, las filosofías y las ideologías que están detrás de películas, canciones, obras de arte, pero también de la política, de los gobiernos, las visiones económicas y las instituciones; y también las metas y proyectos de vida que se fija la gente sin Cristo y aparte de la Escritura.

No en vano Jesús habla de satanás llamándolo en diversas ocasiones el príncipe de este mundo (Jn. 12:31; 14:30; 16:11), y es porque su lógica perversa domina sobre quienes aún se encuentran bajo la condenación del pecado, al rechazar la luz y la verdad que se revelan en Cristo: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19).

Pero debemos tener claro algo muy importante: nosotros también pertenecíamos a esa multitud sumida en la maldad:

En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!” (Ef. 2:1-5 NVI).

  1. Somos de Cristo (vv. 9-10). Ese último “pero” de Ef. 2:4, es una pequeña palabra, pero que marca uno de los contrastes más gloriosos, ese que existe entre estar perdido en el mundo y ser salvo por la gracia de Dios, el contraste entre la muerte y la vida eterna.

¿Y cómo hemos sido librados de esa trágica realidad de estar perdidos y muertos en el mundo? ¿Quién nos rescató de ese estado que era irremediable, imposible de superar para nosotros? “Pero Dios…”, dice. Fue Él quien nos salvó, fue Él quien nos rescató, fue Él quien, a pesar de ser el ofendido por nuestra desobediencia, se compadeció de nuestra miserable condición, y dio a su único Hijo para que pagara el precio de nuestra rebelión, y nos diera la vida.

Esto es consecuente con lo que dijo el Señor Jesús con anterioridad: “… ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo…” (Jn. 15:19), y el Señor ya ha afirmado una propiedad absoluta sobre quienes somos sus discípulos: somos suyos (vv. 9-10), y nos dio su Palabra para que por ella lo conozcamos, seamos transformados y sepamos cuál es su voluntad.

Esto debe impactarnos y abrir nuestros ojos. Aquí está nuestra identidad. No somos del mundo, no estamos en tinieblas, no debemos vivir en la mentira ni en desobediencia, sino que somos del Señor, le conocemos y tenemos vida eterna y esa es una verdad que lo transforma todo hasta lo más profundo. Lo dicho hasta aquí se resume en lo que afirma la Escritura: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” 1 Jn. 5:19.

    II.        ¿Cómo santifica el Señor a sus discípulos? (vv. 14a,17,19)

  1. Qué es ser santo. El hecho de pertenecer al Señor como su pueblo, se traduce sí o sí en ser santos. En la Escritura, decir ‘santo’ es otra forma de decir ‘discípulo de Cristo’, o ‘creyente en Jesús’. De hecho, es una forma en que el Apóstol Pablo saluda a los cristianos en sus cartas, por ej: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso” (Ef. 1:1).

¿Pero qué significa ser santo? Desde el Antiguo Testamento, queda claro que es una característica de Dios: Él es perfectamente Santo, lo que implica que está más allá de todas las cosas, exaltado, separado en el sentido de que no hay nadie como Él, pero también da la idea de que se encuentra apartado de todo mal, y lleno del resplandor de una eterna justicia y bondad. La consecuencia de que Dios es Santo, es que su pueblo debe reflejar su carácter, siendo santo también:

Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” Lv. 19:2 NVI.

Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa” Éx. 19:6 NBLH.

Pero nos encontramos ante un problema: ¿Cómo podríamos acercarnos a un Dios perfectamente santo, siendo por completo pecadores? Desde temprano en la Escritura queda claro que un pecador no podía ser expuesto a la presencia de Dios, y seguir viviendo. Por eso Manoa, el padre de Sansón (Jue. 13:22); y Gedeón (Jue. 6:22), tuvieron un espanto de muerte al saber que Dios los había visitado; e Isaías, luego de ver una muestra de la gloria de Dios, exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Is. 6:5), porque había estado ante la presencia de Dios siendo un pecador.

Por eso, en la ley de Moisés vemos un complejísimo sistema de sacrificios y rituales de purificación, que debían ser cumplidos al pie de la letra sin faltar detalle, para que ese pueblo pudiera estar preparado y apto para que la presencia de Dios se manifestara en medio de ellos.

Y es que el Señor escoge glorificarse, santificando un pueblo de entre un mundo bajo corrupción. Y cuando el Señor declara que algo es santo para Él (por ej. el día de reposo, la comida y los utensilios sagrados, el lugar santo y santísimo, los sacerdotes), está diciendo que esas cosas o personas están apartadas de su uso común, y están consagradas especialmente para su servicio y adoración. Por eso, cuando habla del pueblo de Dios, el Señor dice: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6).

