Una Ofrenda Perfumada

Una Ofrenda Perfumada

Una Ofrenda Perfumada

Texto base: Juan 12:1-11.

En las predicaciones anteriores, a propósito de la resurrección de Lázaro, pudimos ver que el pecado y la muerte que son efectos del pecado en el mundo, en Cristo se convierten en una oportunidad para que la gloria de Dios sea manifestada. Y en esa ocasión Cristo demostró que tiene poder para dar vida efectivamente a quién estaba muerto en un sepulcro, y esto lo hizo a través de sus Palabras, con una simple orden; evidenciando así que es Señor y Dios, ya que sólo las palabras de Dios tienen poder para resucitar a los muertos. Esas mismas palabras serán las que nos resultarán en el Día Final para nunca más ver la muerte.

Concluimos que la resurrección de Lázaro es un reflejo de lo que ocurre cuando el Señor nos salva y nos da vida habiendo estado muertos espiritualmente, y a la vez es un anticipo de lo que ocurrirá en la gloriosa resurrección del día final.

Ahora, como se presenta continuamente en este Evangelio, esta obra y enseñanza de Cristo provocó reacciones en quienes la presenciaron. Por una parte, está un grupo que cree en la persona y obra de Jesús, y por otra están los líderes religiosos y los hombres en general, quienes rechazan a Cristo a pesar de sus obras que evidencian su poder, amando así más a las tinieblas que a la luz, al punto de querer matar a Cristo y conspirar para eliminarlo.

Hoy hablaremos sobre una famosa escena que ocurrió cuando aún estaba muy vigente la amenaza sobre nuestro Señor Jesús debido a la conspiración de los líderes religiosos. Se trata de la sentida ofrenda que María, hermana de Lázaro, haría a Jesús previo a su muerte; una ofrenda que brotó de un corazón lleno de amor y gratitud, y que contrastó fuertemente con las palabras ásperas e hipócritas de Judas, nacidas de un corazón corrupto y en tinieblas. ¿A quién nos pareceremos más nosotros?

Todos estos eventos que se relatan sucedieron, como suele ocurrir en el Evangelio de Juan, en torno a una fiesta religiosa. Esta vez se trata de la pascua, pero no sería cualquier pascua: terminaría siendo la última que Jesús celebró en esta tierra. Es, por tanto, el comienzo del fin de su ministerio.

     I.        Una cena de agradecimiento

En este capítulo comienza una división importante en el Evangelio de Juan, ya que después de este capítulo 12, ya no se registran exhortaciones de Cristo hacia la incredulidad de los judíos. Desde el capítulo 13, sólo pasarán a registrarse enseñanzas y diálogos íntimos entre Jesús y sus discípulos.

El relato que veremos a continuación, se registra también en Mateo 26:6-13 y en Marcos 14:3-9, que nos aportan matices que complementan lo consignado por el Apóstol Juan. Sin embargo, no debe confundirse esta historia con la que registra Lucas 7:36-50, en la que una mujer ramera regó con sus lágrimas los pies de Jesús, y derramó en ellos perfume, mientras Él se encontraba en la casa de un fariseo. Las historias tienen algunas similitudes, pero son hechos distintos.

En cuanto a este hecho, el Señor Jesús, junto con sus discípulos, se dirigía nuevamente a Jerusalén para celebrar la fiesta de la pascua. Esto a pesar de que los judíos ya estaban conspirando para matarlo. Recordemos que nuestro Señor ya era un personaje público y bastante conocido por sus enseñanzas llenas de autoridad y sus obras milagrosas. Por lo mismo, varios de los judíos que ya habían llegado a Jerusalén para celebrar esta fiesta, se preguntaban si aparecería el rabí de Nazaret, y los líderes religiosos ya habían dado orden de que se les informara en caso de que alguien tuviera alguna noticia de Jesús.

Sin embargo, aquí vemos que el Señor no llevó adelante su ministerio dependiendo de lo que hicieran los hombres, ni fue un cobarde que se escondía o escapaba cuando surgían problemas. Muy por el contrario, como ya hemos afirmado en diversas ocasiones, el ministerio terrenal de Cristo es perfecto incluso si se le mide con un cronómetro. Él no hizo nada ni antes ni después de cuando debía hacerlo exactamente. Nunca se atrasó ni se adelantó, nunca se equivocó de lugar, ni actuó de forma precipitada, ni falló en su decisión de asistir a una reunión o algún hecho en particular.

Y ciertamente Jesucristo celebraría esta fiesta, pero antes de eso, se apartó de lo que seguramente sería una caravana de judíos dirigiéndose a Jerusalén, y se dirigió a Betania, donde hace poco tiempo había realizado el gran milagro de resucitar a Lázaro de entre los muertos. Allí participaría de una cena celebrada en su honor, en la casa de un hombre conocido como Simón el Leproso, quien seguramente fue una persona que estuvo enferma de lepra, pero que fue sanado por Jesús. Allí también estaban Lázaro y sus hermanas, y a ellos se sumarían Jesús y sus discípulos, así que por lo menos habría 17 personas en casa de Simón el Leproso.

Entonces, el hecho de que 6 días antes de la Pascua viniera a esta aldea, es la ejecución de un plan que fue trazado por el Señor en la eternidad. Todo lo que Cristo hizo y habló no fue por cuenta propia, sino en estricta obediencia a su Padre que lo envió, y en el poder del Espíritu. Este encuentro no fue casualidad. Muy por el contrario, Jesús no sólo asistiría a una reunión social, sino que venía a un acto de suma trascendencia: sería ungido para el día de su sepultura.

Por su parte, Lázaro había vuelto a la vida. Había vuelto a caminar entre los vivos, tanto así que hasta comía y bebía. El milagro obrado por Jesús era impresionante, sin duda un hecho sobrenatural que sólo podía tener su origen en el Señor, quien es el autor y dador de la vida, y Él mismo es la vida.

Nuevamente vemos a Marta ocupada en sus afanes, se le ve permanentemente envuelta en el servicio y los quehaceres, ocupada en alguna tarea, mientras María parece haber sido mucho más reflexiva, un corazón más sensible a la voz de Dios y con una mayor claridad de lo que era prioritario: honrar a Jesucristo.

En la cultura judía de aquel entonces, se consideraba inapropiado que las mujeres comieran junto con los hombres, por lo que debemos suponer que alrededor de la mesa sólo había varones, recostados de lado sobre divanes, como era la costumbre en esa época y lugar.

Es en este contexto que se da el momento que revisaremos a continuación.

    II.        Un corazón perfumado

(v. 3) En todo este escenario, María, la hermana de Lázaro, centró su atención en Jesús, como solía hacerlo. Ella realizaría una acción que estaba dispuesta desde la eternidad, pero vemos que lo hizo voluntariamente y de todo corazón: María tuvo el honor de preparar el cuerpo de Cristo para la sepultura. Lo estaba ungiendo para que Él diera el paso final de su ministerio, aquél que consumaría la obra que el Padre le entregó para hacer. Ella lo estaba preparando para ir a la cruz.

En esto podemos apreciar otro punto relevante: como suele ocurrir, el Señor obra de una manera distinta a como lo haríamos nosotros. Él no dio esta lucidez, esta claridad mental a los líderes religiosos. Ni siquiera los discípulos entendían lo que habría de suceder en los próximos días, cuando Jesús sería entregado en manos de los líderes religiosos para ser muerto y pasar de este mundo al Padre. El Señor dio este entendimiento a una mujer.

María, hermana de Lázaro, supo que los días finales de Jesús estaban cerca. Jesús ya había enseñado en reiteradas oportunidades que Él tendría que beber esta copa amarga de la muerte, pero sus discípulos se mostraban tardos para creer y aceptar estas cosas; el Apóstol Pedro le había dicho “en ninguna manera esto te acontezca”, es decir, incluso trató de persuadirlo para que no pasara por ese sufrimiento, mientras que María entendió que esto tenía que ver con un aspecto central en el ministerio terrenal de Cristo.