  1. ¿Pero cómo es posible que pecadores puedan ser hechos santos ante Dios? Para que nosotros pudiéramos ser santos, antes Cristo tenía que santificarse a sí mismo ( 19), es decir, consagrarse a sí mismo de una manera especial, como ofrenda por el pecado de su pueblo, un sacrificio para expiar sus culpas y satisfacer la justicia de Dios. Y se consagra en dos sentidos: como Gran Sumo Sacerdote, y como quien será sacrificado.

Cristo, “mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (He. 9:14). El resultado es glorioso: “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre… porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:10,14). Este sacrificio del Hijo de Dios en nuestro lugar fue el que hizo posible que pecadores corrompidos hasta la médula, pudiesen ser santos delante de Dios, reflejando su carácter.

Y quien nos aplica esa obra de salvación personalmente, es el Espíritu Santo, tanto que sin esa obra no podríamos disfrutar de los beneficios que Cristo compró para nosotros. Por eso dice la Escritura que fuimos elegidos “… en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:2). Y ese Espíritu es el que nos guía a toda verdad y nos recuerda las verdades eternas que Cristo habló (Jn. 16:13).

Esto debe hacernos reflexionar sobre el poder contaminante y destructor del pecado. Tanta es su corrupción y su maldad, que la única forma de redimirnos era con la preciosa sangre del Unigénito Hijo de Dios muriendo en nuestro lugar, y por la obra del mismo Espíritu que se movía sobre la faz de las aguas en la creación. Todo esto a raíz de un solo pecado. Pero también debe hacernos reflexionar sobre el inmenso amor de Dios y las riquezas de su gracia, que siendo esta la miseria y la culpa del pecado, no haya querido dejarnos en nuestra condición de muerte irremediable, sino que haya querido rescatarnos de ella, siendo Él el ofendido, entregando a su propio Hijo en nuestro lugar. ¡Gloria a Dios!

  1. ¿Y cómo es que Dios nos hace santos para Él?Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (v. 17). La Palabra, entonces, es esencial para toda la vida cristiana: la Escritura también dice que la forma en que nace la verdadera fe, es por oír la Palabra (Ro. 10:17). Ella es la que nos limpia (Jn. 15:3), y actúa en nosotros los creyentes (1 Tes. 2:13). El Señor hizo los cielos y la tierra por medio de su Palabra, y es esa misma Palabra, y exclusivamente ella, el medio por el cual podemos ser santificados.

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir (juzgar) los pensamientos y las intenciones del corazón” (He. 4:12 NBLH).

No insistas. No te podrás limpiar con reglas humanas. No te podrás santificar simplemente con una lista de “esto harás” y otra de “esto no harás”, ni por el activismo religioso, ni por seguir algún ritual o lavamiento externo, ni meramente por abstenerte de ciertas cosas, menos aun si la Biblia no las prohíbe. Todos estos medios humanos tienen el mismo resultado: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jer. 2:22). Sólo verdad puede santificarnos y hacernos hace libres de la esclavitud del pecado (Jn. 8:32).

Tu carne hará que inventes varias excusas para no exponerte a la Palabra: que no la entiendes, que son los pastores quienes deben conocerla y para ti basta saber lo básico; que no tienes tiempo para leer, que no tienes la suficiente formación y preparación, que la letra es muy chica, que la Biblia es muy grande y es incómoda, que tus hijos no te dejan tiempo ni energía, que tu esposo o esposa debe ser atendido, que debes ver una película o el capítulo pendiente de una serie, que están bien los que leen pero tú prefieres una relación más espontánea con el Señor, no algo tan complicado y tan cuadrado, y un largo etc.

Si hay un tiempo en el que no hay excusa para conocer la Palabra, es este. En esta época la inmensa mayoría de la gente sabe leer. Tienes la Biblia a disposición en tu idioma, a bajo costo y en varias traducciones, y puedes acceder a ella en distintos sitios de internet e incluso en tu teléfono celular. Si no puedes leer, dispones de muchas Biblias en audio. Tienes los más variados recursos en libros, pdf, artículos de internet, audios y vídeos; incluso conferencias, en fin, cientos de miles de enseñanzas y herramientas para entender bien lo que lees. Nunca en la historia de la iglesia los creyentes tuvieron tantos recursos a disposición. Sin embargo, tenemos una generación de creyentes mediocres, superficiales, flojos, mundanos y adictos a la comodidad. ¿Cómo podremos excusarnos ante el Dios Santo?