Y es que, como afirma Hendriksen, “María era quizá la mejor oyente que Jesús tuvo jamás”. Ella escogió la buena parte, que fue sentarse a sus pies a escucharlo atentamente, mientras su hermana Marta estaba afanada en sus quehaceres. Ella realmente se había dedicado a escuchar a Jesús, y había recibido entendimiento para considerar seriamente lo que estaba por venir.

Entonces, podemos concluir del texto que María, hermana de Lázaro, sabía que el Señor Jesús caería en manos de sus enemigos, y probablemente se preocupó pensando que, debido a esto, nadie ungiría su cuerpo para la sepultura. Recordemos que los judíos tenían la costumbre de preparar el cuerpo de quien había fallecido para el sepulcro, ungiéndolo con ungüentos y especias aromáticas, y esta era una tarea que llevaban a cabo típicamente las mujeres. Por tanto, ella entendió que quizá nadie tendría la oportunidad de ungir el cuerpo de Jesús para su sepultura, y que su muerte era inminente, por lo que debía aprovechar esta oportunidad en que estaba en su presencia, para poder ungirlo, en anticipo de su sepultura.

Esto nos muestra además cómo Jesús dignificó a la mujer en su ministerio. Como dijimos, para la cultura de su época, no era apropiado que las mujeres se sentaran a la mesa a comer con los hombres, sin embargo, una mujer, María, era probablemente la única entre los presentes que entendía lo que Jesús iba a hacer, y comprendía además la urgencia y la prioridad de dar gloria a Cristo de esta manera.

María, quien probablemente estaba de pie atrás de los comensales a una distancia prudente, tenía una cosa clara: ella debía honrar a Cristo, debía demostrar su amor hacia Él, reconociéndose como su esclava (al lavarle los pies), y a Él como Señor. Aquel Salvador, el Cristo de Dios que vino al mundo y que había dado vida a su hermano Lázaro, ese Jesús compasivo que tuvo misericordia y se conmovió en Espíritu, aquél que es la resurrección y la vida, debía ser honrado y exaltado, debía recibir honor.

Ella hizo una ofrenda a Jesús: lo ungió con un perfume de nardo puro, de un costo de 300 denarios, es decir, el salario de aprox. un año completo[1]. Y costaba tanto porque el nardo es una hierba aromática que crece en los pastos del Himalaya entre el Tibet y la India, y para llegar a Israel debía ser transportado por un largo y difícil viaje, lleno de desfiladeros. Eso hacía que su costo fuera altísimo. Este perfume estaba en un frasco de alabastro, que era una jarra de una especie de yeso delicado de color blanco, el cual ella quebró para derramar el perfume sobre Jesús.

No debemos imaginarnos a Jesús sentado como hoy estaríamos en una silla alrededor de la mesa, sino que era una mesa de baja altura y Jesús debió haber estado reclinado sobre uno de sus costados, también a baja altura. Los pasajes paralelos de Mateo y Marcos agregan que ella también derramó perfume sobre su cabeza y cuerpo, y podía hacerlo ya que tenía a Jesús reclinado frente a ella.

El Apóstol Juan se centra en que María derramó este perfume costosísimo a los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos. Es decir, hizo una labor de esclava, ya que eran ellos quienes lavaban los pies de sus amos y de quienes visitaban la casa de ellos. Pero, además, reconoció su bajeza ante Cristo usando sus cabellos como un paño para limpiar los pies de Jesús, y esto lo hizo rompiendo otra regla cultural, ya que se consideraba inapropiado que la mujer se soltara el cabello ante un hombre.

Tan bueno era el perfume, que llenó la casa de su aroma. Para nadie debió pasar inadvertido lo que María estaba haciendo.

Ella, entonces, había ungido al Señor Jesús para que consumara su ministerio terrenal, dando el paso final de obediencia al Padre. Desde ahora entraba en la recta final, en sus últimos días en la tierra, donde entregaría su vida en rescate por muchos.

Usando los conceptos que Cristo utiliza en otro pasaje, todavía se encontraban de día, es decir, mientras se puede trabajar. Luego vendría la noche, cuando Cristo muriera, y allí el ya no desarrollaría su ministerio en la tierra, sino que se sentaría a la diestra de Dios Padre, habiendo consumado su obra, reinando hasta que todos sus enemigos fueran puestos por estrado de sus pies.

En consecuencia, ese era el tiempo donde debía ser honrado de manera presencial y física, era el tiempo en que debía ser recibido, era el tiempo en que se debía reconocer su majestad, su gloria y su dignidad.

   III.        El contraste con los corazones fétidos

(vv. 4-6) Judas, como buen falso e hipócrita que era, tenía una preocupación egoísta y pecaminosa, pero quiso disfrazarla de una inquietud piadosa, que pretendía evidenciar una misericordia, una sabiduría y una compasión excepcional.

Frecuentemente vamos a ver a personas egoístas y codiciosas, demostrando una preocupación grande e inusual cuando una persona actúa con generosidad y devoción sincera. Ellos tratarán de hacer que ese acto de generosidad parezca una exageración, o derechamente un error o un desacierto.

Si nos fijamos en las implicancias de lo que Judas estaba diciendo, la idea que estaba detrás de su cuestionamiento puede expresarse así: “¿Cómo se le ocurre a esta mujer desperdiciar el perfume de esta forma? ¿Cómo pudo pensar que era bueno derramar este perfume en el cuerpo y los pies de Jesús, siendo que era mejor venderlo y repartir el precio?”. Con estos cuestionamientos, estaba insinuando que Jesús no era lo suficientemente digno de esa ofrenda. Estaba evidenciando que tenía una baja estima a Cristo, una baja visión de la dignidad del Señor Jesús y de sus obligaciones hacia Él.

Un corazón de piedra, que está frío ante el Señor, tiene directamente con un corazón mezquino y avaro. “Es vano esperar que un hombre haga mucho por Cristo, si no tiene un sentido de su deuda hacia Cristo” (Ryle). El egoísta en tinieblas no puede comprender al dador alegre que ha sido alumbrado por la luz de Cristo.

María no habría usado un perfume como ese, que era costosísimo, en cualquier persona. Ella lo usó para ungir a Jesús porque reconoció en Él una majestad y una gloria que lo hacían digno de que ella lo honrara de esa manera.

Probablemente ella no encontraba una forma más alta de demostrar a Jesús que ella se rendía ante Él, que lo reconocía como Señor, pero que además lo amaba como tal. Si ella hubiera podido encontrar una manera más alta de honrarlo y de humillarse ante Él, lo habría hecho. Ella estaba diciendo con esto que nada es suficientemente valioso como para decir que es demasiado para entregárselo a Cristo. Pero lo hermoso es que es a la vez una muestra de amor hacia ese Señor. No es un homenaje o una ofrenda que nace de un corazón aterrorizado ante un señor que es tiránico y terrible, sino una que surge de un corazón eternamente agradecido por el amor recibido, y que estima a su Señor sobre todas las cosas.

El amor de María es aquel que se entrega cuando se entiende que Él nos amó primero. Es un amor inevitable, profundo, genuino, que llena y conmueve el corazón hasta lo más hondo, y que eleva el ser completo en una alabanza de acción de gracias. Nunca podrás amar demasiado a Jesús, nunca podrás decir que ya le has entregado suficiente o demasiado amor a cambio del amor que Él te ha entregado. Ella completó el círculo del amor: recibió una gracia abundante, y estimó que debía responder a esa gracia con una ofrenda sincera y sentida, de lo más valioso que ella pudiera entregar. Y vemos que lo decisivo aquí en su ofrenda no es el costoso perfume que derrama sobre Jesús, sino la entrega de su propio ser en alabanza y adoración a Él.

Pero Judas estaba lejos de ver esto. Era una rata codiciosa. Mientras María tenía sus ojos y su corazón en el Cielo, Judas tenía su vista y su corazón en una alcantarilla fétida. Estaba intentando disfrazar su amor al dinero de preocupación por los pobres, pero lo único que él quería era que el dinero por la venta del perfume entrara en la bolsa, para poder sacar algo de eso.