¿Y sabes qué están haciendo en realidad quienes se excusan así? Están diciendo que Dios es mentiroso, que no es cierto que su Espíritu nos guía a toda verdad. Están despreciando la obra del Espíritu que nos enseña personalmente, y se trata del mismo Espíritu que inspiró esa Palabra. En otros términos, están resistiendo al Espíritu, y no se puede hacer tal cosa sin sufrir grande ruina.

¿Quieres ser santo para Dios? ¿Quieres que toda tu vida esté consagrada a Él? ¿Quieres que Él sea quien te gobierne, quien reine sobre tu vida y tu casa, que se glorifique en ti? Sumérgete, entonces, en su Palabra. Cristo mismo te está diciendo que esa es la forma. Un hombre Dios será un hombre santo, y un hombre santo es un hombre de la Palabra. Léela cada día, medita en ella, ora con ella, estúdiala, aplícala a tu corazón, toma medidas concretas para conocerla y obedecerla. No hay una varita mágica para hacerte santo, pero hay algo infinitamente más poderoso: la Palabra eterna de Dios, enseñada personalmente por la guía sobrenatural del Espíritu Santo. Sólo en ella encontrarás quién es Dios, y cuál es su voluntad para tu vida y para su pueblo.

   III.        ¿Cómo deben relacionarse los discípulos con el mundo? Aplicación (vv. 15,18)

Debemos considerar una cosa muy seriamente: el deseo y la oración de Cristo es que seamos santos, lo que equivale a ser cada vez más como Él es. Eso dice también la Escritura: “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” 1 Tes. 4:3. Aquél que entregó su vida por ti, para quitar tu pecado y que seas perfectamente santo delante de Dios, es también el que ruega por que eso sea una realidad en tu vida. Si esto no te motiva a ser santo, nada podrá motivarte.

  1. No estamos llamados a salir del mundo. A pesar de que el mundo nos aborrece porque no pertenecemos a él, ya que Cristo nos ha santificado y nos ha dado su Palabra; fijémonos que no es el plan de Cristo que salgamos de en medio de la humanidad que sigue en la condenación. No es su deseo que nos retiremos a los montes y formemos comunidades aparte, o que simplemente nos encerremos en la vida de iglesia e ignoremos a los incrédulos. No, Él pide expresamente que el Padre nos libre del mal, que nos guarde del pecado, pero no que nos quite de la vida en sociedad.

Por eso, aunque serás aborrecido, no estás llamado a cortar toda relación con los incrédulos, desechando a tu familia, a tus seres queridos, a compañeros de estudio o trabajo, etc; salvo que la Escritura te ordene hacerlo. Tu carnalidad puede ver en esto una oportunidad para alimentar tu orgullo y tu soberbia, haciendo que te sientas superior a los impíos, y encontrando una excusa para ser antisocial y apático, indiferente ante el mundo perdido, mientras vistes esto de aparente santidad.

No debes olvidar que el Señor determinó que el medio para alcanzar a quienes están perdidos en sus pecados, es a través de los mismos que ya han sido salvados (Mt. 28:19-20). Si tú fuiste salvo, es porque Dios ocupó a otra persona que te predicó. Así también el Señor te usa a ti para alcanzar a tu entorno, y esa es la forma más efectiva de evangelizar.

  1. Somos enviados al mundo por Cristo. Eso es también lo que nuestro Señor dice en el v. 18. Tenemos un privilegio increíble: reflejar lo que hizo el Padre con el Hijo en la eternidad. Tal como el Padre envió a Cristo, Cristo nos envía a nosotros a predicar su Palabra Santa y Eterna en medio de un mundo que nos aborrece, porque lo aborrece a Él primero. Con esto nos hace partícipes de su obra de redención en la tierra, nos permite tener un lugar en su plan de traer la luz de la vida a quienes están en tinieblas de muerte: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). Y no podemos predicar esa verdad si no hemos sido primero santificados en ella.

 “El reino de Jesucristo debe ser edificado en medio de tus enemigos. Quien rechaza esto renuncia a formar parte de este reino, y prefiere vivir rodeado de amigos, entre rosas y lirios, lejos de los malvados, en un círculo de gente piadosa. ¿No veis que así blasfemáis y traicionáis a Cristo? Si Jesús hubiera actuado como vosotros, ¿quién habría podido salvarse?” (Martín Lutero).