Esta falsa piedad también puede apreciarse en Ananías y Safira. Ellos probablemente veían cómo otros cristianos vendían sus propiedades y ponían el dinero resultante a los pies de los apóstoles. La iglesia y los propios apóstoles deben haber elogiado esa actitud, y los hermanos que ofrendaron sus propiedades pueden haber alcanzado notoriedad por su desprendimiento generoso. Ellos estaban demostrando que ya no confiaban en las riquezas de este mundo, ni pretendían lujos o comodidades, sino que ponían su esperanza y su confianza en Cristo, quien no los desampararía ni los dejaría.

Toda esto debe haber resultado muy atractivo para Ananías y Safira, pero ellos equivocaron completamente el foco: debían haber deseado imitar la piedad y la devoción de estos hermanos, pero lo que querían era sólo su fama y reputación.

El resto de la historia ya lo sabemos: Ananías y Safira vendieron su propiedad pero y quisieron hacer ver como que entregaron todo el dinero del precio de ella a los apóstoles, fingiendo así que amaban al Señor y que se preocupaban por los pobres de la congregación, cuando en realidad reservaron una parte para ellos. Se acercaron a Pedro, esperando encontrar una amplia sonrisa y quizá una felicitación calurosa, pero encontraron una maldición y la muerte, por haber mentido al Espíritu Santo (Hch. 5:1-11).

Hoy muchos también fingen una preocupación afectada por los pobres, y se postulan al poder como quienes se enfrentarán a los poderosos y saciarán a los hambrientos, pero lo único que hacen es someter a su pueblo a la miseria mientras ellos llenan sus bolsillos de dinero y se aseguran con mansiones, viajes y lujos diversos.

El caso de Judas terminaría aun peor: la misma codicia que lo llevó a querer sustraer el dinero de la bolsa y a criticar a María por su ofrenda a Jesús, fue la que lo motivó a entregar a su Maestro por 30 piezas de plata, revelando así que se trataba del hijo de perdición, el más maldito de entre los hombres. Su codicia lo llevó a cometer la traición más baja, la más vil y repugnante de la historia, pero ni siquiera pudo disfrutar del sueldo que recibió por su bajeza, sino que acabó por suicidarse.

Ciertamente, como dice el proverbio, “Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia, La cual quita la vida de sus poseedores” (Pr. 1:19). Judas, uno de los apóstoles de Jesucristo, quien predicó el evangelio, expulsó demonios e hizo milagros en su nombre, quien presenció en lo íntimo sus enseñanzas, su gran sabiduría y amor, su carácter e integridad sobrenatural, así como todas sus obras milagrosas, se evidenciaba como un ladrón, a lo que luego se sumaría su carácter de traidor. Debemos tener mucho cuidado, si Judas cayó, no somos mejores que él ni somos especiales como para no caer.

Esta misma codicia que proviene de las tinieblas de la incredulidad es la que podemos ver en los líderes religiosos, quienes al saber que Jesús estaba nuevamente en Betania junto con Lázaro, tramaban la forma de matarlos a ambos (vv. 9-11). Una vez más, los líderes religiosos dejan claro que su preocupación no es por la verdad, ni por la ley de Dios, ni por la gloria de Dios, sino por conservar su miserable cuota de poder.

Literalmente, Jesús pudo levantar un muerto para que anduviera nuevamente entre los que viven, y esto pudo atraer a una gran multitud de curiosos, pero no fue suficiente para convencerlos y convertirlos. Esas señales ya eran muestra de mucha misericordia, ya que la ley y los profetas bastaban, era suficientes para que ellos hubieran podido ver en Cristo el cumplimiento de todo lo anunciado, y ellos debían creer en Él y recibirlo como su Mesías. Pero aparte de eso, Cristo obró señales milagrosas que avalaban su predicación y su doctrina, sin estar obligado a hacerlo. Pero eso no fue suficiente para hacer que los líderes religiosos se postraran a los pies de Jesús. Si todo eso no los persuadió, nada lo haría, con lo que demostraron su profunda necedad y la dureza y terquedad de sus corazones corrompidos por la maldad.