  1. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Sin embargo, el estar en el mundo no nos debe llevar a confundirnos con el mundo. El Señor Jesús pide a su Padre que no nos quite del mundo, pero sí que nos guarde del mal (maligno). Esto nos dice que debe haber una distinción, una consagración, y confronta a quienes, con una confianza falsa y necia, se permiten buscar y disfrutar aquello que pertenece al mundo bajo el pecado, viviendo para agradarse a sí mismos y siendo arrastrados junto con los impíos en el mismo río de decadencia espiritual y moral. La Escritura es clara:

Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” Stg. 4:4.

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” 1 Jn. 2:15.

Vivimos en medio de una sociedad llena de irreverencia, rebelión y perversión. Al parecer eso ha permeado a la Iglesia. La cultura evangélica que nos rodea acepta que puedes ser cristiano sin ser santo, y puedes considerarte creyente sin siquiera pensar en ser un discípulo. Ser santo y ser un discípulo, serían etapas más avanzadas que sólo algunos más consagrados quieren alcanzar, pero para el resto bien pueden ser palabras totalmente ajenas, que no tienen anda que ver con su vida.

Hemos olvidado que estamos llamados a ser santos, y es porque tenemos una pobre visión de la santidad de Dios, e ignoramos su majestad y su gloria. El Señor tres veces Santo fue reducido a un amuleto de bolsillo, al que acudo para que me ayude a solucionar mis problemas y a cumplir mis sueños. Y si no hay una visión de la santidad de Dios, es porque primero su Palabra fue relegada.

No hay temor de Dios, y aun entre los que se llaman cristianos, hay quienes tratan el pecado con una liviandad que espanta. Hacen bromas con el pecado, olvidando que fue lo que llevó a Cristo a morir en la cruz, y que millones sufrirán tormentos eternos por esa causa. Hacen bromas con Dios y con su Palabra, sin tener en cuenta que Él no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano, y que se trata del Señor de todo, quien es fuego consumidor. Sobran quienes piensan tener el derecho de vivir en desobediencia a la Palabra, o quienes se entregan a vivir para sí mismos y aun así congregarse sin ser confrontados ni corregidos, sintiéndose ofendidos cuando los pastores o algunos hermanos cuestionan si son cristianos o no debido a sus obras malas.

¿Dónde están los santos? ¿Dónde están los consagrados? ¿Dónde están los que no buscan vivir en el mínimo, lo más cerca de la frontera con el mundo, sino que se entregan al Señor como sacrificios vivos, para que la imagen de Cristo sea grabada en sus vidas? No basta con decir “sí sé que tengo que orar y leer la Palabra”, sino que efectivamente debes entregarte con disciplina a la oración y la lectura. No basta con decir “sí sé que tengo que servir”, sino que efectivamente debes poner el hombro para el trabajo en la obra de Dios. No basta con decir “sí sé que tengo que ofrendar”, sino que efectivamente debes poner tus recursos a disposición del avance del reino de Dios. Eso es consagrarte, no la simple intención, sino una vida realmente ofrecida a Dios. ¿Dónde está la Iglesia de Cristo, los redimidos que se santifican camino a la gloria eterna?

Lo que más debe ser deseado por los siervos de Cristo, es más santidad. Una vida santa es la gran prueba de que realmente somos cristianos” J.C. Ryle. Cualquier consagración que no sea total, es una falsa consagración. La santificación al Señor debe envolver todo lo que eres y lo que tienes; tu ser, tu cuerpo, tu mente, tu tiempo, tus fuerzas, tus posesiones; en fin, TODO. Cualquier área que reserves para ti, es una rebelión abierta contra Dios y contra su Palabra. “Si alguien es apartado sólo para Dios y sus propósitos, esa persona hará sólo lo que Dios quiere, y aborrecerá todo lo que Dios aborrece. Eso es lo que significa ser santo, como Dios es santo” Donald Carson.

Si estás consagrado a Dios, se notará en tu cuerpo, en tu forma de pensar y de hablar, en las prioridades y el orden de tu horario y en tu agenda, y ciertamente también en tu presupuesto. Se notará en tus gustos y tus intereses, en tus proyectos y las metas que te fijas; en fin, todo en tu vida evidenciará si estás realmente santificándote en la Palabra, o si realmente vives para ti mismo, al igual que quienes están perdidos en el mundo.

Si estás aquí, lo más probable es que te consideres cristiano. Pero ¿Eres santo? ¿Te estás santificando? Recuerda que no es una opción: o eres santo, o eres del mundo. La Escritura dice que sin santidad, nadie verá al Señor (He. 12:14). Debemos ser santos, porque Él es santo, y es digno de que consagremos toda nuestra vida a Él. “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1); “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 P. 1:15).

 

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