Para conservar su poder, ellos ya se habían propuesto matar a Jesús, y si tenían que matar a otra persona, en este caso a Lázaro, no se detendrían en pequeñeces. Estaban dispuestos a cometer homicidio antes que admitir que estaban equivocados y que debían arrepentirse, arrojándose a los pies de Cristo.

Con esto evidenciaban que sus corazones, así como el de Judas, estaban infectados por la más profunda idolatría: el amor a sí mismos. Ellos se ponían más allá de la verdad, eran capaces de inventar su propia realidad, en la que cierran neciamente sus ojos ante los hechos: no están dispuestos a aceptar la abundante y contundente evidencia de que Cristo es Mesías y Señor.

Además, creen tener el poder sobre la vida y la muerte, haciendo planes para matar injustamente a un hombre inocente, y peor aún, conspirando para matar al autor de la vida. Con esto, vemos que ellos pretendían ser no menos que dioses, al ponerse más allá de la verdad y querer decidir sobre la vida y la muerte. Sin embargo, no eran más que perversos y rebeldes necesitados de perdón y redención.

Pero volviendo a la cena: Judas, entonces, hizo esta reprensión y menospreció la ofrenda de María, y pudo convencer al resto de los discípulos, como se registra en los pasajes paralelos de Mateo y Marcos. Podemos imaginar a María haciendo esta ofrenda sentida y genuina, de todo corazón, pero que al terminar ve que ese salón estaba lleno de hombres mirándola con reproche. Sin embargo, hubo uno que salió en su defensa: Jesús mismo (vv. 7-8).

La pobreza es una consecuencia de la caída (que no es lo mismo que afirmar que la pobreza es pecado). Es una condición que no existirá en la gloria, como tampoco existirán los avaros que vivieron para acumular riquezas. Aquí vemos la gran mentira de quienes prometen acabar con la pobreza, ya que mientras estemos de este lado del Cielo, siempre habrá pobreza, siempre tendremos a los pobres con nosotros.

El Señor dijo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:15). La preocupación central no debe ser sacar a las personas de la pobreza, aunque debemos preocuparnos por los pobres de acuerdo a la Escritura (Gá. 2:10). Por eso, aun cuando Judas hubiera sido sincero en su preocupación por los pobres -cuestión que sabemos que no es así-, en ese momento lo que correspondía era honrar a Cristo de esa forma, ya que después no sería posible hacerlo.

Entonces, María entendió correctamente, ella ordenó correctamente las prioridades: más allá de las muchas cosas buenas que podemos hacer y de las que nos podemos preocupar, una cosa es necesaria: estar a los pies de Cristo, darle honor y gloria como el Mesías prometido, como el Redentor de su pueblo, como el Rey y Señor de todas las cosas.

Conclusión: Una ofrenda de vidas perfumadas

María entendió su deber supremo de honrar a Cristo con todo su ser, con todo lo que tenía y con todo lo que podía hacer. Es imposible no recordar las palabras del rey David: “no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” 2 Sam. 24:24. Esta ofrenda surgió de un corazón lleno de amor y gratitud, porque Jesús había resucitado a su hermano Lázaro, pero podemos ver que lo motiva también algo mucho más profundo: Jesús demostró con hechos ser en persona la resurrección y la vida, y con eso llenó a María de una fe y una esperanza que no son como las del mundo, y que nada puede destruir. Había cambiado su corazón y su vida desde lo más profundo.

¿No debemos a Jesús, entonces, una gratitud como la de María? El Señor entregó su vida para el perdón de nuestros pecados, el castigo de nuestra iniquidad fue sobre Él, y fue quebrantado bajo la ira del Padre para nuestra redención. Pero no se quedó ahí, Él haría algo mucho mayor que resucitar a Lázaro: sería Él mismo levantado de entre los muertos en gloria, para sentarse a la diestra del Padre, reinando hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.

Tenemos una revelación más profunda, tenemos más luz que la que María tenía en ese momento. ¿Cómo podríamos estar menos agradecidos? ¿Se parece tu corazón al de María? ¿Puedes identificarte con ella, ofrendándote a ti mismo y todo lo que tienes a Cristo, rompiendo incluso barreras culturales y costumbres para agradarlo a Él, honrándolo desde lo más profundo de tu ser? ¿Puedes identificarte con ese amor que fue aún más fragante que el perfume derramado, un amor que llena todo con su aroma y que está lleno de gratitud y alabanza a Cristo?

¿Tu corazón es como el de María, una vela aromática encendida en adoración a Cristo, o es como el de Judas, un montón de basura fétida que se quema en el fuego? ¿Entiendes tú, como María, la voluntad y la obra de Cristo, o eres como Judas, quien estaba jugando su propio juego y haciendo las cosas para su propio beneficio, sin comprender la voluntad de Crist0?

¿Eres como María, quien entendió que Jesús la amó primero y que respondió en ese amor no fingido al amor que recibió, o eres como Judas, quien no sabe lo que es el amor de Dios y cuyo corazón está apagado, seco y muerto?

¿Eres como María, alguien que da con alegría, generosidad y desprendimiento, entendiendo que su ganancia en Cristo es mucho mayor que lo que está entregando, o eres como Judas, mezquino, avaro, que mide y cuenta todo lo que entrega y que cree que las cosas existen para su propio beneficio personal y egoísta?

La ofrenda de María, ¿Te motiva y te anima a seguir su ejemplo, o desearías que no existieran personas con esta devoción a Cristo, ya que te acusan y te muestran lo lejos que estás del Señor?

Recordemos además que nuestras propias vidas deben ser un “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Ro. 12:1). Esto se relaciona con los múltiples pasajes de la ley de Moisés en que los sacrificios son descritos como olor fragante delante de Dios. Dice también la Escritura: “Sin embargo, gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes y, por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento. 15 Porque para Dios nosotros somos el aroma de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden. 16 Para estos somos olor de muerte que los lleva a la muerte; para aquellos, olor de vida que los lleva a la vida” (2 Co. 2:14-16).

En consecuencia, nuestras propias vidas deben ser una ofrenda perfumada delante del Señor, perfume derramado delante de Cristo. Al ver tu vida entregada al Señor, derramada a sus pies, muchos dirán como Judas “¿Para qué este desperdicio?”, tentándote a que te dediques a lo mismo que ellos, a agradarte a ti mismo y a vivir para tu propio bien, pero si perseveras en fidelidad el Señor dirá de tu vida tal como dijo de María: “Buena obra me ha hecho”.

Cuidado con esos frascos de alabastro que no quieres romper en honor a Cristo. ¿No quieres perder tu vida tal como la vives hoy? ¿No quieres perder tus comodidades, tu reputación, tus placeres? ¿No quieres perder a esa persona con la que Dios te prohíbe estar pero que tú retienes junto a ti? ¿No quieres ser generoso con tus bienes, sosteniendo la obra de Dios y ofrendando a quienes lo necesitan? ¿Habrá algún frasco de alabastro demasiado valioso como para no romperlo en ofrenda a Cristo? Aquel frasco de alabastro que no quieres romper no es más que un ídolo, mientras que esos frascos rotos en ofrenda a Cristo son ofrenda fragante que llena todo el lugar.

Que podamos entender lo mismo que María: Él nos amó primero, y nosotros también debemos amarlo desde lo más profundo de nuestro ser, rindiéndonos ante su presencia y ofrendándonos primero a nosotros mismos, honrándolo con todo lo que somos, con todo lo que podemos, y con todo lo que tenemos. Que nuestras vidas sean una ofrenda perfumada delante de Cristo, quien es Él mismo la ofrenda perfumada por excelencia: “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2).

[1] Si se calcula en base a un sueldo mínimo en Chile, sería alrededor de CLP 3.240.000 (14-10-2017), algo sí como USD 5.200.

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